Un paso hacia el cambio

**Un Paso Hacia el Cambio**

La sala de facturación estaba iluminada, pero la luz parecía cansada: las lámparas del techo emitían un resplandor blanco y frío que no aportaba calidez. Tras los amplios ventanales, el cielo gris del final del invierno se extendía uniforme; en el cristal de la entrada, las huellas secas de la lluvia formaban arabescos borrosos. La cola serpenteaba entre las cintas divisorias, avanzando a trompicones. La gente miraba los paneles electrónicos y los relojes sobre los mostradores, impaciente pero resignada.

María se encontraba en mitad de esa fila, con una maleta pequeña y un bolso al hombro. Tenía cuarenta y cinco años, esa edad en la que el equilibrio es frágil: mucho quedaba atrás, y lo que venía era incierto. Siempre había tomado sus propias decisiones, aunque últimamente le costaban más. Hoy no viajaba por placer: la mudanza llevaba tiempo planeada, pero solo ahora había llegado el momento de dar el paso. En la nueva ciudad la esperaban un piso vacío y un contrato temporal; aquí dejaba calles conocidas y unos pocos rostros familiares.

La fila avanzaba a intervalos. Delante, un hombre discutía con la empleada por el equipaje; detrás, fragmentos de conversaciones sobre horarios y escalas. María revisó el móvil sin pensar: un mensaje de la inmobiliaria seguía sin leer desde hacía horas.

Detrás de ella, una mujer de unos sesenta años esperaba en silencio. Llevaba una chaqueta oscura abrochada hasta el cuello, una bufanda bien ajustada y un bolso de viaje con la etiqueta de la aerolínea. Su mirada iba de los paneles a los rostros de los demás viajeros, como buscando algo.

Los ojos de ambas se encontraron cuando la cola se detuvo de nuevo.

Disculpe ¿Va a Sevilla también? preguntó la mujer con voz suave, señalando el panel.

María bajó la vista al billete:

Sí, el vuelo 248, sale esta tarde. ¿Y usted?

El mismo. Nunca me acostumbro a estos trámites respondió la mujer, con una sonrisa tensa.

Quedaron en silencio. No hacía falta decir más entre dos desconocidas compartiendo la espera. A su alrededor, la gente murmuraba, ajustaba correas de maletas o hablaba por teléfono con tono quejumbroso. La mujer detrás de María se inclinó ligeramente:

Me llamo Carmen Perdone la molestia, es que estos aeropuertos me ponen nerviosa.

María esbozó una sonrisa:

No se preocupe Aquí todos estamos un poco perdidos.

El silencio que siguió no fue incómodo. Hubo un alivio en ese pequeño intercambio, en medio del anonimato del lugar.

La cola avanzó otro trecho; ambas dieron unos pasos, arrastrando sus pertenencias sobre la moqueta. Fuera, el atardecer se apresuraba, como si marzo quisiera cederle el paso a abril sin resistencia.

En el panel, su vuelo seguía marcado en amarillo, sin cambios. *Toca esperar*, pensó María, y las palabras se le escaparon:

Siempre me da miedo volar confesó Carmen, mirando por encima de las cabezas. Más hoy, con todo lo que implica.

María sintió el impulso de preguntar:

¿Le espera alguien allí?

Carmen asintió, desviando la mirada:

Mi hijo. Hace años que no nos vemos No sé cómo será el reencuentro. Siempre pensé que no debía entrometerme en su vida, pero aquí estoy. El corazón me late como si tuviera veinte años.

María la escuchó sin interrumpir. Dentro de ella resonaba algo similar: no miedo, sino la inquietud de lo desconocido. De pronto, se sintió capaz de compartir más de lo habitual:

Me mudo. También me da vértigo. Dejo atrás mi vida entera: costumbres, gente Ni siquiera sé si podré empezar de nuevo.

Carmen sonrió con ironía:

Ambas dejamos algo hoy. Usted, su pasado. Yo, quizá el orgullo. O el rencor.

María asintió. Entre ellas se tendió un hilo invisible, no de lástima, sino de reconocimiento mutuo.

Un anuncio por los altavoces informó de un retraso de veinte minutos. Un murmullo de quejas recorrió la sala. Carmen se ajustó la bufanda, como buscando valor:

Dudé mucho antes de venir. Mi hijo no escribía, y no sabía si me recibiría bien. A veces es más fácil no mover nada, que arriesgarse a otro rechazo.

María sintió el impulso de animarla:

A veces, el cambio es lo único que nos hace sentir vivos. Yo también temo fracasar, que todo sea en vano. Pero si no lo intento, solo me quedará el arrepentimiento.

Callaron un momento. El frío se filtraba en la sala; alguien se envolvió en una manta de viaje. Fuera, la noche había caído por completo.

Siempre creí que ser fuerte era no pedir ayuda dijo Carmen de pronto. Pero quizá la verdadera fuerza está en dar el primer paso, aunque dé miedo.

María la miró agradecida:

Yo temía parecer débil. Pero la debilidad hubiera sido quedarme quieta. Gracias por decirlo.

La fila adelgazaba, pero la tensión en el aire persistía, ahora teñida de cansancio. Entre ellas, el silencio era cómodo, como un puente. María apretó la correa de su bolso, sintiendo la aspereza del tejido bajo los dedos. Hablar de sus miedos en voz alta la había aliviado, como quitándose un peso.

Carmen miró el panel: su vuelo seguía sin cambios. Respiró hondo y sonrió a María, esta vez con sinceridad:

Gracias Por escuchar. A veces, un desconocido entiende más que nadie.

María asintió. Lo sabía demasiado bien. Un sonido metálico de maletas les recordó que el mundo seguía su curso.

Por fin, el altavoz anunció: *»Pasajeros del vuelo 248 con destino a Sevilla, preparados para embarcar por la puerta nueve»*. La sala se agitó: maletas, voces, prisas. María sintió un temblor en los dedos al coger su tarjeta de embarque, pero ya no era miedo, sino anticipación.

Carmen sacó el móvil. En la pantalla, un mensaje sin enviar a su hijo: *»Llego pronto»*. Dudó, luego añadió: *»Si quieres recibirme, estaré feliz de verte»*. Lo envió rápidamente, como si temiera arrepentirse. Su rostro se suavizó; a María le pareció incluso más joven.

La cola se movió hacia el control de seguridad. Entre el bullicio, Carmen murmuró:

¿Nos veremos allí?

María sonrió:

Sí. Por si acaso sacó un boli y un trozo de papel, aquí está mi número.

Carmen lo guardó en su móvil, luego la abrazó brevemente:

Gracias por esta tarde.

No hicieron falta más palabras. Al pasar el control, se separaron en la multitud, cada una con su equipaje y su alivio. María se detuvo junto a un ventanal. Más allá del cristal, las luces de la pista parpadeaban en la noche. Sacó el móvil y escribió a un amigo: *»Me voy»*, con un punto final, no puntos suspensivos. Luego confirmó su llegada con el casero.

Carmen cruzó la puerta de embarque, ajustándose la bufanda al viento. Su móvil vibró: un mensaje de su hijo. *»Te espero»*. Sin mirar atrás, avanzó por la pasarela, con una determinación nueva, frágil pero firme.

Atrás quedaba la sala, ahora casi vacía, el zumbido de las máquinas, el eco de los pasos. Ambas se fundieron entre los viajeros, llevando consigo ese instante de libertad que solo llega cuando se decide dejar atrás lo seguro.

**Lección aprendida:** A veces, el primer paso es el más difícil, pero es el único que nos saca del lugar donde ya no pertenecemos. El valor no está en no tener miedo, sino en seguir adelante a pesar de él.

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