Bufanda hecha con retales: creatividad y estilo en cada puntada

La bufanda de retales

Mamá nunca estaba sin hacer nada.
En cuanto tenía un momento libre, se sentaba a tejer.
Tejer era como hablar consigo misma, con la abuela, con el pasado.
Así fue siempre.
Hacía de todo para nosotras, mi hermana y yo: gorros, jerséis, chalecos, bufandas, pañuelos, boinas.
A veces quedaba a la moda, otras veces sencillo, como hecho en casa, pero en cada puntada latía el cariño.
Así lo hacía también su madre, nuestra abuela.
En aquellos tiempos, las cosas eran más duras: si querías algo especial, o lo cosías o lo tejías tú misma.
La abuela sabía hacer de todo. Remendaba ropa vieja, copiaba patrones de la revista *Labores del Hogar*, inventaba cosas, y si veía un vestido nuevo en la televisión, corría a buscar lápiz y papel para apuntar ideas, bosquejar moldes.
Una mujer de manos hábiles.

De ella, mamá heredó ese oficio y la fuerza callada de quien sabe crear hogar.
Cuando la abuela se fue, mamá tomó el relevo sin hacer ruido: se sentó ante la máquina de coser, sacó las agujas
Pero lo que más le gustaba era tejer.
Por las tardes, bajo la luz de la lámpara, la casa olía a lana, a té de frutas y a manzanas asadas.
Nosotras, claro, no lo apreciábamos.
De niñas, lo llevábamos sin protestar, solo por no entristecerla.
Luego, al irnos a estudiar, cogíamos algo de lana «por compromiso».
Todo nos parecía anticuado, «distinto a lo de los demás».

***

Cuando mamá se fue, mi hermana y yo nos quedamos unos días más en su casa.
Lo revisamos todo: armarios, cajones, cajas
Casi todo lo regalamos: la ropa, los platos, incluso aquella caja de ovillos que guardaba bajo la cama.
La vecina, tía Carmen, se alegró:
Todo servirá, niñas, no os preocupéis.
Y nosotras no nos preocupábamos.
Aún no entendíamos que, con aquellos ovillos, regalábamos un mundo entero: el de mamá, cálido, familiar.

***

Una semana después, volví a mi casa.
El alma vacía, las manos sin saber qué hacer.
Y de pronto lo recordé: la bufanda.
Esa misma, de colores, suave, un poco ridícula, que mamá me había tejido el año pasado.
La encontré en el estante más alto del armario y me la eché al cuelloy de pronto sentí calor.
Como si mamá me abrazara.
No en sueños, no en un recuerdo, sino de verdad.
Lloré.
Era la única prenda hecha por sus manos que había conservado.
No bonitaviva.
En cada color, una historia:
Azulel viejo jersey de mamá, el que llevaba cuando yo estaba en primero;
Amarillomi suéter, con el que subí por primera vez al escenario del colegio;
Rosael chaleco de mi hermana, regalo de cumpleaños;
Verdeun trozo de la vieja mantilla de la abuela;
Celestesolo un hilo favorito de mamá, sin historia concreta, pero con su calor, latente en cada punto.
Cada color era como una tarde distinta, un instante pequeño que ella había tejido en esa bufanda.
Se convirtió en un mundosu mundo, nuestro mundo, hecho de recuerdos, cuidados y amor.

***

Ahora yo también tejo.
A veces, tarde en la noche, cuando la casa se calla, tomo las agujas y me sorprendo moviendo las manos igual que ella.
Mi hija se ríe:
Mamá, ¿para quién haces todo esto? Ya nadie lleva estas cosas. Hay que modernizarse: ropa, muebles, el peinado ¡Eres muy antigua!
Yo sonrío.
Oigo en su voz la mía, juvenil, de hace años.
Y pienso: nada cambia.
La gente habla y vive en el lenguaje de su tiempo.
Pero el hilo es el mismo.
De mano en mano. De corazón en corazón.
Y quizás, mientras haya una mujer que por las noches saque sus agujas, el calor no desaparecerá.
Solo tomará formas nuevas.

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Nada ha cambiado