Encontrados en el bosque

Todo empezó con un breve mensaje en el muro de una red social: una foto de un hombre con la leyenda «Desaparecido en el bosque, necesito ayuda». Iker, de cuarenta y ocho años, lo miró fijamente como esperando una señal. Lleva una vida estable, un trabajo de oficina en Madrid, un hijo adulto que vive en Valencia y una costumbre de no meterse en los problemas ajenos. Esa tarde, sin embargo, algo lo inquietó: la urgencia le llegó como si fuera de un familiar. Así que, tras dudar un momento, pulsó el enlace y escribió al coordinador del equipo de búsqueda «AlertaBosque».

La respuesta fue rápida, cortés y con instrucciones precisas. En el grupo de novatos le explicaron que la reunión sería en la periferia del pueblo de San Esteban de la Sierra a las siete de la tarde, y que debía llevar linterna, agua, comida y ropa de abrigo; la seguridad era lo primero. Iker empaquetó cuidadosamente en la mochila un termo viejo con té, una pequeña botiquín, calcetines de repuesto. Un leve temblor recorría sus dedos: resultaba extraño sentirse parte de algo mayor.

En casa reinó el silencio: la tele apagada, el aroma a pan recién horneado impregnaba la cocina. Revisó el móvil y el coordinador le recordó la hora de salida. Iker se preguntó por qué lo hacía. ¿Quería ponerse a prueba, demostrarle algo al hijo, o simplemente no podía quedarse de brazos cruzados? No encontró respuesta.

Ya se oscurecía. Los coches en la autovía dejaban atrás sus preocupaciones. El fresco de la tarde se colaba por el cuello de su chaqueta. El encuentro con los voluntarios fue formal: caras jóvenes, otras de edad similar o mayor. La coordinadora, una mujer de corta melena llamada Lucía, dio rápidamente la orden: no separarse del grupo, escuchar la radio y mantenerse unidos. Iker asintió junto a los demás.

El pelotón se encaminó hacia el bosque siguiendo la valla baja. En el crepúsculo los árboles crecían más altos y más densos; al borde del pueblo ya se escuchaban los cantos de los ruiseñores y el susurro de la hojarasca bajo los pies. Las linternas iluminaban charcos húmedos y hierba mojada. Iker se mantuvo en medio de la fila, ni al frente ni al final.

Dentro del bosque la tensión aumentaba: cada paso hacia la oscuridad era un nuevo umbral de temor. El bosque crujía a su manera; las ramas se frotaban entre sí con el viento y, a la derecha, una rama se partió. Alguien bromeó en voz baja sobre entrenar para una maratón. Iker guardó silencio, escuchándose a sí mismo: la fatiga crecía más rápido que la adaptación a la penumbra.

Cada vez que la coordinadora detenía al grupo para comprobar la señal de la radio, el corazón le latía con más fuerza. Temía equivocarse, no oír la señal o perderse por falta de atención. Sin embargo, todo seguía el guion: órdenes breves por la radio, pase de lista, discusión del recorrido algunos proponían evitar la zona pantanosa a la derecha.

Una hora después ya estaban tan adentro que las luces del pueblo desaparecían tras los troncos. Las linternas apenas dibujaban círculos de luz bajo los pies; más allá, una pared de sombras. Iker sintió el sudor escurrir por la espalda bajo la mochila y sus botas empaparse lentamente en la hierba húmeda.

De pronto la coordinadora alzó la mano y el grupo se quedó inmóvil. En la oscuridad se oyó una voz tenue:

¿Hay alguien?

Las linternas se orientaron a un punto; entre los arbustos alguien estaba agachado. Iker avanzó con dos voluntarios.

A la luz de la linterna apareció un anciano delgado, con sienes canosas y manos manchadas de tierra. Miraba asustado y desconcertado, los ojos saltando de un rostro a otro.

¿Usted es José Martínez? preguntó Lucía en voz baja.

El hombre negó con la cabeza:

No Me llamo Pedro Me perdí al mediodía Me duele la pierna No puedo seguir

El grupo quedó en silencio: buscaban a una persona y hallaron a otra. Lucía informó rápidamente por radio:

Hombre mayor encontrado, no coincide con el objetivo, requerimos evacuación con camilla a las coordenadas actuales.

Mientras la coordinadora afinaba la información con el cuartel, Iker se acercó al anciano, sacó de la mochila una manta y le cubrió los hombros.

¿Desde cuándo está ahí? le preguntó en voz bajo.

Desde la mañana Salí a buscar setas Perdí el sendero Y la pierna respondió, entrecortado, con cansancio y alivio.

Iker sintió que la misión había cambiado de golpe: ya no se trataba solo de buscar, sino de ayudar a alguien que nadie había esperado encontrar.

Revisaron la pierna del anciano: estaba hinchada al tobillo y era evidente que no podía caminar. Lucía ordenó que todos permanecieran en sitio hasta que llegara el equipo principal con camilla.

El tiempo se alargó; el crepúsculo dio paso a la noche. El móvil de Iker mostraba apenas una barra de señal, la radio empezaba a fallar y la batería se consumía más rápido por el frío.

Pronto la comunicación se perdió por completo. Lucía intentó contactar al cuartel sin éxito. Según el protocolo, debían permanecer donde estaban y lanzar destellos de luz cada cinco minutos.

Iker, por primera vez, se encontró cara a cara con el miedo: el bosque se volvía más denso, cada sombra parecía una amenaza. Pero junto a él estaba el anciano, temblando bajo la manta y murmurando algo para sí.

Los voluntarios se formaron en semicírculo alrededor del anciano, sacaron el té del termo y le ofrecieron un bocadillo de sus provisiones. Iker notó cómo las manos del viejo temblaban aún más por el frío y el agotamiento.

No pensé que alguien me encontrara Gracias dijo el anciano con voz entrecortada.

Iker lo miró en silencio; dentro de él algo se desplazó: el temor cedió paso a una calma firme. Ahora su responsabilidad era estar allí, más que seguir cualquier instrucción o temor.

El viento traía el olor a tierra mojada y hojas podridas; la ropa se empapaba con la humedad nocturna. En la distancia, una lechuza ululó, como si la noche se alargara aún más.

Se quedaron tanto tiempo que el reloj dejó de importar. Iker escuchó las historias del anciano: su infancia durante la Guerra Civil, su esposa fallecida y su hijo que ya no volvía. En esa conversación halló más confianza y vida que en muchos encuentros de los últimos años.

La radio seguía sin señal; la batería mostraba un tenue destello rojo. Iker revisaba su móvil una y otra vez, sin suerte. Sabía una cosa: no podía marcharse bajo ninguna circunstancia.

Cuando la primera luz de la linterna atravesó la niebla entre los árboles, Iker lo recibió con incredulidad; parecía parte de una larga espera. De la oscuridad surgieron dos figuras con chalecos amarillos y, detrás, más personas con camillas. Lucía los llamó por nombre y su voz transmitió alivio, como si también salvaran al anciano.

Los voluntarios evaluaron al hombre, consultaron el protocolo en papel, le inmovilizaron la pierna con una férula y lo subieron a la camilla. Iker ayudó a levantarla, sintiendo la tensión en los músculos y, al mismo tiempo, una extraña ligereza: la carga ahora era compartida. Un joven le guiñó el ojo como diciendo «aguanta, que todo irá bien». Iker asintió, sin buscar palabras.

Lucía explicó brevemente: la radio se había restablecido hace media hora; el cuartel había enviado dos equipos, uno al sitio y otro al norte siguiendo pistas frescas del desaparecido. transmitió: «Equipo doce, anciano hallado, estable, procedemos a la evacuación». Se escuchó en la radio el crujido del mensaje y, luego, una voz clara: «Objetivo principal localizado por otro grupo, vivo, en pie. Fin de la operación».

Iker contuvo la respiración. El anciano, en la camilla, apretó su mano con fuerza, como si no quisiera soltarla.

Gracias susurró casi sin ser oído.

Iker le devolvió la mirada y, por primera vez en la noche, se sintió parte de algo importante, no un simple espectador.

El regreso fue más largo de lo que había parecido en la oscuridad. Alternaban la carga de la camilla: primero los más jóvenes, luego Iker tomó el mango, sintiendo cómo la hierba temblaba bajo los pies y el aire húmedo le helaba la cara. Los primeros cantos de los pájaros resonaban en el bosque; sobre su cabeza cruzó la silueta de un petirrojo. Cada paso devolvía al cuerpo su cansancio habitual, pero la mente permanecía extrañamente serena.

Al borde del bosque, el amanecer mostraba finas franjas de niebla. Los voluntarios conversaban en voz baja, discutiendo los detalles de la evacuación y bromeando sobre el «fitness nocturno». Lucía se adelantó un poco, revisando la radio y marcando el punto de salida para el cuartel. Iker caminó junto al anciano hasta la ambulancia, vigilando que la manta no se cayera.

Cuando los paramédicos cerraron la puerta tras el anciano, Lucía agradeció a cada uno. Al estrecharle la mano a Iker, lo hizo con más fuerza que a los demás:

Hoy ha hecho más de lo que imaginaba al comenzar la mañana.

Él se sonrojó bajo su mirada, pero no apartó la vista. Internamente sintió una transformación: la barrera entre su vida y los problemas ajenos se había vuelto tenue.

En el camino de regreso al pueblo, la carretera parecía distinta: el gravilla estaba húmeda por el rocío y sus botas chapoteaban en la hierba. Los tonos rosados del alba rasgaban el cielo gris sobre los tejados. El aire estaba cargado de humedad y cansancio, pero su paso se volvió más firme.

El pueblo los recibió en silencio; las ventanas aún estaban oscuras y apenas se vislumbraban siluetas en la parada del bus. Iker se detuvo frente a la verja de su casa, dejó la mochila, se apoyó en el portón un momento. Un ligero temblor recorrió su cuerpo por el frío y la tensión vivida, pero ya no le parecía una señal de debilidad.

Sacó el móvil: en la pantalla brillaba un nuevo mensaje de Lucía, «Gracias por la noche». Bajo ese texto, otro: «¿Podemos contar con usted si surge otra necesidad?». Iker respondió brevemente: «Sí, por supuesto».

Reflexionó: antes esas decisiones le parecían ajenas, imposibles. Ahora todo tenía otra perspectiva. El cansancio no empañaba su claridad interior; sabía que podría dar otro paso adelante cuando fuera necesario.

Alzó la mirada: el amanecer se expandía, tiñendo árboles y tejados de un rosado intenso. En ese instante comprendió que su participación en aquel momento había respondido a la pregunta sobre su propia valía. Ya no era un observador externo, sino parte esencial del relato.

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