No quiero discutirte, dijo la suegra entrecerrando los ojos, tú misma te lo buscas. Vive tranquila en el piso, aquí nadie te echa. Y deja de atormentar a mi hijo. Si hace falta, puedo separaros. Entonces, ¿a dónde irás con el niño? Vamos a llevarnos bien, ¿vale, Lucía?
***
Lucía estaba sentada en su escritorio, mirando concentrada la pantalla del ordenador. De pronto, sobre la mesa apareció un ramo de rosas recién cortadas. Al alzar la vista, vio a Leonardo, el nuevo compañero del departamento, sonriéndole con una timidez que resultaba cómica.
Son para ti, Lucía dijo Leo, sonrojándose ligeramente.
Gracias, pero no tenías por qué respondió Lucía, tratando de mantener un tono neutral.
Leo empezó a lanzarle pequeñas atenciones: un café de vez en cuando, un cumplido de camino. Lucía los desestimaba, hacía como si no notara sus intentos. Él no le provocaba grandes mariposas; era más bien un tipo de biblioteca, poco llamativo.
Un día, en la pausa del almuerzo, se acercó su colega Marina.
Lucía, ¿por qué le echas el ojo a Leo? El chaval parece decente.
Marina, no es mi tipo. Es demasiado… tranquilo.
Pero fiable. Hoy en día no encontrarás a muchos con esa seguridad. Además, tiene su propio piso. No es corriente a su edad presumir eso.
¿Un piso, dices? reflexionó Lucía.
Cambiar de vivienda siempre lo ha sido. Tener techo y saber ganarse la vida son criterios clave a la hora de buscar pareja.
Esa misma tarde, Lucía se quedó en la oficina para terminar un informe importante. Cuando estaba a punto de irse, Leo se acercó.
Lucía, ¿te acompañaría al taxi? propuso.
Gracias, Leo, pero ya tengo el mío.
Al menos hasta la parada, insistió.
En el camino, Leo habló de sus aficiones, del trabajo y de sus planes futuros. De repente, sin que ella lo esperara, la invitó a una cita. Lucía vaciló, pero al final aceptó; pensó que sería buena ocasión para observarlo mejor, sobre todo después de los comentarios de Marina sobre su piso.
***
La primera cita fue en una cafetería acogedora. Leo resultó ser un conversador agradable y una compañía interesante.
¿Dónde vives? preguntó Lucía, intentando no delatar su curiosidad.
En mi propio piso contestó Leo con orgullo mis padres me ayudaron a comprarlo cuando acabé la universidad.
Qué bien exclamó Lucía sinceramente.
Tras varios encuentros, Lucía empezó a notar en Leo cualidades que antes le pasaban desapercibidas: atención, responsabilidad, fiabilidad, buen oído y, sobre todo, honestidad. Sus padres y amigos también le cayeron bien.
Una tarde, Lucía le preguntó sobre sus sueños.
Leo, ¿en qué piensas, qué anhelas? inquirió.
Sueño con una familia y niños respondió quiero una casa cálida y acogedora.
Una casa suena genial, pero primero necesitamos al menos un piso replicó Lucía.
Con el piso ya lo tenemos, sonrió Leo así que podemos ir pensando en la casa
Un año después, se casaron. La boda fue sencilla pero muy emotiva. Tras la ceremonia, se mudaron al piso de Leonardo. Lucía no podía dejar de sonreír; había encontrado a un buen hombre y un techo propio.
Dos años más tarde nació su hijo, Pablo. Lucía estaba encantada. Leo se mostró un padre ejemplar, cariñoso y entregado. Vivían como una sola alma y ella jamás se arrepintió de su elección.
Una noche, mientras acomodaban a Pablo para dormir, Lucía soltó la idea de un segundo hijo.
Leo, creo que ya es hora de tener otro dijo sin pensarlo mucho.
¿Otro? se sorprendió Leo ¿para qué? Pablo aún es pequeñito.
Quiero una niña confesó Lucía y además, ya tenemos los recursos: dinero, piso ¿por qué no? Vendemos este piso y compramos algo más grande
El dinero sí, asintió Leo pero lo del piso
¿Qué pasa con el piso? preguntó Lucía, perpleja.
Verás No es completamente mío empezó a decir Leo con voz baja mis padres lo pusieron a su nombre para que, en caso de separación, no lo perdiera.
Lucía quedó paralizada.
¿Me has mentido todo este tiempo? ¿Por qué? le preguntó, conteniendo las lágrimas.
No mentí, solo omití parte de la historia. Mis padres me pidieron que no lo dijera porque temían que te casaras por la vivienda. Yo sé que no te case por dinero, que me quieres de verdad.
¿Y ahora qué? preguntó Lucía, con los ojos hinchados ¿Qué hacemos, Leo?
Nada, Lucía. Nos amamos, tenemos a Pablo. Mis padres no pueden quitarnos el piso; si lo quisieran, no lo podrían. Seguiremos como hasta ahora.
¿Y si algún día lo necesitan? replicó Lucía ¿o lo regalan a tu hermana? ¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
Lucía, ¿de verdad crees que harían eso? protestó Leo ¿De dónde sacas esas sospechas?
No lo sé, pero me duele que hayas guardado eso.
Leo trató de abrazarla.
Tranquila, todo se solucionará intentó consolarla.
No, Leo, nada será igual. Me has ocultado la verdad, me has mentido.
La noche terminó en una fuerte discusión; Lucía no dejó entrar a Leo en su habitación, y él quedó dormido en el salón.
***
Tres días después, la tensión seguía. Leo trabajaba como siempre; Lucía le preparaba la comida, planchaba sus camisas, pero todo en silencio. Cada intento de Leo por conversar se topaba con el muro de Lucía, que lo evitaba por completo, incluso cuando quería acercarse al niño. Cada vez que Leo se acercaba a Pablo, Lucía lo agarraba y lo llevaba a otra habitación. Lucía soñaba con el día en que Leo le contara que sus padres habían traspasado la vivienda a su nombre; entonces venderían el piso de dos habitaciones, comprarían uno de tres o, mejor aún, una casa fuera de la ciudad.
Sin embargo, Leo no traía buenas noticias. La madre de Leonardo, Alondra Martínez, al enterarse del conflicto, se presentó en casa de Lucía justo cuando él no estaba.
¿Qué ocurre aquí? preguntó Alondra, con tono inquisitivo ¿Qué le pasa a mi hijo?
No pasa nada, Alondra contestó Lucía, intentando disimular todo va bien. No sé por qué Leo anda tan distante.
Mientes replicó Alondra dime, querida, ¿por qué te afanas en una vivienda que no es tuya? Aquí viven tranquilamente, nadie os va a echar. ¿Qué te incomoda? ¿Por qué haces caer al hijo en esta discusión?
Lucía apretó los puños y respondió lo más calmadamente posible:
No me he puesto a robar su piso, Alondra. Sólo hay malentendidos entre Leo y yo. Él siempre dice que el piso es suyo, pero en realidad es propiedad de tu marido. Me preocupo por mi futuro. Si algo sucediera, no podríamos hacer nada con esa vivienda. Quiero otro hijo y en un piso de dos habitaciones no hay sitio para dos niños. Necesitamos un de tres. Tenemos ahorros, pero no alcanzan para comprarlo. Si vendemos el actual y juntamos lo que tenemos, tal vez logremos una vivienda más grande. No me gusta tener que pedir permiso para vender. Somos familia, tenemos un hijo, y creo que podemos decidir dónde vivir.
Ah, entonces tú eres la causa de mis problemas respondió Alondra con una sonrisa burlona ¿Crees que soy tan ingenua como para no verte detrás de mi modesto programador? No voy a creer que te hayas casado con Leo por amor verdadero. Te digo una cosa: ese piso no se venderá, pase lo que pase. La vivienda seguirá perteneciendo a mi marido. ¿Qué esperas? ¿Venderla, comprar algo más grande y después divorciarte para quedarte con la mitad? No va a suceder. Ahorrad, invertid, y cuando podáis, comprad lo que queráis. Si empezáis a aportar al presupuesto familiar, al menos tendréis derecho a decidir. Ya te lo dije, no quiero más conflictos. Vive tranquila, que nadie os eviscerará. Si te portas mal, haré que mi hijo se divorcie. Confía en que tengo los medios para hacerlo.
Alondra se despidió, y Lucía suspiró profundamente antes de volver a la cocina. Tendría que aceptar la situación. Leo ganaba bien, y la vivienda no se vendería ¡Que se lo traguen! Al fin y al cabo, podrían ahorrar para la casa más grande. Lucía, con su ingenio, seguiría empujando a su marido para que se lo consiguiera.







