**Un lazo para siempre**
Verónica recorría el largo pasillo de su piso sin prisa, como si su propio ánimo reflejara la tarde transparente y cálida, cuando el sol aún no se apresuraba a esconderse tras los tejados. Dejó la taza de té sobre la mesa y abrió el portátil. Entre los correos nuevos, destacaba uno con el asunto: «Promoción-2004. ¡Veinte años!». Le pareció extraño que ya hubieran pasado dos décadas. Permaneció un rato mirando la pantalla, recordándose con el uniforme escolar y los lazos ridículos de su compañera de pupitre.
El atardecer se alargaba, y una luz suave se posaba sobre las cortinas blancas. Verónica pensó en lo poco que quedaba de aquella niña que corría por las mismas calles. Releyó el mensaje: su antigua tutora recordaba el aniversario y los invitaba a reunirse. Una sonrisa asomó a sus labios ante aquel interlocutor invisiblelos recuerdos fluían con facilidad, casi sin esfuerzo. Sus compañeros se habían dispersado: algunos marcharon a otras ciudades, otros se quedaron. Solo mantenía contacto con dos amigas, pero incluso esas conversaciones eran ya escasas.
Mientras el té se enfriaba, Verónica dudaba si encargarse de organizar el encuentro. Los temores brotaron de inmediato¿tendría tiempo? ¿Aceptarían los demás? Pero la idea no la abandonaba. Sentía que, si no era ella, nadie lo haría.
Volvió a mirar alrededor. En el alféizar florecían violetas. Desde la ventana llegaban las voces de los niños jugando al balón en el patio. Se acercó a la estantería, sacó un álbum viejo y hojeó las fotos. Rostros que no veía desde hacía años: algunos con melenas cortas, otros con trenzas. De pronto, recordó esconderse en el armario de la sala de profesores con Ireneentonces creían que nadie las encontraría jamás.
Los recuerdos se encadenaban. Verónica se sorprendió sonriendo. Había tomado una decisión: la reunión debía celebrarse. En su interior, una inquietud sutil¿lograría reunirlos? ¿Volvería a sentir la ligereza de aquellos días?
Escribió a sus dos amigas: «¿Habéis visto lo del aniversario? ¡Organicémoslo!». Las respuestas llegaron al instante: una a favor, la otra dubitativa. Verónica insistió, tecleando rápido, sin pulir las frases. Finalmente, su amiga cedió: «Si tú te encargas, cuento conmigo».
Así comenzó todo. Abrió el navegador y entró en la web de antiguos alumnos. El usuario apareció automáticamentehacía años que no entraba. El muro estaba lleno de caras desconocidas. En la sección de su clase, encontró apellidos familiares. Algunos perfiles llevaban inactivos años. Envió mensajes breves: «Hola, soy Verónica. Preparamos la reunión. ¿Te apuntas?». Puntos verdes junto a los nombres indicaban quiénes estaban conectados.
La búsqueda resultó más difícil de lo esperado. Varios números de teléfono ya no existían. Buscó en otras redesalgunas compañeras habían cambiado de apellido, otras usaban fotos de paisajes en vez de su rostro. A veces escribía a desconocidos con nombres similares, por si acaso. Cada vez, su corazón latía un poco más rápido.
Mientras buscaba, su mente volvía al instituto: las discusiones en clase de literatura por las novelas de Galdós, las excursiones al río, el primer campamento escolar. Y, sobre todo, su primer amorAlejandro Martín, de la clase paralela. Sonrió: recordarlo seguía siendo dulce y algo emocionante.
Una noche, recibió un mensaje de Antonio, el chico callado del fondo que apenas participaba:
«Hola. Buena idea. Cuenta conmigo».
Tras eso, Verónica sintió un impulso de confianza. Otros dos compañeros se unieron a la búsqueda y empezaron a debatir el lugar del encuentro.
La casa pareció calentarsequizá porque ahora abría las ventanas de par en par. Entraba el aire tibio, cargado del aroma de las hojas nuevas y los sonidos del anochecer. Las flores del alféizar florecían, y Verónica las rozaba al pasar.
Una tarde, Irene la llamósu cómplice de antaño:
¿Te acuerdas del primer día de clase?preguntó Irene.
¡Claro! Temía olvidarme del poema.
Y yo pisé mi delantal blanco delante de la directora.
Ambas rieron.
¿Nos vemos seguro?dijo Irene.
¡Lo estoy organizando!respondió Verónica.
Por las noches, hacía listas de los encontrados: marcaba con un tick los nombres, anotaba teléfonos o enlaces. A veces, se quedaba hasta tarde escribiendoplaneaban el menú, quién llevaría fotos o recuerdos.
Lo que más le inquietaba era Alejandro. Su perfil llevaba años inactivo, y no tenían contactos en común. Buscó en el grupo de la clase paralela, pero nadie sabía su número. Un día, encontró una foto vieja junto al ríoAlejandro, apartado del grupo, sonriendo levemente.
«No sé si vendrá», murmuró.
Llegó el día. La escuela les prestó su antigua aula en el segundo piso, con las ventanas abiertas para el calor estival. Verónica fue la primeraquería recorrer el pasillo con las paredes del mismo color claro. En los alféizares, alguien había puesto ramos de flores silvestres.
Poco a poco, llegaron los demás. Algunos trajeron hijos, otros cajas de fotos, otros la abrazaron con tal fuerza que casi dejó caer sus papeles. Los murmullos recordaban anécdotas de exámenes o excursiones. El aula se llenó de voces, y las risas resonaban bajo el techo.
Verónica notó que buscaba, sin querer, aquella silueta de su juventud. Cada vez que se abría la puerta, su corazón se detenía un instante. Hablaba con todos, escuchaba sus vidas, pero la tensión crecía.
Cuando la puerta se abrió de nuevo, Verónica calló en mitad de una frase. Era Alejandro Martínapenas había cambiado: unas canas sutiles, la misma espalda erguida y esa sonrisa tranquila que siempre le robaba el aliento. Sus miradas se encontraron a través de la habitación.
Se acercó, y el bullicio pareció amortiguarse.
Hola, Verónica Qué bien verte después de tanto tiempodijo en voz baja.
Yo también me alegro Parece que no has cambiadorespondió ella.
No podía perdérmeloAlejandro sonrió. Gracias por organizarlo.
En ese momento, todo lo demás perdió importancia. El esfuerzo había valido la pena.
Las conversaciones se tornaron más íntimas. Alguien contaba cómo eligió su profesión, otro mostraba fotos de su ciudad. En la mesa quedaban platos con dulces, una caja de bombones y objetos de la infanciaun barco de papel, una regla con letras descoloridas. Verónica se sentó junto a la ventana, sintiendo el aire cálido mientras Irene relataba su primera excursión. Observó a sus compañeros y comprendió: todos habían cambiado, y a la vez, seguían siendo los mismos. El tiempo se volvió flexible, uniendo pasado y presente.
Alejandro estaba frente a ella. No tenía prisa por irse, y a veces sus miradas se cruzabansin insistencia, solo con calidez. Ya habían hablado de lo esencial; ahora disfrutaban de estar cerca. Notó que escuchaba con atención, intercalando comentarios breves. Su voz era más grave que en la adolescencia. Recordó aquellos días en que apenas se atrevía a acercársele.
Las risas se suavizaron. Alguien brindó por la tutoratodos alzaron sus vasos. Verónica no quería que terminara. Miró el móviluna notificación: «¿Creamos un grupo para todos?». Sonrió y aceptó. Pronto llegaron mensajes: propuestas para verse en verano, fotos de la reunión, bromas sobre los cambios.
El bullicio en el aula menguaba. Fuera, los faroles pintaban franjas doradas en la pizarra. El aroma de los arbustos en flor entraba por las ventanas. Verónica sentía una paz extrañacomo si hubiera reconstruido puentes con su pasado.
Al despedirse, los abrazos fueron sinceros. Incluso quienes apenas se hablaban en el instituto ahora compartían sus vidas. Antonio habló de su hija; Irene enseñó fotos del baile de graduación.
Alejandro se quedó hasta el final. Ayudó a recoger y guardar los recuerdos.
Qué pena que las vacaciones terminendijo.
Verónica asintió:
Pero ya tenemos el grupo
Él sonrió:
Escribiremos más.
No hubo promesassolo la certeza de un vínculo más fuerte.
Verónica salió de la escuela casi la última. Se detuvo en los escalones, miró el edificio y sintió una mezcla de nostalgia y gratitud. A su espalda, las voces de quienes aún no se iban.
En casa, el silencio tras la fiesta resultaba acogedor. Dejó el móvil cargando y se sentó junto a la ventana. Un coche pasó en la distancia; el ronroneo de una moto se desvaneció.
La mañana la recibió con luz tenue y aire fresco. No quiso levantarse aúntomó el móvil y vio decenas de mensajes en el nuevo grupo.
Unos compartían fotos; otros proponían planes para el verano o rememoraban anécdotas.
«Gracias a todos. Fue muy especial», decían unos.
«¿Cuándo repetimos?», preguntaban otros.
Verónica los leyó despacio, sin saltarse ninguno.
Escribió:
«Gracias. Me hace feliz volver a ser parte de esto».
Y envió un corazón.
Entonces lo sintió con claridad: el pasado ya no era un episodio ajeno. Formaba parte de ese círculo de apoyo que renacía a su alrededor, gracias al grupo y a los encuentros por venir.
Fuera, los pájaros cantaban. La brisa movía las cortinas, trayendo la frescura del nuevo día. Verónica pensó que todo estaba solo comenzando.







