Esta será una vida diferente

Nunca imaginó Begoña, con apenas veinte primaveras, lo que el futuro le tendría reservado. Estudiaba en la universidad, estaba locamente enamorada de su novio Alonso, y ya soñaba con la boda, pues sus conversaciones giraban sin cesar alrededor de aquel día.

Alonso era mayor que Begoña; había cumplido el servicio militar cuando ella asistía al baile de otoño del instituto, cuando ella cursaba el último curso. Siempre recordaba el instante en que la vio por primera vez. Aunque vivían en la misma ciudad, la misma escuela, él había terminado antes que ella.

¡Vaya, qué guapo! exclamó Begoña en su cabeza al divisar a Alonso.

Él entró al salón, escaneó rostros conocidos, se topó con la mirada de ella y esbozó una sonrisa. En ese instante ella se enamoró al instante. ¿Cómo no? Él poseía una aura distinta, casi sacada de otro cuento.

Hola, soy Alonso, ¿y tú quién eres? se acercó, y Begoña se sonrojó, las mejillas encendidas. Te invito a bailar la tomó de la cintura y comenzaron a girar.

Begoña

Los pies de Begoña apenas rozaban el suelo, como si flotara; Alonso la guiaba con firmeza, y ella sentía cada uno de sus movimientos.

Begoña, bailas con una ligereza de nube le decía entre risas.

Todo el velódromo él permaneció a su lado; ya habían quedado en que él la acompañaría a casa al terminar la velada. Salieron, pasearon largo rato, sin querer separarse, aunque Begoña sabía que debía volver, que su madre le esperaría preocupada.

Alonso nunca la dejaba aburrirse. Tras acabar el instituto, Begoña ingresó a la Universidad Complutense de Madrid; él trabajaba como técnico en una empresa de energía. No conocía el aburrimiento ni el mal humor; su buen humor contagiaba a todos los que le rodeaban. Tenía muchos amigos y, a menudo, Begoña los acompañaba a fiestas y bodas.

Alonso le regalaba rosas incluso en pleno invierno. Cada cita parecía una fiesta; se sentaban en cafeterías, escapaban a la sierra o a la costa con amigos.

En el tercer año de carrera, Alonso le dio una sorpresa.

Para las vacaciones de Navidad nos vamos a la estación de esquí de Sierra Nevada, ya compré dos forfaits. Te enseñaremos a deslizarte; los monitores son excelentes y aprenderás rápido.

¡Ay, Alonso, eres el mejor! exclamó ella, aferrándose a su cuello. ¡Ay, pero soy una cobardilla! Me asusta la nieve, ¿no sabías? rió a carcajadas.

El viaje fue inolvidable. Begoña aprendió a descender la pista con soltura, disfrutó tanto que lamentó que el sueño estuviera llegando a su fin. Llegó el 8 de marzo; Alonso apareció en su casa con dos ramos de rosas.

Feliz día de la mujer entregó uno a la madre de Begoña y el otro a ella. Para ti, mi reina dijo, besándola en la mejilla. Ella quedó maravillada con los pétalos rojos.

Alonso, ¿por qué gastas tanto? preguntó su madre. Es muy caro.

Pues que Santi y Víctor van a trabajar en la zona; me llevan conmigo. Yo también me incorporo; buscan electricistas para la línea de alta tensión, paga muy bien. Con eso podré costear la boda y el coche respondió él.

No quiero que te vayas exclamó Begoña. No, Alonso.

Solo tres o cuatro meses, volveré. Hablaremos por teléfono. Quiero organizar una boda espléndida, tú también lo deseas, ¿no?

Quiero, pero me bastaría una boda sencilla, lo importante es que sigamos juntos contestó con un dejo de tristeza.

Alonso ya había trazado su plan y no iba a retroceder; se marchó con sus compañeros. El trabajo pagaba bien, y se llamaban a menudo.

Una tarde, mientras asistía a clase, Begoña sintió una extraña inquietud que pronto se disipó. La noche anterior habían hablado por teléfono, así que no esperó su llamada. Pero su corazón latía descompasado; llamó ella a Alonso, pero su móvil estaba en silencio. El latido le dolía en las sienes.

¿Por qué no contesta? pensó, marcó cinco veces sin respuesta.

Buscó el número de Víctor y, al fin, una voz familiar respondió:

¿Dónde está Alonso?

¿Qué quieres decir con no está? preguntó Begoña, pero solo escuchó pitidos.

¡Mamá! sollozó, desbordándose en llanto.

Lo que siguió fue como un sueño lúgubre. Más tarde supo que Alonso había recibido una descarga eléctrica al manipular un poste defectuoso. Doña Carmen, su madre, quedó descolorida por la pena, casi sin habla. Esperó mientras el padre de Alonso y su hermano menor, Román, buscaban al hijo. Los funerales, los recuerdos, una oscuridad impenetrable.

Begoña se vio sumida en una estupor, visitaba a Doña Carmen y, a menudo, se quedaban sentadas en silencio. A veces iban juntas al cementerio, al sepulcro de Alonso.

Doña Carmen no la soltaba; le pedía que la visitara con frecuencia, sobre todo ahora que el verano había llegado y había vacaciones. Recorrieron templos, tomaron té juntas.

Begoña, ¿por qué no nos vamos al mar? propuso la madre de Alonso un día.

Aceptó a regañadientes; no quería, pero la madre de su amado no la dejaba marchar. Así, una semana después, ambas partieron hacia la costa.

En la playa, bajo el sol de la Costa del Sol, Doña Carmen parecía haber recobrado algo de su brillo. Begoña miraba su móvil, sin querer dormir; la mujer se quedaba dormida en la hamaca.

El bullicio de la vida giraba a su alrededor, pero ella se sentía sola. Salió a la orilla, caminó por el paseo y contempló el horizonte donde el mar besaba el cielo. Avistó, a lo lejos, un pequeño barco que casi desaparecía en el horizonte. Gaviotas gritaban, coches rugían, niños jugaban, gente conversaba y reía. Todo bullía, menos ella.

Qué hermosa y qué triste una voz masculina resonó a su lado.

Se volvió y vio a un joven de cabellos oscuros. Quiso responder de forma cortante, pero no pudo. Ese chico le recordaba a Alonso, aunque no sabía exactamente por qué.

A los bellos les niega la dicha dijo ella con melancolía.

No estoy de acuerdo, no es así replicó él. Créeme, soy Santiago.

Santiago, yo soy Begoña.

Intercambiaron unas pocas palabras y, de pronto, Begoña se giró y se alejó. Santiago la observó, llevaba días siguiendo a aquella chica melancólica, lamentando que apenas estuviera sola, pues siempre estaba acompañada por su madre.

Quería saber de dónde venía Begoña; algo en ella lo atraía. No sonreía nunca, y él la miraba desde la arena.

Quedaban dos días antes de su partida. Doña Carmen se quedó dormida tras la playa. Begoña decidió ir al supermercado; al salir, se topó con Santiago, que la alcanzó y tomó la bolsa de la mano.

Déjame ayudar, ¿te parece? dijo sin titubeos, dirigiéndose a ella como si fueran viejos conocidos.

Ayúdame si quieres contestó ella.

Begoña, hablemos, tengo algo serio que decirte, muchas preguntas. Si no te importa señaló el chiringuito junto al supermercado, invitándola a sentarse en una mesa.

Me voy dentro de tres días confesó Santiago. ¿Cuánto tiempo más vas a quedarte aquí?

Mañana por la noche partimos, ya tenemos los billetes en la mano.

Vaya, lo sentía dijo él. ¿Dónde vives? Begoña nombró la ciudad y él la miró sorprendido.

¿No me oigo? Yo también vivo allí asintió ella, aliviada. Qué bien, no nos perderemos.

Santiago era ingeniero en una oficina de proyectos de la administración municipal. No estaba casado; había terminado una relación y había venido a la costa a olvidar aquel fracaso amoroso. Desde el primer vistazo, se había enamorado de Begoña.

Le contó su pena, la de la madre de Alonso, y él se mostró incrédulo.

¿Por qué te quedas con su madre? Normalmente, los padres no aferran a la novia del hijo fallecido. Nunca había escuchado algo así.

No lo sé, Santiago, tampoco entiendo, pero no quiero herirla.

Intercambiaron números y pactaron encontrarse en Madrid. Begoña debía marcharse. De repente, Doña Carmen la buscó, parecía molesta.

Begoña, ¿dónde estás?

Fui al supermercado, luego di una vuelta, ¿qué pasa?

Estar cerca de Doña Carmen se volvió cada vez más insoportable. Su madre le repetía:

Libérate de esa carga. ¿Por qué sigues yendo a su casa? Te asfixia.

Pero el corazón de Begoña no podía abandonarla de golpe, y aún había aceptado ir al mar con ella.

Sentía que no podía seguir así y decidió que, al volver, se alejaría poco a poco. Esa noche empacaron, conversaron y ella, con voz firme, anunció:

Volveré a mi vida, empezaré otra historia.

Doña Carmen la miró extrañada y soltó:

Así que una vida nueva Claro, tienes todo por delante. Yo pensé que estabas embarazada, que quizás tendrías hijos con su hermano

Begoña comprendió el control que ejercía sobre ella y, de repente, todo le resultó repugnante.

¡No! exclamó. No necesito a nadie, ni al hermano de Alonso sollozó la madre de Alonso por primera vez desde el funeral, y luego se sintió aliviada.

Begoña tomó la decisión definitiva: su vida nueva no tendría espacio para Doña Carmen.

Casa, casa ecos resonaban en su cabeza. Tal vez fuera bueno haber conocido a Santiago Gracias a él abrió los ojos a toda esa sombra.

Comenzó el nuevo curso académico. Begoña y Santiago volvieron a verse, y un día ella fue sola a la tumba de Alonso.

Adiós, Alonso susurró. Fui muy feliz contigo, gracias por las alegrías. Te fuiste rápido, pero tengo que seguir. Ahora soy otra, y tendré otra vida una vida sin ti. Adiós

Salió del cementerio y se dirigió al coche donde la esperaba Santiago. En realidad, ahora tenía otra vida; con Santiago volvió a latir, él le dio aliento nuevo. Casi no volvió a ver a Doña Carmen, salvo algún encuentro casual. Tiempo después, se casó con Santiago y aguardaba la llegada de su hijo.

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