Mira, te cuento esto… El hijo, que veía a su madre como una carga, la llevó a la residencia más barata que encontró. «¿Apellido de soltera?»… Ana María Rodríguez giró lentamente la cabeza y lo miró fijamente a los ojos. «No lo hagas, Javier», susurró con voz clara pero cansada. «No mientas, al menos ahora no». Su mirada, sin rastro de reproche, solo llena de un dolor infinito, hizo que Javier sintiera ganas de salir corriendo del coche y no mirar atrás.
De pronto, comprendió que estaba cometiendo el peor error de su vida. Uno que quizá nunca podría enmendar. Pero el taxi ya doblaba hacia las rejas grises con un letrero descascarado, y no había vuelta atrás. El coche se detuvo frente a un edificio de ladrillo desgastado, rodeado de árboles raquíticos.
El cartel de «Residencia La Esperanza» estaba escrito con letras oficiales, bajo las cuales asomaba el óxido. Aquel lugar parecía más un cementerio de almas que un refugio. Javier pagó al taxista sin mirarlo y ayudó a su madre a salir. Su mano en la suya era fría y casi sin peso, como la pata de un pájaro.
El aire aquí era distinto, nada urbano. Olía a humedad, hojas podridas y algo más, algo que apestaba a decadencia. Desde una ventana entreabierta se escuchaba una televisión y una tos anciana. Ana María se detuvo, observando el paisaje desolado. No había miedo en su rostro, solo una curiosidad distante, como si estuviera visitando un lugar incómodo pero inevitable.
«Dicen que este libro cambiará tu forma de ganar dinero en bolsa»
«¡Siete veces más potente que el Viagra! ¡Disponible en farmacias de Madrid!»
«Reumatólogo advierte: ¡Deja de comer esto si tienes artritis!»
«Bueno, aquí estamos», dijo Javier con falsa energía, cogiendo su bolso. «Vamos, nos esperan». Dentro, un pasillo iluminado con luz amarillenta los recibió. Las paredes, pintadas de un verde institucional, estaban agrietadas. El suelo, cubierto de linóleo gastado, crujía con cada paso. El aire olía a lejía, comida barata y vejez.
En un sofá desvencijado, dos ancianas en batas idénticas miraban al vacío. Una de ellas giró la cabeza lentamente y esbozó una sonrisa desdentada que heló la sangre. Javier sintió un escalofrío. Quería agarrar a su madre y marcharse de allí, llevársela a su piso antiguo o incluso a su casa a medio terminar. Pero entonces imaginó el rostro de Lucía, sus ojos fríos y su voz cortante: «Otra vez flaqueas, Javi. Sabía que no se podía confiar en ti».
Y siguió avanzando.
De niño, imaginaba el infierno como ríos de fuego y calderos de azufre. Pero ahora entendía que el verdadero infierno huele a lejía, está pintado de verde y guarda un silencio desgarrador.
Un recuerdo lo asaltó: tenía siete años. Él y su hermano Álvaro construían una cabaña en el jardín. Javier se cortó un dedo, llorando de dolor y miedo. Álvaro, tres años mayor, le examinó la herida, la limpió con agua y le puso una hoja de llantén. «No llores, enano», dijo con voz ronca. «Siempre estaré aquí para protegerte. Siempre.»
¿Dónde estás ahora, Álvaro?
La pregunta fue tan vívida que lo sobresaltó. No pensaba en su hermano desde hacía años. Su muerte en el ejército había sido una tragedia para la familia, pero Javier, en sus momentos más cínicos, lo había visto como una liberación. Ya no había comparaciones, ya no estaba a la sombra del hermano mayor, el inteligente, el fuerte, el que su madre prefería.
«Vayan a ver a la directora», dijo una voz femenina. Detrás del mostrador, una joven en bata blanca los miró. «Está ocupada. Pueden esperar o dejar los documentos con la enfermera».
«María José, atiende a la nueva», añadió.
Una mujer de mediana edad apareció en la puerta. Cansada pero de rasgos amables, pelo corto, ojos castaños. Su uniforme estaba impecable, un contraste con el resto del lugar. «Pasen», dijo, mirando a Ana María con compasión profesional antes de posar su mirada en Javier. No había reproche en sus ojos, solo una tristeza callada.
La oficina era pequeña pero sorprendentemente acogedora. Una maceta con geranios, un calendario de gatitos en la pared. Un oasis en medio de la desolación.
«Siéntense», indicó María José. «Soy la enfermera de su madre». Ana María obedeció, colocando su bolso en las rodillas. Javier se apoyó en el marco de la puerta, sintiéndose fuera de lugar.
«Los documentos, por favor».
Javier entregó la carpeta con el DNI de su madre, informes médicos y el ingreso. María José comenzó a rellenar la ficha: fecha de nacimiento, grupo sanguíneo, alergias… Respondía por ella, que parecía ausente.
De pronto, la enfermera se dirigió directamente a Ana María, suavizando la voz: «No se preocupe, aquí la cuidaremos bien. Nadie la hará daño».
Ana María la miró, y por primera vez hubo un atisbo de gratitud en sus ojos.
Javier sintió un pellizco de celos. ¿Cómo esta desconocida lograba conectar con su madre en minutos, cuando él, su hijo, no había recibido ni una palabra en todo el trayecto?
«Ya casi está», dijo María José, pasando página. «Estado civil: viuda. Hijos…» Miró a Javier. «Un hijo: Javier Méndez López. ¿Correcto?»
«Así es», murmuró él.
Ella siguió escribiendo, su letra pulcra y elegante. Javier observó sus manos cuidadas y pensó que esa mujer merecía algo mejor que ese lugar.
Entonces María José alzó la vista. Su mirada se detuvo en Ana María con una curiosidad intensa, casi incómoda. Javier supuso que era parte de su trabajo, buscar señales en los pacientes.
Pero no imaginó que la siguiente pregunta lo dejaría hecho añicos.
«Último dato», dijo la enfermera, con voz extrañamente opaca. «Apellido de soltera. Para el archivo».
La pregunta hizo estremecer a Ana María. Bajó la vista, sus dedos temblorosos jugueteando con el cierre del bolso. Javier suspiró, impaciente.
«Mamá, contesta. «Rodríguez», dijo Ana María, sin levantar la vista.
María José anotó el nombre con calma, su bolígrafo deslizándose sobre el papel como si nada. Luego, muy despacio, alzó los ojos hacia Javier.
«Pero el apellido que figura aquí… es Méndez», dijo, señalando el documento con la mirada. «¿Está seguro de que este es su hijo?»
Nadie habló. El reloj sobre la pared marcaba los segundos con lentitud agonizante.
Ana María cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla, silenciosa, antigua.
Y Javier, por primera vez en años, sintió que no conocía a su madre. Ni a sí mismo.






