ROMANCE EN LA VÍA DEL TREN

Se cruzaron la mirada al instante, como si el tren hubiera conspirado para juntarlos.

¿Libre? preguntó él, con la voz cargada de esa timidez que sólo aparecen los desconocidos.

Claro respondió ella, intentando sonreír mientras el aire dentro del coche se volvía pesado. ¿Te ayudo con la maleta?

Gracias dijo, soltando un suspiro. ¡Qué bochorno!

¿Abro la ventana? propuso él.

Sí, si puedes.

El traqueteo de los vagones resonó como un latido bajo la oscuridad que se cernía fuera de los cristales. La noche había descendido sobre la vía como un velo.

Me llamo Almudena dijo ella, mientras la luz intermitente del paso nocturno dibujaba sombras sobre su rostro.

Yo soy Andrés.

Y así comenzó la conversación, una charla de carretera entre dos desconocidos que, tres horas antes, ni siquiera se habían imaginado la existencia del otro. Ella tenía veintidós años, él veinticinco. La charla se alargó una hora, dos, tres No era el parloteo de unos copas ni de colegas; era la íntima conversación de un hombre y una mujer que, sin saberlo, se estaban descubriendo.

¿De qué hablaban? De nada y de todo a la vez. Como siempre ocurre en los trenes españoles, empezaron por el tiempo, siguieron por los precios de los billetes y, de pronto, la vida.

Andrés, con el aire de quien lleva años guardando historias, empezó a relatar su infancia, a sus padres, su trabajo: era percusionista de la Filarmónica de Madrid, tocaba en un cuarteto de percusión. Sacó de su maletín unas fotos de sus actuaciones: El pájaro azul, Los gemas, Los alegres muchachos. Entre esas imágenes él brillaba como una estrella.

¡Vaya, qué interesante! exclamó Almudena, con los ojos iluminados.

¿Y tú, Almudena? preguntó él, curioso.

Yo trabajo en la Jefatura del Movimiento Juvenil respondió ella, sorprendentemente. ¿En Madrid?

Exacto, en la capital admitió Andrés, sonrojándose. No llevo fotos conmigo, pero hoy me he tomado un permiso y he vuelto a mi tierra natal, donde viven mis abuelos. Es una larga historia cómo llegué a Madrid.

Cuéntame, vamos rápido le animó él, mientras el tren se adentraba en la madrugada.

Andrés también habló de cómo se había integrado al cuarteto, de los ensayos nocturnos, de los bares donde tocaban tras los conciertos. Se sentaron uno frente al otro, cara a cara, con los ojos clavados.

Al alba, Andrés dejó a Almudena en una estación desierta, le agitó la mano y desapareció entre la niebla. Desde entonces, ninguna mujer volvió a tocar su corazón; en su imaginación, siempre estaba ella, la compañera de aquel viaje nocturno. Cada vez que veía a una mujer que le recordaba su silueta, se avergonzaba, se sonrojaba como un niño, y escribía cartas que nunca enviaba. ¿A dónde enviarlas? ¿A Madrid? ¿A la Jefatura? No tenía ni apellido ni dirección, ¡qué farol!

En los conciertos, mientras se sentaba tras su batería, miraba el público a través del foco, preguntándose si ella estaría allí, dibujando su retrato de memoria como un niño que intenta captar la luz. Pegaba un papel bajo la almohada del hotel, como si fuera un talismán.

Todas las mujeres del mundo dejaron de existir para él, salvo una: Almudena.

El tiempo siguió su curso, voló. La transición, los cambios políticos, los vales de consumo, la caída del antiguo régimen. La filarmónica siguió tocando bajo cualquier gobierno, porque la música no entiende de ideologías; los músicos siguen cantando y bailando, su vida sigue rodando sobre rieles.

Durante una gira, Andrés entró en el vagón restaurante y sí, lector, así fue. En una de las mesas estaba ella, Almudena, la mujer que había habitado sus sueños durante años, sentada sola, sin ningún hombre a su alrededor. Andrés se quedó paralizado en la puerta, con la mirada perdida. Almudena alzó la vista.

Así es, Santi exhaló Andrés, encendiendo otro cigarrillo, sirviendo la última cerveza en los vasos, tomando un trago y continuó. En aquel vagón restaurante comprendí lo que significa caer como un martillo sobre la cabeza. El ruido me retumbaba en los oídos, los círculos de colores giraban, mis piernas flaqueaban, y pensé que me desplomaría al suelo. Pero Almudena se levantó, se acercó y apoyó su cabeza contra mi pecho. ¿Recuerdas esa película? susurró. ¡Cuánto tiempo he estado buscándote!

Esa es la historia, Santi. La llevé a Siberia, y resultó que ella también había recorrido las calles de ciudades, husmeando entre la gente, asistiendo a casi todos los conciertos, observando a los bateristas. Como yo, ella esperaba que, algún día, el destino los reuniera. Y ese día llegó. Me quedé sin cigarrillos en el tren y fui a buscarlos al vagón restaurante. Lo demás ya lo sabes.

Yo lo escuché todo de mi amigo de la academia, Andrés, el segundo día de su boda con Almudena. Estábamos en la cocina, los invitados se habían marchado, Almudena descansaba en su habitación. Nos habíamos cruzado por casualidad en una gira, unas semanas antes de la boda, y yo había sido invitado como testigo.

Así nació su romance ferroviario, y viven, aún hoy, entre notas y recuerdos. La vida sigue rodando, y quién sabe, quizá ahora mismo, en un compartimento de algún tren, se abra la puerta y se repita:

¿Libre?

Claro, ¿te ayudo con la maleta?

Gracias ¡Qué bochorno!

¿Abro la ventana?

Si puedes.

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