12 de octubre de 2024
Hoy, mientras la lluvia golpeaba el tejado de la casa de mi abuela María en el pueblo de Valdepeñas, escuché su voz rasgada al bajar de la cama: «Hay que dar a luz cuanto antes», refunfuñó, arrastrando los pies sobre el colchón. María ya lleva 87 años sobre sus hombros y, aunque a veces se le escapan los recuerdos, el pequeño Víctor y la niña Alondrami nieta de cinco añosle van recordando la vida con la insistencia de quien no quiere perder la costura.
«Si te quedas con el calcetín azul, acabarás pensando en los viejos tiempos cuando ya sea tarde», le dice Víctor, sacudiendo la caña que lleva siempre colgada. La abuela, cansada, dejó de levantarse, se quitó la bata de peor humor y empezó a gruñir contra todos en la casa: «¿Qué, que los escorpiones les deje dormir hasta la hora del almuerzo?». A la mitad de la séptima de la mañana los cacerones en la cocina retumbaban como tambores de guerra y el resto del clan se puso alerta.
«Abuela», preguntó Alondra con la curiosidad de los niños, «¿por qué ya no nos sueltas los improperios?». La anciana exhaló con dificultad: «Se acerca el momento, niña, el momento». No sé si esas palabras brotaron de una melancolía por la vida que se escapa o de la esperanza de algo más allá del caldo que ya no saben preparar.
Alondra corrió a la cocina, donde la familia se había reunido. «¡El marmotillo de la abuela ha muerto!», anunció, como quien trae noticia de una batalla ganada. Víctor, el mayor y siempre atento, arqueó unas cejas pobladas como las de un cuervo de los cuentos de la infancia y replicó: «¿Qué marmotillo?». Alondra, con los hombros encogidos, contestó que no tenía idea; nunca la abuela le había mostrado semejante criatura.
Al día siguiente llegó el médico, un hombre de mirada serena y palabras mesuradas. «La señora María no se siente bien», diagnosticó, mientras Víctor se tambaleaba y hacía gestos con los dedos, como quien intenta ahuyentar un mal augurio. El médico, tras observar a la esposa de VíctorCarmen, ya abuela a su vezdijo con tono definitivo: «Es cuestión de la edad, pero no percibo alteraciones graves. ¿Cuáles son los síntomas?». Carmen, con la voz quebrada, explicó: «Ha dejado de indicarme cuándo preparar la comida. Siempre me decía que mis manos no servían, y ahora ni siquiera entra a la cocina». En esa reunión familiar se concluyó que aquello era una señal alarmante.
Agotados por la preocupación, todos se tiraron en los sofás como si el sueño pudiera engullir los temores. En medio de la noche, Víctor se despertó por el crujido familiar de las zapatillas sobre el suelo. Sin la urgencia de antes, preguntó en voz baja: «¿Mamá?». Una respuesta áspera surgió de la oscuridad: «¿Qué pasa?». Víctor, aún medio dormido, replicó: «¿Te vas al baño?». María, con la voz que ya no tiene la fuerza de antes, respondió desde el pasillo: «Pues, mientras ustedes duermen, me escapo a una cita con Misha, el vecino. ¿Qué más da?». Se encendió la luz de la cocina, el hervidor cantó y ella se sentó al borde de la mesa, cubriéndose la cabeza con las manos.
«¿Tienes hambre?», preguntó María, mientras Víctor la miraba perplejo. Ella empezó a relatar: «Llevo cinco días encerrada en mi habitación y, de pronto, una paloma chocó contra la ventana¡bang!». Pensó que era un presagio de muerte, pero decidió no dejar que la superstición la consumiera. «Me levanto ahora, aunque sea a medianoche, y pienso en el fuego de la vida que aún quema bajo las sábanas», dijo, pidiendo un té más fuerte.
Víctor, cansado, se acomodó en la cama alrededor de la quinta de la madrugada, mientras María se quedaba en la cocina, preparando el desayuno a su modouna tarea que solo ella sabía hacer. No había otra forma; esas manos temblorosas todavía podían servir una tostada con mantequilla y una taza de café a quien la necesitara.
Al cerrar los ojos, comprendí que la vejez no es solo una cuenta regresiva, sino una oportunidad para aferrarse a los pequeños rituales que nos mantienen humanos. La lección que me dejo este día es que, aunque el cuerpo se desgaste, el corazón debe seguir latiendo con la misma intensidad, y que el cariño familiar es el mejor remedio contra la sombra del olvido.







