El Umbral del Verano

Yo, Javier, recuerdo aquella tarde de verano en la que Ana estaba sentada junto a la ventana de la cocina de nuestro piso en el centro de Madrid, mirando cómo el sol poniente se deslizaba sobre el asfalto aún húmedo del patio interior. La lluvia reciente había dejado manchas turbias en el cristal, pero no teníamos ganas de abrir la ventana: el aire dentro estaba tibio y cargado de polvo, mezclado con los ecos de la calle. A sus cuarenta y cuatro años, la conversación en casa solía girar en torno a los nietos, no a la posibilidad de ser madre. Sin embargo, después de años de dudas y esperanzas contenidas, Ana decidió finalmente hablar en serio con el médico sobre la fecundación in vitro.

Yo coloqué una taza de té sobre la mesa y me senté a su lado. Ya estaba acostumbrado a sus frases medidas, a la forma en que escogía las palabras para no tocar mis temores ocultos. «¿De verdad estás lista?», pregunté cuando Ana pronunció en voz alta la idea de un embarazo tardío. Ella asintió, no de inmediato, sino tras una breve pausa que reunió todos sus fracasos pasados y miedos no dichos. Yo no objeté; le tomé la mano en silencio y sentí que también yo temía.

En nuestro hogar también vivía mi madre, una mujer de reglas férreas para quien el orden superaba cualquier deseo personal. En la cena familiar, ella guardó silencio y luego soltó: «A tu edad ya no se arriesga con esas cosas». Esa frase se quedó como una carga pesada entre nosotras y volvió a resonar en la intimidad del dormitorio.

Mi hermana Marta, que vive en Valencia, llamaba con menos frecuencia y se limitó a decir: «Tú sabes mejor». Sólo nuestra sobrina Lucía nos mandó un mensaje: «¡Tía Ana, qué fuerte! ¡Eres una valiente!». Ese breve reconocimiento caló más que cualquier consejo de los mayores.

La primera visita a la clínica del Hospital Universitario La Paz transcurrió entre pasillos largos con paredes desconchadas y un olor a cloro. El verano apenas había empezado y la luz de la tarde era suave, incluso mientras esperábamos en la sala del reproductor. La doctora revisó con detenimiento la historia clínica de Ana y preguntó: «¿Por qué decides ahora?». Esa interrogante se repitió en varios momentos: la enfermera al tomar los análisis, una vecina del patio al pasar.

Ana respondía de forma distinta cada vez. A veces decía: «Porque hay una oportunidad». Otras, se encogía de hombros o sonreía de forma torpe. Detrás de esa decisión había un largo camino de soledad y de intentos de convencerse de que no era demasiado tarde. Llenó formularios, se sometió a pruebas adicionales; los médicos no ocultaban su escepticismo, pues la edad rara vez se traduce en buenas estadísticas.

En casa todo seguía su curso. Yo trataba de estar presente en cada fase del tratamiento, aunque también me revolvía de nervios. Mi madre se ponía especialmente irritable antes de cada cita y aconsejaba no alimentar falsas esperanzas, aunque a veces traía frutas o té sin azúcar al cenar, mostrando su preocupación de manera silenciosa.

Las primeras semanas de gestación se vivieron bajo un frágil caparazón de cristal. Cada día estaba cargado de miedo a perder ese delicado inicio. La doctora vigilaba a Ana con especial rigor: casi cada semana teníamos que entregar análisis o esperar una ecografía en largas colas entre mujeres más jóvenes.

En la clínica la enfermera se fijaba un momento más en la fecha de nacimiento de Ana que en cualquier otro dato. Las conversaciones giraban inevitablemente alrededor de la edad: una desconocida exhaló al pasar: «¿No te asusta?». Ana no respondía; dentro de ella crecía una terquedad cansada.

Las complicaciones llegaron de repente: una noche sintió un dolor agudo y llamó a la ambulancia. La sala de patología era sofocante, la ventana rara vez se abría por el calor y los mosquitos. El personal sanitario nos recibió con cautela, susurrando entre dientes los riesgos ligados a la edad.

Los médicos fueron secos: «Vamos a observar», «Estos casos requieren control estricto». Una joven obstetra se atrevió a decir: «Ya debería estar descansando y leyendo», pero al instante volteó la mirada a la paciente de al lado.

Los días se alargaban en la espera de resultados; las noches se llenaban de breves llamadas a mí y de mensajes escasos de Marta con consejos de cautela. Mi madre aparecía de vez en cuando, pues le costaba ver a su hija indefensa.

Las consultas con los médicos se volvieron más complejas: cada nuevo síntoma desencadenaba más pruebas o la recomendación de otra hospitalización. Un día surgió un conflicto con la cuñada de mi hermano sobre si debía continuar el embarazo con esas complicaciones. Yo, sin pensarlo mucho, dije: «Es nuestra decisión».

Los pasillos del hospital eran bochornosos en verano; fuera de las ventanas los árboles susurraban en plena hoja, y se escuchaban voces de niños del patio. Ana a veces se perdía en recuerdos de cuando ella misma era más joven que esas mujeres, cuando esperar un hijo no estaba acompañado de temores ni miradas ajenas.

Al acercarse el parto, la tensión aumentaba; cada movimiento del bebé se sentía como un pequeño milagro o a la vez como una señal de peligro. El móvil estaba siempre al alcance de la mano; yo enviaba mensajes de ánimo cada hora.

El parto comenzó prematuramente, al anochecer. La larga espera dio paso a la prisa del personal y a la sensación de que todo se escapaba de nuestro control. Los médicos hablaban rápido y claro; yo esperé fuera del quirófano y rezaba tan desesperado como en los exámenes finales de la universidad.

Ana apenas recuerda el instante del nacimiento; solo quedan los gritos, el olor acre a medicamentos y la toalla húmeda en la puerta. El recién nacido llegó débil; los médicos lo trasladaron de inmediato para exámenes, sin decirnos más.

Cuando quedó claro que el bebé sería ingresado en la unidad de cuidados intensivos y conectado a un respirador, el miedo inundó a Ana con una fuerza tal que apenas pudo marcarme. La noche parecía interminable; la ventana estaba abierta de par en par, el aire cálido recordándole el verano fuera del hospital, pero sin consolar.

A lo lejos, se oía la sirena de la ambulancia; los árboles bajo la luz del farol del parque urbano se perfilaban como sombras difusas. En ese momento, Ana se permitió admitir a sí misma que no había vuelta atrás.

La mañana siguiente no trajo alivio, sino más espera. Ana abrió los ojos en la habitación sofocante, donde la brisa cálida agitaba la cortina. Afuera el día despuntaba y entre las ramas caía polvo de polen que se pegaba al cristal. En el pasillo ya se oían pasos cansados, pero familiares. Ana ya no se sentía parte de ese mundo; su cuerpo flaqueaba, pero su pensamiento sólo giraba en torno al hijo que, tras la mampara, respiraba con ayuda del aparato.

Yo llegué temprano, entré en silencio y me senté a su lado, tomando su mano con delicadeza. Mi voz temblaba de falta de sueño: «Los médicos dicen que por ahora no hay cambios». Mi madre también llamó tras el amanecer; en su tono no había reproches, solo una pregunta cautelosa: «¿Cómo lo llevas?». Respondí con sinceridad: «A duras penas, pero sigo aquí».

El día se medía por la llegada de noticias. Las enfermeras entraban escasamente; su mirada, breve, mostraba un leve consuelo. Yo trataba de hablar de cosas cotidianas, recordando veranos en la sierra o las travesuras de Lucía, pero las conversaciones se apagaban ante la incertidumbre.

Al mediodía apareció el médico de la UCI, un hombre de mediana edad con barba recortada y ojos cansados. Habló bajo: «El estado es estable, la evolución es positiva pero no apresurémonos a conclusiones». Aquellas palabras fueron para Ana como el primer respiro profundo del día. Yo me enderezé en la silla; mi madre sollozó de alivio por teléfono.

En ese momento, los familiares dejaron de discutir y se unieron: Marta envió una foto de unas patitas de bebé desde Valencia, Lucía mandó un extenso mensaje de apoyo y, sorprendentemente, mi madre me escribió: «Estoy orgullosa de ti». Al principio esas palabras sonaban extrañas, como si no fueran para ella.

Ana se permitió relajarse un poco. Observó la franja luminosa que entraba por la ventana y se extendía sobre el albornigo hasta la puerta. Todo giraba alrededor de la espera: gente en el pasillo aguardaba para ver al médico o los resultados, en salas contiguas se comentaba el clima o el menú de la cantina. La espera, allí, era el hilo invisible que mantenía unido el miedo y la esperanza.

Más tarde, traje una camisa recién planchada y el pastel casero que mi madre había preparado. Comimos en silencio; el sabor apenas se percibía bajo la tensión de los últimos días. Cuando sonó el timbre de la UCI, Ana apoyó el móvil sobre sus piernas con ambas manos, como si pudiera calentarla más que la manta.

El médico volvió a informar con cautela: los indicadores mejoran poco a poco, el bebé empieza a respirar con más autonomía. Esa noticia hizo que incluso yo esbozara una sonrisa tenue, sin la habitual preocupación en los ojos.

El día transcurrió entre llamadas del personal y breves charlas familiares. La ventana siguió abierta, dejando entrar el perfume de la hierba recién cortada del patio del hospital y el lejano repique de platos en la cafetería del primer piso.

Al caer la noche del segundo día, el médico llegó más tarde de lo usual; sus pasos resonaron en el corredor antes de que se escuchara la puerta abrirse. Dijo simplemente: «Podemos dar de alta al niño de la UCI». Ana escuchó esas palabras como si fueran agua; al principio no las creyó del todo. Yo me levanté de un salto y le estreché la mano con fuerza casi dolorosa.

La enfermera nos acompañó al área de madres con hijos recién dados de alta; allí el aroma era a esterilidad y a fórmula para bebés. Sacaron a nuestro hijo del cuna de la UCI; el respirador había sido desconectado hacía horas, y ahora el pequeño respiraba por sí mismo.

Al verlo sin tubos, sin cintas, sentí una ola de felicidad frágil mezclada con el temor de tocar su diminuta mano demasiado brusco. Cuando lo pusieron en mis brazos, era tan liviano que casi flotaba; sus ojos apenas se entreabrían, cansados de luchar por la vida. Yo me incliné y susurré: «Mira». Mi voz temblaba, ya no por miedo, sino por una ternura recién descubierta, mezcla de asombro y desconcierto ante el milagro de la existencia.

Las enfermeras sonreían, sus miradas se suavizaban, alejándose del escepticismo que habían mostrado antes. Una mujer en la habitación, de voz baja, les dijo al otro lado: «Ánimo, ahora todo irá bien». Esas palabras dejaron de ser meras formalidades y cobraron peso real entre las sábanas esterilizadas del hospital de verano bajo los árboles del patio.

En las horas siguientes, la familia se juntó más estrecha que nunca. Yo sostenía al hijo contra el pecho de Ana más tiempo del que había pasado en toda nuestra vida de casados; mi madre llegó en coche de la línea 101, a pesar de su afán por el orden, para ver a su hija tranquila por fin; Marta llamaba cada media hora para preguntar cualquier detalle, incluso la longitud del sueño del bebé o el suspiro entre tomas.

Ana percibía una fuerza interior de la que sólo había oído hablar en sesiones de terapia o en artículos sobre maternidad tardía. Ahora esa fuerza la llenaba de verdad, al rozar la cabeza del hijo con la palma o al ver la mirada de mi hermano a través del estrecho paso entre las camas de la sala de postparto.

Unos días después, nos permitieron salir al patio del hospital todos juntos. Entre los aleros de los tilos, bajo el sol de mediodía, pasaban madres más jóvenes con sus niños, riendo, llorando, viviendo su día a día sin saber nada de nuestras pruebas y temores que, hasta hacía poco, parecían fortaleza inexpugnable.

Yo me quedé en la banca, con el hijo en mis brazos, apoyado contra el hombro de mi esposa. Sentía que ahora éramos el pilar de los tres y, tal vez, de toda la familia. El miedo había cedido paso a una alegría ganada con esfuerzo, y la soledad se disolvió en el respirar compartido, calentado por el viento de julio que se colaba por la ventana abierta del hospital.

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