Un vínculo para toda la vida

**Un vínculo para siempre**

Sofía recorría el largo pasillo de su piso con calma, como si su propio ánimo reflejara la tarde transparente y cálida, donde el sol aún no se apresuraba a esconderse tras los edificios. Dejó la taza de té sobre la mesa y abrió el portátil. Entre los correos nuevos, destacaba uno con el asunto: «Promoción 2004. ¡20 años!». Le pareció extraño que hubieran pasado ya dos décadas. Se quedó mirando la pantalla, recordándose a sí misma con el uniforme del colegio y los lazos ridículos de su compañera de pupitre.

La tarde se alargaba, la luz suave caía sobre las cortinas blancas. Sofía pensó en lo pocos hilos que la unían a aquella niña que corría por las mismas calles. Releyó el mensaje: la antigua tutora les recordaba el aniversario y los invitaba a reunirse. Sonrió ante el recuerdo de sus compañeros, dispersos por Madrid, Barcelona o incluso fuera de España. Solo mantenía contacto con dos amigas, y hasta esas conversaciones eran escasas.

Mientras el té se enfriaba, dudaba si encargarse de organizar el encuentro. Las dudas la asaltaban: ¿tendría tiempo? ¿Contarían con el resto? Pero la idea no la abandonaba. Si no lo hacía ella, ¿quién lo haría?

Observó la habitación. En el alféizar florecían violetas. Desde la ventana llegaban risas de niños jugando al fútbol en el patio. Sacó un álbum de fotos antiguas y encontró caras que no veía desde hacía años: unos con melenas, otros con coletas. De pronto, recordó cuando se escondió en el armario de la sala de profesores con Lucía, convencidas de que nadie las pillaría.

Los recuerdos se encadenaban. Sofía se sorprendió sonriendo. Había tomado una decisión: la reunión debía ser. Sin embargo, una inquietud sonda la invadía: ¿lograría reunirlos a todos? ¿Volvería a sentir esa ligereza de la infancia?

Escribió a sus dos amigas por WhatsApp: «¿Habéis visto lo del aniversario? ¡Organicémoslo!». Las respuestas llegaron al instante: una entusiasmada, la otra dubitativa. Sofía insistió, escribiendo sin pensar. Al final, su amiga cedió: «Si te pones tú, cuentas conmigo».

Así empezó todo. Entró en la web del colegio, donde su usuario apareció automáticamente hacía años que no entraba. La sección de su promoción mostraba apellidos conocidos, algunos inactivos desde hacía años. Envió mensajes breves: «Hola, soy Sofía. Preparamos el reencuentro. ¿Te apuntas?». Puntos verdes junto a los nombres indicaban quién estaba en línea.

Encontrar a la gente fue más difícil de lo esperado. Algunos números ya no existían. Buscó en redes sociales: unos habían cambiado de apellido al casarse, otros tenían fotos de paisajes en vez de retratos. A veces escribía a desconocidos con nombres similares, por si acaso. Cada vez, el corazón le latía un poco más rápido.

Mientras buscaba, recordaba las clases de literatura, donde discutía con el profesor por culpa de un libro de Cela, las excursiones al río o su primer amor: Alejandro Torres, de la clase paralela. Sonrió: incluso ahora, evocarlo le producía una dulce nostalgia.

Una noche, recibió un mensaje de Pablo, el chico callado del fondo de la clase:

«Hola. Buena idea. Cuenta conmigo».

Ese mensaje le dio fuerzas. Otros dos compañeros se unieron a la organización, discutiendo entusiasmados el lugar del encuentro.

La casa parecía más cálida, quizá porque Sofía abría más las ventanas. El aire primaveral entraba con el aroma de las flores y el murmullo de la ciudad. Las macetas del alféizar florecían, y ella las acariciaba al pasar.

Un día, Lucía la llamó:

¿Te acuerdas del primer día de cole? preguntó.

¡Claro! Yo temía olvidarme el poema.

¡Y yo pisé el delantal nuevo delante del director!

Ambas rieron.

¿Nos vemos, verdad? dijo Lucía.

¡Por supuesto! respondió Sofía.

Por las noches, hacía listas de los encontrados: marcaba con ticks los que confirmaban, anotaba teléfonos o perfiles. A veces se quedaba hasta tarde hablando del menú, de quién llevaría fotos o recuerdos.

Lo que más le intrigaba era Alejandro. Su perfil llevaba años inactivo, y no tenían contactos en común. Buscó en el grupo de la clase paralela, pero nadie sabía su número. En una foto antigua junto al río, él aparecía algo apartado, sonriendo levemente.

«No sé si vendrá», pensó en voz alta.

Llegó el día. El colegio les prestó su antigua aula en la segunda planta, con las ventanas abiertas para el fresco veraniego. Sofía llegó la primera, recorriendo los pasillos con las paredes del mismo color claro. En los alféizares, alguien había puesto ramos de flores silvestres.

Poco a poco, llegaron los demás. Unos trajeron a sus hijos, otros cajas de fotos, otros la abrazaron tan fuerte que casi soltó las carpetas. Se oían risas y murmullos: recordaban exámenes, excursiones, travesuras. El aula se llenó de voces, el eco de la alegría bajo el techo.

Sofía buscaba inconscientemente una silueta del pasado. Cada vez que se abría la puerta, su corazón se detenía un instante. Hablaba con todos, preguntaba por sus vidas, pero la tensión crecía.

Cuando la puerta se abrió de nuevo, Sofía calló a mitad de frase. Era Alejandro Torres apenas había cambiado: alguna cana, la misma espalda recta y esa sonrisa tranquila que siempre le robaba el aliento. Sus miradas se encontraron al instante.

Él se acercó, y el bullicio pareció amortiguarse.

Hola, Sofía Qué bueno verte después de tanto dijo en voz baja.

Yo también me alegro Parece que el tiempo no ha pasado por ti respondió ella.

No podía perdérmelo sonrió. Gracias por organizarlo.

En ese momento, todo lo demás perdió importancia.

Las conversaciones se volvieron más íntimas. Sobre la mesa, quedaban platos con empanadas, una caja de turrones y pequeños tesoros de la infancia: un barco de papel, una regla con inscripciones amarillentas. Sofía, junto a la ventana, sentía el aire cálido y escuchaba a Lucía contar anécdotas del primer campamento.

Todos parecían distintos y, a la vez, los mismos. El tiempo se volvió elástico, permitiendo que pasado y presente se fundieran.

Alejandro estaba sentado frente a ella. No tenía prisa por irse, y sus miradas se cruzaban sin incomodidad. Ya habían hablado de lo importante; ahora solo disfrutaban de estar cerca. Sofía notó que él escuchaba con atención, intercalando comentarios breves. Su voz era más grave que en la adolescencia. Recordó esos días en que apenas se atrevía a acercársele.

El bullicio se apagó. Alguien brindó por la tutora, y todos corearon. Sofía no quería que terminara. Su teléfono vibró: «¿Creamos un grupo para todos?». Asintió y, al momento, llegaron propuestas: otro encuentro en verano, fotos de esa tarde, bromas sobre los cambios.

El aula se fue quedando en silencio. El crepúsculo teñía las paredes de dorado. El olor a flores entraba por las ventanas, mezclándose con las risas lejanas. Sofía sentía una paz extraña, como si hubiera reconstruido los puentes con su pasado.

Al despedirse, los abrazos fueron sinceros. Hasta los que apenas se hablaban en el cole compartían ahora sus vidas. Pablo, el tímido, habló de su hija. Lucía enseñó fotos de su baile de graduación.

Alejandro se quedó hasta el final, ayudando a recoger.

Qué pena que el finde se acabe tan pronto dijo.

Ella asintió:

Pero ahora tenemos el grupo

Él sonrió:

Escribámonos más.

No hubo promesas, solo la certeza de que aquel vínculo se había fortalecido.

Sofía salió del colegio casi la última. En las escaleras, miró el edificio con una mezcla de melancolía y gratitud. Atrás, aún se oían las risas de los que no querían irse.

En casa, el silencio era acogedor. Dejó el móvil cargando y se asomó a la ventana. El rumor de un coche, el ronroneo lejano de una moto

La mañana siguiente la recibió con luz suave y aire fresco. Sofía no tenía prisa por levantarse. Revisó el teléfono: decenas de mensajes en el nuevo grupo.

Fotos de la reunión, planes para el verano, más recuerdos del cole

«Gracias a todos. Ha sido increíble», decían unos.

«¿Cuándo repetimos?», preguntaban otros.

Ella leyó despacio, sin perderse nada. Escribió:

«Gracias. Me hace feliz volver a ser parte de esto»

y añadió un corazón.

En ese momento, supo que el pasado ya no era un capítulo olvidado. Ahora formaba parte de un círculo de apoyo y alegría, reavivado por el grupo y los encuentros por venir.

Tras la ventana, los pájaros cantaban. La brisa mecía las cortinas, trayendo la frescura del nuevo día. Sofía sintió que todo empezaba de nuevo.

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