En la sala de negocios, la tensión se respiraba en el aire…

Querido diario,

Hoy el ambiente en la cabina de clase ejecutiva era más denso que el humo de un café recién hecho en la terraza del Retiro. Los pasajeros me miraban de reojo, como si mi presencia fuera una molestia. Apenas me acomodé en mi asiento, el capitán del avión, un hombre de porte serio, se dirigió directamente a la anciana que viajaba junto a mí.

Yo, Begoña, temblorosa, me senté y, en un instante, estalló la discusión.
¡No me quiero sentar junto a esa señora! bramó un hombre de unos cuarenta años, escudriñando mi sencillo vestido y lanzando la acusación a la azafata.
Se llamaba Víctor Soria. No ocultaba su desdén ni su arrogancia.

Lo siento, señor, pero la pasajera ya tiene su billete para ese asiento. No podemos cambiarlo respondió la azafata con serenidad, aunque Víctor seguía fulminándome con la mirada.

Esas plazas son demasiado caras para gente como ella musitó con ironía, mirando a su alrededor en busca de cómplices.

Yo permanecí callada, aunque dentro sentía que el pecho se me cerraba. Llevaba mi mejor traje: sencillo, pero bien cuidado, el único que consideré apropiado para una ocasión tan importante. Algunos viajeros asintieron a Víctor, mientras otros intercambiaban miradas incómodas.

En un momento de agotamiento, la anciana alzó la mano con suavidad y dijo:
No hay problema Si queda sitio en clase económica, me bajo. He ahorrado toda mi vida para este vuelo y no quiero incomodar a nadie

Yo tengo ochenta y cinco años y nunca antes había subido a un avión. El trayecto me resultó agotador: los pasillos del aeropuerto, el bullicio de las terminales y la espera interminable. Incluso un agente de seguridad me acompañó para que no me perdiera. Ahora, a pocos horas de cumplir mi sueño, me enfrentaba al desprecio.

Sin embargo, la azafata mantuvo su postura:
Disculpe, señora, usted ha pagado su billete y tiene pleno derecho a ocupar ese asiento. No permita que nadie le arrebate eso.

Miró a Víctor con firmeza y añadió, helada:
Si no se calla, llamaré a seguridad.

Él se quedó en silencio, gruñendo de mala gana. El avión despegó y, al sobresaltarme, dejé caer mi bolso. Víctor, sin decir una palabra, se agachó y me ayudó a recogerlo. Al entregarme la bolsa, sus ojos se fijaron en el medallón que colgaba de mi cuello, una joya con una piedra del color de la sangre.

Qué colgante más bonito comentó parece un rubí. Conozco un poco estas piezas; no es barato.

Yo sonreí débilmente.
No sé cuánto vale Mi padre se lo regaló a mi madre antes de irse a la guerra. nunca volvió. Mi madre me lo entregó cuando cumplí diez años.

Abrí el colgante y en su interior encontré dos fotografías antiguas: en una, una pareja joven; en la otra, un niño pequeño sonriendo al mundo.

Son mis padres dije con ternura. Y aquí está mi hijo.

¿Viaja hacia él? preguntó Víctor con cautela.

No respondí, bajando la mirada. Lo entregué al orfanato cuando era un bebé. No tenía marido ni trabajo, no podía darle una vida digna. Hace poco descubrí su identidad con una prueba de ADN y le escribí pero él respondió que no quería saber de mí. Hoy es su cumpleaños y solo quería estar cerca, aunque sea un minuto.

Víctor quedó perplejo.
Entonces, ¿para qué volar? replicó.

Yo sonreí apenas, una tristeza inmóvil reflejándose en mis ojos.
Él es el comandante de este vuelo. Esa es la única forma de verlo, aunque sea de lejos.

Víctor guardó silencio, la vergüenza le cubría el rostro y bajó la mirada. La azafata, al oír todo, se retiró discretamente a la cabina de los pilotos.

Pocos minutos después, la voz del comandante resonó por la cabina:
Estimados pasajeros, pronto comenzaremos el descenso en el aeropuerto de Barcelona. Pero antes quiero dirigirme a una mujer especial a bordo. Madre por favor, permanezca después del aterrizaje. Quiero verla.

Me quedé paralizada. Lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas. El silencio se hizo denso, y luego alguien empezó a aplaudir entre sollozos y sonrisas.

Cuando el avión tocó tierra, el comandante rompió el protocolo: salió del avión, con los ojos empañados, y corrió hacia mí. Me abrazó con una fuerza que parecía intentar recomponer los años perdidos.

Gracias, madre, por todo lo que hiciste por mí susurró entre sollozos, aferrándose a mí.

Yo lloré en su pecho:
No tengo nada que perdonar. Siempre te amé

Víctor permanecía al fondo, la cabeza gacha, avergonzado. Comprendió que bajo la ropa sencilla y las arrugas había una historia de sacrificio y de amor inmenso.

Este vuelo no fue solo un trayecto en avión; fue el reencuentro de dos corazones separados por el tiempo, pero que al fin hallaron su camino.

Con el corazón aún tembloroso, cierro esta página.

Begoña.

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