**Ruta Ajena**
Cuando la notificación de la multa apareció en la pantalla del móvil, Jaime no entendió al principio qué ocurría. Estaba sentado en la cocina, los codos apoyados sobre el plástico de la mesa. El crepúsculo se filtraba por los cristales, y fuera, los últimos restos de nieve se fundían en manchas irregulares sobre el asfalto. Rutina vespertina: revisar mensajes, ojear las noticias. Pero aquel correo del servicio de coches compartidos lo cambió todo. El asunto decía: «Multa por exceso de velocidad».
Al principio, Jaime pensó en un error. La última vez que había alquilado un coche fue a principios de mes, para ir al hipermercado en las afueras. Desde entonces, ni lo había tocado: trabajaba desde casa y se movía a pie o en autobús. El abrigo, aún húmedo del aire frío, colgaba junto a la puerta.
Abrió la notificación y la leyó tres veces. La multa era suya, con fecha de la noche anterior. Aparecían la matrícula del vehículo y un tramo cercano a la estación de tren, un lugar donde no había puesto un pie en semanas.
La sospecha dio paso al enfado. Abrió la aplicación del servicio. El logo parpadeó, lento por la conexión inestable. El historial mostraba un viaje la noche previa: cuarenta minutos, desde un centro comercial hasta el otro extremo de la ciudad.
Jaime revisó los detalles. La hora coincidía con la cena frente al televisor, recordando incluso el reportaje sobre la feria de tecnología. Al pulsar «Más info», el mapa desplegó una ruta gris sobre calles conocidas.
Saltó de una teoría a otra: ¿un fallo del sistema? ¿Alguien había accedido a su cuenta? Pero la contraseña era compleja, y el móvil siempre estaba con él o cargando junto a la cama.
En el correo, un enlace estándar para apelar la multa. La asistencia prometía resolverlo en cuarenta y ocho horas si aportaba pruebas.
Los dedos le temblaban levemente. Escribió un mensaje al soporte:
«Buenas noches. He recibido una multa por exceso de velocidad en un alquiler que no hice. Estuve en casa. Por favor, revisen».
La respuesta fue automática: «Hemos registrado su consulta. Espere la verificación».
Pensó en lo peor: si nadie lo resolvía, pagaría él. Las normas del servicio lo dejaban claro.
En el salón, crujió una tabla del suelo. La calefacción, apagada hacía días, dejaba el piso frío. Los sonidos habituales el ruido del frigorífico, voces lejanas en el portal se mezclaban en la penumbra.
La espera se hizo eterna. Revisó de nuevo el historial: el viaje había terminado sin las fotos obligatorias del interior. Algo raro.
La impotencia crecía. Sin contacto humano, solo respuestas prefabricadas.
Anotó los detalles en un papel: la hora del viaje coincidía con las noticias; el inicio, cerca de un centro comercial a tres paradas de su casa.
Se le ocurrió llamar a un abogado conocido, pero prefirió recabar más pruebas primero.
Al día siguiente, el soporte seguía en silencio. Revisó sus movimientos bancarios: pagos de cena y mensajes de trabajo durante la supuesta conducción. Hizo capturas y las envió.
La espera era más llevadera, pero se sentía en un juicio contra sí mismo.
Al anochecer, llegó la respuesta: «Contacte con la policía y envíenos el informe».
Burocracia.
Esa misma tarde, fue a la comisaría. El agente tomó su declaración y una copia de las pruebas.
De vuelta en casa, subió los documentos a la plataforma.
A la mañana siguiente, el departamento de seguridad del servicio se puso en contacto. Le mostraron un vídeo: alguien con capucha, de estatura media, abría el coche con un móvil. No era Jaime.
El alivio llegó con un correo: «Multa anulada. Gracias por su colaboración».
Una llamada confirmó los cambios: «Active la autenticación en dos pasos».
Jaime lo hizo al instante.
Esa noche, en un bar con compañeros, contó lo sucedido.
Casi pago por otro. Menos mal que había cámaras dijo, bebiendo un café.
Uno de ellos frunció el ceño:
Habrá que revisar mis ajustes
De vuelta a casa, la lluvia fina brillaba bajo las farolas. Revisó el móvil: nada nuevo.
Al día siguiente, compartió las recomendaciones de seguridad con amigos.
Mejor prevenir escribió.
La semana terminó sin más incidentes. Pero cada noche, Jaime revisaba su cuenta, una nueva rutina en la quietud del otoño.







