**»Una Ruta Ajena: Descubre los Caminos Inexplorados de España»**

**Ruta Ajena**

Cuando la notificación de la multa apareció en la pantalla del móvil, Álvaro no entendió nada en un primer momento. Estaba sentado en la cocina, apoyando los codos en la mesa de plástico. En el piso ya caía el ocaso y, fuera, la última nieve se fundía en charcos irregulares sobre el asfalto. La rutina de siempre: revisar mensajes, ojear las noticias. Pero ahí estaba, un correo del servicio de coches compartidos. El asunto decía: «Multa por exceso de velocidad».

Al principio pensó que era un error. La última vez que había alquilado un coche fue a principios de mes, cuando fue al hipermercado de las afueras y cerró la sesión con cuidado en el app. Desde entonces, ni un viaje más: trabajaba desde casa y se movía a pie o en autobús. El abrigo, todavía húmedo del viento, colgaba junto a la puerta. Ni siquiera se había acercado a un coche.

Abrió la notificación y la leyó tres veces. La multa era para él, con fecha y hora de la noche anterior. En el correo aparecían la matrícula del vehículo y un tramo de carretera cerca de la estación de tren, un sitio donde no había puesto los pies en semanas.

La sospecha se convirtió en irritación. Abrió la app enseguida. La pantalla parpadeó con el logo de la empresa y cargó con lentitud la conexión en casa siempre iba regular por las tardes. El historial mostraba un alquiler justo la noche anterior: empezó poco después de las ocho y terminó cuarenta minutos después, al otro lado de la ciudad.

Álvaro revisó los detalles: la hora coincidía con la cena frente al televisor, cuando recordaba perfectamente las noticias sobre una feria internacional de tecnología. Pulsó «Más información» y el trayecto apareció sobre el mapa urbano, calles familiares desfilando en gris bajo la línea roja del recorrido.

Las ideas saltaban de una posibilidad a otra: ¿un fallo del sistema? ¿Alguien había accedido a su cuenta? Pero la contraseña era compleja y el móvil siempre estaba con él o cargando en la mesilla.

Volvió al correo y vio el enlace estándar para recurrir la multa el soporte técnico prometía resolver en cuarenta y ocho horas si aportabas pruebas de tu inocencia.

Los dedos le temblaban de rabia. Escribió un mensaje rápido en el chat de soporte:

«Buenas noches. He recibido una multa por exceso de velocidad en el alquiler nº, pero anoche no cogí ningún coche y estuve en casa. Por favor, revisen si hay algún error».

La respuesta fue automática: «Hemos registrado su consulta. Espere mientras verificamos los datos del viaje».

Se quedó pensando: si nadie resolvía, acabaría pagando él. La responsabilidad recaía en el titular de la cuenta, según las condiciones del servicio. Lo recordaba de la última actualización de la app.

En la habitación de al lado crujió una tabla del suelo. Hacía una semana que habían apagado la calefacción por el calor diurno, pero por las noches el piso aún no se calentaba del todo, incluso con las ventanas cerradas. Álvaro escuchó el sonido mecánicamente: el ruido del frigorífico mezclado con voces lejanas en el portal.

La espera se hizo eterna. Para distraerse, revisó de nuevo el historial y encontró algo raro: el alquiler había terminado casi solo, sin fotos del interior del coche normalmente la app exigía imágenes para el informe.

Creía en él una sensación de impotencia frente al algoritmo: ni un solo contacto humano en el servicio de atención al cliente, solo formularios y respuestas automatizadas.

Empezó a apuntar detalles en un papel: la hora del alquiler coincidía con las noticias de la tele; el punto de partida era un centro comercial a tres paradas de su casa.

Se le ocurrió llamar a un amigo abogado de su antiguo trabajo, que una vez le había contado lo difícil que era impugnar multas sin pruebas claras de error técnico o fraude. Pero primero quería reunir todos los detalles para enfrentarse al soporte o, si hacía falta, a la policía.

Al día siguiente, Álvaro se despertó temprano la inquietud no le había dejado dormir bien. Lo primero fue revisar el correo y el chat: ni rastro de novedades, el estado seguía siendo «en revisión».

Decidió acelerar el proceso. Volvió al historial, anotó la hora exacta del alquiler y la comparó con su agenda de la noche anterior: en el banco móvil había operaciones de la cena sobre las siete, y luego mensajes en el chat del trabajo entre las ocho y media y las nueve justo cuando supuestamente estaba conduciendo.

Hizo capturas de pantalla el trayecto, la hora del alquiler, las transacciones y las envió de nuevo al soporte.

La espera era más llevadera, pero ahora se sentía como si estuviera investigándose a sí mismo: cada detalle podía ser clave para demostrar su inocencia.

Fuera, el ocaso volvía a caer. Las farillas se reflejaban en los charcos del asfalto; alguien pasó rápido junto al portal, el aliento visible en el aire aún frío.

A las ocho, el soporte respondió: «Gracias por su consulta. Hemos recibido su solicitud Para agilizar el proceso, le recomendamos presentar una denuncia en la policía y enviarnos copia».

Era un nuevo nivel de burocracia: ahora tendría que demostrar su inocencia ante las autoridades.

Esa misma noche, Álvaro fue a la comisaría más cercana. No había mucha cola. El agente de guardia escuchó su explicación y le ayudó a redactar una denuncia por uso fraudulento de su cuenta. Aceptaron la copia junto con las capturas de pantalla.

De vuelta en casa, Álvaro encendió el portátil y subió los documentos de la denuncia y el historial de mensajes con el soporte.

El último paso era el más difícil: descubrir quién había usado su cuenta.

A la mañana siguiente, la seguridad del servicio de coches compartidos contactó por fin en persona un gestor le ofreció ver la grabación del inicio del alquiler.

El vídeo se abrió en la app. Una cámara de seguridad cerca del centro comercial captó a un hombre de estatura media, que se acercó al coche, lo desbloqueó con el móvil, se subió y ajustó la capucha. El rostro no se veía, pero una cosa estaba clara: no era Álvaro.

La mañana comenzó sin ansiedad, pero con cansancio. Fuera, el cristal de la ventana estaba empañado el aire húmedo del cambio de estación se resistía a irse. Limpió el vaho sin pensar, escuchando el ruido sordo de la ciudad: el asfalto manchado de charcos, los coches chapoteando. No había notificaciones nuevas. Revisó el correo y el chat nada de la policía ni del soporte.

Volvió a leer los mensajes: había enviado la grabación y la denuncia la noche anterior. Seguridad prometió revisar el caso con todos los documentos. Solo quedaba esperar.

Sobre el mediodía llegó un correo breve: «Hemos recibido sus documentos. Espere la resolución antes de fin de día». Álvaro notó que cada frase sonaba demasiado impersonal. Repasó mentalmente la imagen del hombre de la capucha abriendo el coche.

El tiempo pasaba lento. Intentó trabajar responder correos, revisar informes, pero la cabeza volvía una y otra vez al alquiler sospechoso. La copia de la denuncia estaba junto al teclado, con las capturas impresas apiladas al lado del móvil.

A las dos llegó la notificación: «Buenas tardes. Tras revisar su caso, anulamos la multa al confirmarse el acceso no autorizado a su cuenta. Les agradecemos su colaboración». Adjuntaban una guía de seguridad digital.

Álvaro lo leyó dos veces; la tensión se esfumaba poco a poco, como después de una larga enfermedad. Abrió la app el viaje conflictivo había desaparecido, el estado ahora decía «resuelto».

Casi al instante, sonó el teléfono. Era el soporte:

Gracias de nuevo por su diligencia Le recomendamos activar la autenticación en dos pasos para su cuenta. Le enviaremos instrucciones.

Álvaro dio las gracias:

Espero que no vuelva a pasar Lo haré hoy mismo.

Colgó y fue directo a los ajustes de la app. Activar la doble verificación le llevó unos minutos: contraseña nueva más larga, código SMS al momento. La app confirmó los cambios con una notificación.

El alivio se mezclaba con el enfado residual: el problema estaba resuelto, pero cualquier despiste podía dejarlo vulnerable otra vez ante extraños y algoritmos.

Esa tarde quedó con dos compañeros en un café cerca de la oficina rara vez se veían en persona.

Por poco pago una multa por un viaje que no hice les contó Álvaro entre sorbo y sorbo. Menos mal que había cámaras. Ahora solo entro con contraseña y verificación.

Uno de ellos se sorprendió:

No me lo había planteado Tendré que revisar mis configuraciones.

En la conversación flotó una inquietud sutil; ya nadie daba por sentado lo digital.

De vuelta a casa, la lluvia fina le acompañó. Las farillas dibujaban reflejos amarillos en el asfalto mojado del patio. El portal estaba fresco y silencioso; al entrar, Álvaro revisó el móvil otra vez ninguna alerta nueva.

Más tarde, se quedó un rato junto a la ventana de la cocina. Ahora pensaba en lo ocurrido de otra manera: menos miedo al error técnico o la mala fe, más precaución ante su propia confianza en el mundo virtual.

Al día siguiente, reenvió la guía de seguridad a unos cuantos contactos con un mensaje breve:

«Por si acaso, mejor prevenir».

Dos respondieron al momento: uno preguntó cómo impugnar multas, el otro dio las gracias por el consejo de la doble autenticación.

La semana terminó tranquila: el trabajo volvió a la normalidad, la app no envió más alertas extrañas. Pero cada noche, antes de apagar el móvil, Álvaro revisaba los ajustes de seguridad por costumbre, igual que revisaba la puerta al salir. Una rutina más en el otoño que avanzaba.

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