Lidia lleva varios años viviendo sola en una casita de campo en los límites de un pueblo de la provincia de Soria. Cuando alguien le dice que está sola, ella suelta una carcajada y contesta: «¡Claro que no! Tengo una familia enorme». Los vecinos del pueblo asienten con una sonrisa, pero a sus espaldas se miran entre sí, girando el dedo al tiempo que murmuran que la ancianita está un poco loca, que su familia es sólo ella y sus animales Esa «familia» es, para Lidia, todo su rebaño.
A ella no le importan los juicios de la gente del pueblo, que piensan que, si vas a tener animales, al menos deberías quedarte con una vaca, una gallina, un perro guardian y una gata que cace ratones. Lidia cuenta con cinco gatos y cuatro perros, y todos ellos duermen dentro de la casa, no en el patio, como suele decir la gente. Los vecinos se limitan a comentar, porque saben que discutir con ella es inútil; ella solo responde con una risa: «¡Dejad de hablar de la calle! En casa está todo perfecto, los cuatro y los cinco vivimos juntos».
Hace cinco años, Lidia pierde a su marido, Juan, y a su hijo, Pedro, en el mismo día. Volvían de una jornada de pesca cuando, en la autopista, un camión cargado se salió de su carril y los atropelló. Aún aturdida, Lidia se da cuenta de que ya no puede seguir viviendo en el apartamento donde cada rincón le recuerda a sus seres queridos, ni caminar por las mismas calles y tiendas donde la miran con lástima.
Seis meses después vende el piso y, acompañada por su gata Misu, se traslada a una pequeña aldea, adquiriendo una casa en el borde del pueblo. En verano se ocupa del huerto y, cuando llega el invierno, consigue trabajo en la comedor del centro de salud. Cada animal llega a su nuevo hogar en distintos momentos: algunos la siguen desde la estación de tren pidiendo limosna, otros aparecen en la comedor buscando comida.
Así, la solitaria mujer forma una gran familia de almas afines, antes solitarias y también maltratadas. El buen corazón de Lidia sana sus heridas y ellos le devuelven el cariño. El amor y el calor abundan, aunque el dinero no siempre alcanza; la vida en el campo no es fácil. Lidia sabe que no puede seguir trayendo animales a casa sin límite, y se promete a sí misma que no aceptará a más.
En marzo, después de unos días soleados, de pronto vuelve el frío de febrero, cubriendo los caminos de nieve punzante y soplando un viento helado durante la noche. Lidia corre al autobús de siete horas, el último del día, que la lleva a su aldea. Tiene dos días de descanso y, al salir del trabajo, se detiene en los comercios para comprar comida para ella y su peluda familia, además de llevar algo del comedor. Sus manos cargan bolsas pesadas.
Recordando la promesa que se hizo, Lidia trata de no mirar a los lados, pensando en los animales que la esperan en casa, y se reconforta con esos pensamientos. Pero, como dice el refrán, «el corazón ve más que los ojos», y éste la obliga a detenerse a unos metros del autobús.
Bajo un banco yace un perro, con la mirada perdida y casi de cristal; la nieve ya cubre su cuerpo. La gente pasa apresurada, envuelta en bufandas y capuchas. ¿Acaso nadie lo ve? El corazón de Lidia se aprieta con dolor; olvida el autobús y la promesa, corre hacia el banco, suelta las bolsas y extiende la mano al animal. El perro parpadea lentamente.
«¡Gracias a Dios, sigue viva! exhala Lidia. Vamos, cariño, levántate, ven conmigo». El perro no se mueve, pero tampoco se resiste mientras ella lo saca del banco. Ya no le importa mucho la vida; parece estar a punto de rendirse.
Lidia no recuerda cómo llegó al edificio de la estación con las bolsas y el perro en brazos. Dentro, se sienta en el rincón más alejado de la sala de espera y empieza a acariciar con energía al delgado animal, calentando sus patitas heladas.
«Vamos, mi niña, recupérate, que aún nos falta el camino a casa. Serás la quinta perra, para que la cuenta quede parejita», le habla mientras le ofrece un trozo de albóndiga que lleva en la mochila. Al principio el perro rehúsa, pero después de calentarse un poco, su mirada se anima, sus fosas nasales se mueven y acepta la comida.
Una hora después, el autobús ya se ha ido. Lidia improvisa un collar y una correa con su cinturón, aunque el perro, al que llama Mila, ya la sigue pegada a los pies, como si fuera su sombra. Diez minutos más tarde, sin creer en su suerte, suben al coche que se ha detenido en la carretera. El conductor, sorprendido, le dice:
¡Muchas gracias! No se preocupe, puedo sentar al perro en mi regazo, no ensuciará nada.
Yo tampoco me preocupo responde Lidia. Que se quede en el asiento, no es necesario que lo ponga en el regazo; es un perrito grande
Mila se acurruca contra Lidia, temblorosa, pero milagrosamente cabe en sus piernas. Lidia sonríe:
Nos hace más calor así.
El conductor asiente, sin decir nada, mira el collar que rodea el cuello del animal y sube la calefacción al máximo. Van en silencio, Lidia abraza a Mila, que ya está tibia, y contempla las copas de los árboles que se agitan bajo la nieve iluminada por los faros.
El conductor echa un vistazo furtivo al perfil de Lidia, una mujer de rostro cansado pero tranquilo, que abraza a la perra rescatada. Él entiende que la mujer ha recogido al animal y lo lleva a casa. Cuando llegan al portal de la casa, el hombre ayuda a cargar las bolsas. La nieve ha acumulado tanto que tiene que empujar la vieja verja con el hombro; los goznes oxidados ceden y la verja cae de lado.
No le haga caso suspira Lidia. Ya era hora de repararla.
Desde dentro se oye un ladrido múltiple y maullidos. Lidia se apresura a abrir la puerta y su gran familia de cuatro patas se despliega en el patio.
¿Me perdí? grita con humor. He llegado, ¿dónde me vas a esconder? Conozcan al nuevo integrante
Mila se asoma tímida entre las piernas de su salvadora. Los demás perros menean la cola y olfatean las bolsas que el hombre aún sostiene.
Vaya, no esperábamos tanto dice Lidia. Pasad al interior si no os asusta nuestra familia numerosa. ¿Queréis un poco de té?
El hombre lleva las bolsas dentro, pero no se queda:
Ya es tarde, me voy. Aproveitad la comida, que les he esperado
Al día siguiente, a la hora del almuerzo, un golpe se oye en el patio. Lidia se pone la chaqueta y abre la puerta; allí está el conductor de ayer, con nuevas bisagras y herramientas bajo el brazo.
Buenos días dice con una sonrisa. Ayer rompí la verja, hoy vengo a arreglarla Me llamo Víctor, ¿y usted?
Lidia responde ella.
Los perros husmean curiosos al recién llegado, que se agacha y los acaricia.
Lidia, no se enfaden, pasen dentro. Ya casi termino, y no me perdería una taza de té. Ah, y hay pastel en el coche, y unas cosillas para toda vuestra familia
Así, entre risas, té y pastel, la nueva amistad se sella, y la familia de Lidia sigue creciendo, alimentada de cariño, de comida y de la certeza de que siempre habrá un lugar cálido para quien lo necesite.







