Descubrí el diario de mi hija donde confiesa que me odia

Encontré el diario de mi hija, donde escribía que me odiaba.

¡No, pero mira qué es esto! ¿Y eso en tu nariz, me permites preguntar?

Lucía estaba en el recibidor, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su voz, normalmente dulce, ahora vibraba de indignación. Marta, su hija de dieciséis años, se quitaba lentamente las zapatillas, evitando su mirada. En el ala de su nariz brillaba un pequeño aro con una piedra, como un ojo burlón.

Es un piercing, mamá. Un pendiente. Todo el mundo los lleva.

¿Todo el mundo? ¿Quiénes son ese «todo el mundo»? ¿Tu nueva amiga Valeria, con diez agujeros en las orejas? ¿Esa es la gente que admiras? ¡Te prohibí juntarte con ella!

¡Valeria es normal! ¡Ni siquiera la conoces! Marta alzó la cabeza por fin. Sus ojos brillaban con lágrimas de rabia. Y no te pedí permiso. Es mi cuerpo.

¿Tu cuerpo? Lucía dio un paso hacia ella. ¡Mientras vivas bajo mi techo, con mi dinero, ese cuerpo es mi responsabilidad! ¿Sabes lo que pasa si se infecta? ¿Has oído hablar del tétanos? ¿Dónde te lo hiciste, en un sótano, con una aguja sucia?

¡Fue en un estudio profesional, mamá! ¡Todo esterilizado! ¿Por qué siempre dramatizas?

¿Yo dramatizo? ¡Te esperé hasta medianoche, no contestabas el teléfono! ¡Llamé a hospitales y morgues, desesperada! Y tú, resulta, estaban embelleciéndote. ¡Quítate esa porquería ahora mismo!

¡No me lo quito! Marta se irguió, casi alcanzando la altura de su madre. ¡Es mi vida y decido yo cómo verme! ¡A ti no te gusta nada de lo que me gusta! ¡Mi música, mis amigos, mi ropa!

¡Porque eso no lleva a nada bueno! La voz de Lucía se quebró en un grito. Deberías estudiar, ir a la universidad, no deformarte y vagar por ahí sin rumbo.

Marta empujó a su madre para salir hacia su habitación.

¡Te odio! escupió antes de cerrar la puerta con tal fuerza que los platos del aparador en el salón vibraron.

Lucía se quedó inmóvil en el silencio del recibidor. La palabra «odio» resonaba en sus oídos como un eco venenoso. Se apoyó contra la pared, sintiendo que las piernas le flaqueaban. El corazón le latía en la garganta. ¿Por qué? ¿Por qué todo había llegado a esto? Ella lo daba todo por ella. Trabajaba en dos empleos para que Marta tuviera lo mejor: ropa como las demás, profesores particulares, vacaciones en la playa. Había renunciado a su vida personal cuando su marido se fue, dedicándose por completo a su hija. Y esta era su recompensa. *Odio*.

Fue a la cocina, encendió el hervidor automáticamente. Las manos le temblaban. Imágenes pasaban por su mente: Marta de pequeña, con moños enormes, extendiéndole sus manitas confiadas; Marta en su primer día de colegio, orgullosa con su ramo de gladiolos; Marta abrazándola y susurrándole al oído: *»Mamá, eres la mejor»*. ¿Dónde había quedado todo eso? ¿Cuándo su niña dulce y cariñosa se había convertido en este erizo lleno de espinas?

La puerta del cuarto de Marta permanecía cerrada. No se escuchaba ni un sonido. Lucía sabía que cualquier conversación ahora sería inútil. Cualquier intento de reconciliación sería rechazado. Había que esperar. Siempre había que esperar a que pasara la tormenta.

Al día siguiente era sábado. Lucía se levantó temprano, como siempre. Preparó el desayuno. Marta no salió de su habitación. Lucía llamó a la puerta.

Martita, ven a comer. Se va a enfriar.

Silencio.

Martita, ¿me oyes?

No tengo hambre respondió una voz apagada desde el otro lado.

Lucía suspiró. Comió sola, lavó los platos. El silencio en el piso era denso, pegajoso, como gelatina. Los sábados solían limpiar juntas, ir de compras o ver películas. Pero hoy la casa parecía ajena y fría.

Decidió limpiar. Siempre le ayudaba a ordenar no solo la casa, sino también sus pensamientos. Pasó un trapo por los muebles, fregó el suelo de la cocina. Solo faltaba el cuarto de Marta. Normalmente su hija lo limpiaba sola, pero ahora Ahora Lucía necesitaba una excusa para entrar, para romper ese bloqueo de hielo.

Volvió a tocar.

Martita, voy a fregar el suelo. Ábreme.

La puerta se abrió a regañadientes. Marta estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, con auriculares. Lucía entró con un cubo y una bayeta. La habitación estaba en el caos creativo típico de una adolescente: ropa tirada, libros apilados, bocetos. Empezó a limpiar, intentando no hacer ruido. Marta no se volvió.

Entonces su mirada cayó sobre algo bajo la cama. Una libreta rosa de tapa dura con un pequeño candado. El diario. Lucía recordaba habérselo regalado a Marta por su cumpleaños el año pasado. Su hija se había reído entonces: *»Mamá, ¿quién escribe diarios hoy? Eso es del siglo pasado»*. Al parecer, sí los escribía.

Su corazón se saltó un latido. *No debes. Es bajo. Es su vida privada, la vida de tu propia hija.* Pero la palabra *odio*, hiriente y cruel, le quemaba por dentro. Tenía que entender. Tenía que saber la razón. O se volvería loca.

Terminó rápido.

Ya está dijo en voz baja.

Marta asintió sin mirarla. Lucía salió y cerró la puerta con cuidado. El resto del día estuvo distraída. El diario no le daba paz. Imaginaba lo que podía contener: chicos, amigas, problemas en el instituto. O quizá cosas sobre ella.

Por la tarde, Marta murmuró que salía con Valeria y se fue. Lucía esperó diez minutos, asegurándose de que realmente se hubiera ido, y entró sigilosamente en su habitación. Las manos le temblaban. Se sentía una ladrona, una traidora. Pero ya no podía parar.

El diario seguía allí, bajo la cama. El candado era simbólico; Lucía lo abrió fácilmente con un clip. Se sentó al borde de la cama y abrió la primera página.

Letra pulcra, casi infantil. Apuntes sobre el instituto, un examen de matemáticas, una canción nueva de un grupo cuyo nombre ni conocía. Pasó las páginas, sintiendo cómo crecía la vergüenza. Estaba invadiendo un alma ajena.

Y entonces encontró la entrada de la semana pasada.

*«Hoy vino otra vez tía Carmen. Y otra vez lo mismo: «Lucita, eres una heroína, criando sola a una hija así. Y Martita es tan lista, tan aplicada, ¡el orgullo de su madre!». Yo sonreía como una tonta. Pero por dentro hervía. El orgullo de mamá. Su proyecto. ¿Tengo algo que sea mío? ¿O solo debo cumplir sus expectativas? Ser la niña buena, sacar buenas notas, ir a la universidad «correcta» que ella elija. A veces siento que soy una muñeca que viste y muestra a todo el mundo.»*

Los dedos de Lucía se enfriaron. Ella nunca había pensado así. Solo se alegraba de los logros de su hija, estaba orgullosa. ¿Eso era malo?

Pasó la página. Una entrada de hace un mes.

*«Mamá montó un escándalo porque llegué una hora tarde. Gritó tanto que seguramente lo oyeron los vecinos. Luego lloró y empezó a decir que está sola, que no tiene a nadie más que a mí, que tiene miedo por mí. Es su táctica favorita. Primero gritar, luego apelar a la lástima. Y entonces me siento culpable. Terriblemente culpable. Y ya no puedo enfadarme. Siempre hace lo mismo. Como si le debiera algo por haberme parido y criado. Como si tuviera que sacrificar mi vida para que ella esté tranquila.»*

Un nudo le apretó la garganta. ¿De verdad veía Marta su preocupación, su miedo, como una manipulación? Pero ella *sí* tenía miedo. En este mundo cruel, era fácil perder a un hijo.

Siguió leyendo, y cada línea era un golpe. Las palabras que decía sin pensar, aquí estaban escritas y analizadas. Sus consejos eran criticados. Su cuidado, visto como control. Su amor, como una correa asfixiante.

*«No me entiende. Para nada. Me preguntó qué escuchaba. Le puse una canción. Hizo una mueca y dijo: «¿Esto es música? Parecen aullidos». Y se fue. Para mí era importante que al menos lo intentara. Pero no le interesa mi mundo. Solo quiere que sea cómoda, correcta, predecible. Que no le dé problemas.»*

Y finalmente, la página clave. La entrada escrita, al parecer, anoche, después de la pelea. La letra era torcida, furiosa, las palabras danzaban en la página.

*«La odio. ¡La odio! Nunca me deja respirar. Se mete en mi alma, controla cada paso, me dice con quién juntarme, qué ponerme, en qué pensar. Hoy el pendiente Me costó tanto decidirme. Era un paso hacia mí misma. Y ella «Quítate esa porquería». Ni siquiera preguntó por qué lo hice. Decidió que era malo. Porque no encaja en su mundo perfecto. Me ahogo. Quiero huir de ella. A cualquier parte. Con tal de no ver su cara de reproche. Odio su amor. Odio su preocupación. ¡La odio!»*

Lucía cerró el diario. No solo le temblaban las manos: le vibraban. Miró la cubierta rosa y no podía creer que esas palabras crueles las hubiera escrito su niña. Su Martita.

Su mundo se derrumbó. Todo en lo que creía, toda su vida construida en torno a su hija, era una mentira. No era una madre amorosa, sino una carcelera. No un apoyo, sino una jaula. Creía dar todo por ella, pero en realidad le robaba su propia vida.

Devolvió el diario a su sitio, bajo la cama. Salió de la habitación y, tambaleándose, llegó al sofá del salón. Se sentó y se agarró la cabeza. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero ni las notaba. Dentro solo había vacío. Un vacío helado, resonante. Toda su vida, todos sus sacrificios, habían sido anulados por una palabra: *odio*.

No supo cuánto tiempo pasó así. Marta volvió. Al ver a su madre en esa postura, se detuvo en la puerta.

¿Mamá? ¿Qué pasa?

Lucía alzó la cabeza lentamente. Miró a su hija: el aro desafiante en su nariz, la sudadera negra con una calavera, los brazos cruzados. Y no vio a una adolescente rebelde, sino a una desconocida que vivía bajo su mismo techo y la odiaba.

Nada respondió con voz ronca. Me duele la cabeza.

Tómate una pastilla dijo Marta sin interés, y entró en su habitación.

Lucía no durmió en toda la noche. Repasaba las líneas del diario, recordaba los episodios que Marta describía. Y con horror, entendía que su hija tenía razón. Sí, había criticado a sus amigos. Sí, despreciaba su música. Sí, tras las peleas lloraba y decía que Marta era su única alegría. Creía que así demostraba amor. Pero en realidad, la ataba egoístamente, privándola de aire.

Por la mañana llamó a su única amiga cercana, Isabel.

Isa, hola. ¿Puedes hablar?

Lucita, ¿qué te pasa? Se te nota en la voz Isabel siempre sabía detectar su estado de ánimo.

Isa, he descubierto algo No sé cómo seguir viviendo.

Y entre sollozos, se lo contó todo. La pelea, el diario, las palabras terribles.

Isabel guardó silencio un largo rato. Luego suspiró.

Lucía, es duro, claro. Pero sinceramente La tienes muy controlada. ¿Recuerdas cuando te quejabas de su amistad con Valeria? ¿Qué tiene de malo Valeria? Bueno, viste raro. Pero tiene dieciséis años, no cuarenta. ¿Recuerdas cuando nosotras nos teñíamos el pelo de verde y nos escapábamos a conciertos de Mecano? Nuestras madres también se desmayaban.

Pero esto es diferente empezó Lucía.

Es lo mismo, Lucía. Lo mismo. Solo que lo hemos olvidado. Queremos que nuestros hijos no repitan nuestros errores. Pero ellos tienen derecho a los suyos. ¿Entiendes? No te odia. Odia tu control. Te quiere, estoy segura. Pero necesita que la veas como una persona, no como tu propiedad, tu «hija perfecta». Con derecho a sus tonterías, sus pendientes y su música horrible.

¿Y qué hago? susurró Lucía. ¿Le digo que leí su diario?

¡Ni loca! exclamó Isabel. Sería una traición que no perdonaría. Debes actuar diferente. Con astucia. Ahora sabes qué le duele. Intenta cambiar tu comportamiento. Poco a poco. Dale más libertad. Interésate por su vida. No como madre, sino como amiga.

No podré dijo Lucía con desesperación.

Podrás. La quieres. Solo que tu amor se ha vuelto pesado. Hazlo más ligero.

El resto del día, Lucía reflexionó sobre las palabras de Isabel. *Hacer el amor más ligero.* ¿Cómo? ¿Soltar? ¿Dejar de controlar? Pero daba miedo. ¿Y si cometía errores?

Por la noche, Marta salió de su habitación, preparada para salir otra vez. Lucía forzó una sonrisa.

Martita, espera.

Su hija se tensó, esperando otro sermón.

¿Sales con Valeria? preguntó Lucía con calma.

Sí respondió Marta, desconfiada.

¿Qué van a hacer? ¿Al cine?

No, vamos a un café. Luego quizá a su casa, a escuchar música.

Lucía asintió. Respiró hondo.

Mira, he estado pensando ese pendiente tuyo Marta se puso rígida. Bueno, es diferente. Pero si te gusta Supongo que está de moda. Solo límpialo bien con clorhexidina, ¿vale? Para que no se infecte.

Marta la miró sin creer lo que oía. Esperaba gritos, reproches, amenazas. No esto.

Vale murmuró.

Y no vuelvas muy tarde, por favor añadió Lucía con suavidad. Me preocupo.

No añadió *»no tengo a nadie más que a ti»*. Solo dijo *»me preocupo»*.

Marta asintió en silencio y se fue.

Lucía se quedó sola. Le costaba horrores. Cada fibra de su ser gritaba: *¡Detenla! ¡Prohíbeselo! ¡Se juntará con mala gente!* Pero se contuvo. Recordó las palabras del diario.

Las siguientes semanas fueron las más difíciles de su vida. Aprendió a callar donde antes hablaba. A preguntar, no a exigir. Una vez entró en la habitación de Marta mientras escuchaba música con auriculares. Antes se habría ido con una mueca. Esta vez se detuvo.

¿Está alto? preguntó Marta, quitándose un auricular.

No Lucía se sentó en la cama. ¿Qué escuchas?

Marta la miró con recelo, pero le tendió el auricular. Sonaban guitarras distorsionadas y una voz gutural. Lucía se obligó a escuchar.

Interesante dijo al devolvérselo. ¿De qué habla?

Marta, aún sorprendida, empezó a explicarle algo sobre protesta social e injusticia. Lucía asentía, aunque entendía la mitad. Pero veía cómo la mirada de su hija se suavizaba, cómo desaparecía su actitud defensiva. Por primera vez, hablaba con su madre de lo que le importaba.

Eran pasos pequeños. Una vez, al pasar junto al escritorio de Marta, vio unos bocetos. Antes habría dicho algo como: *»Mejor estudia física, que tienes examen»*. Esta vez se detuvo y los miró con atención. Eran diseños de trajes de fantasía.

Qué imaginación tienes dijo sinceramente. Son preciosos.

Gracias murmuró Marta, ruborizándose.

Las cosas no mejoraron de un día para otro. Hubo recaídas, nuevas peleas. Pero eran diferentes. Ya no había esa desesperanza. Lucía aprendía a ver en su hija a una persona, no a una extensión de sí misma. Y Marta, al sentir menos presión, dejaba de defenderse con espinas.

Una noche, estaban en la cocina tomando té. En silencio. Pero no era el silencio opresivo de antes, sino uno tranquilo, cómodo.

Mamá dijo Marta de pronto. ¿Recuerdas que me preguntaste qué quería estudiar?

Sí el corazón de Lucía se detuvo. Temía oír *»nada»* o *»irme lejos»*.

He estado mirando hay un ciclo superior de diseño de moda. Para diseñar vestuario. Me gustaría probar.

Antes, Lucía se habría horrorizado. ¿Qué ciclo? ¿Qué diseño? ¡Solo universidad, solo una carrera seria! Pero ahora miró a su hija, a sus ojos brillantes, y recordó las palabras del diario. *»El proyecto de mamá»*.

Suena bien dijo lentamente. ¿Qué necesitas? ¿Exámenes? ¿Un portafolio?

Sí, tengo que presentar mis dibujos. Y exámenes de lengua y literatura.

Bueno, en literatura siempre has sido buena sonrió Lucía. Y tus dibujos son maravillosos. Hagamos una selección de los mejores, bien presentados.

Marta la miraba sin pestañear.

¿Tú no te opones?

Lucía suspiró.

Mira, hija, quizá me equivoqué. Quería para ti la mejor vida, la que yo imaginaba. Pero tú tienes tu propia idea de felicidad. Y quizá sea lo correcto. Lo importante es que hagas lo que te guste de verdad.

Vio brillar lágrimas en los ojos de Marta. Su hija se acercó y la abrazó con timidez. Por primera vez en mucho, muchísimo tiempo.

Gracias, mamá susurró.

Lucía la abrazó, inhalando el olor de su pelo. La acarició la espalda y pensó en el diario rosa, que no se atrevió a abrir de nuevo. No había sido su perdición, sino su salvación. Rompió su mundo perfecto, le causó un dolor insoportable, pero también la despertó. La obligó a ver a una persona en su hija. Y le dio una oportunidad quizá la última de aprender a amar de verdad. Sin condiciones. Sin motivos. Simplemente porque sí.

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