Volver a uno mismo
Cruz había acostumbrado a iniciar la mañana con la ventana abierta; en esa época del año el aire era fresco, la luz se posaba tibia sobre el alféizar y, desde el patio del edificio vecino, se oían las voces de los paseantes y el trinquete corto de un mirlo. Mientras el café con leche burbujeaba, ella encendía el portátil y, al primer momento, abría Telegram. En los últimos dos años aquel canal se había convertido no solo en una herramienta de trabajo, sino en una especie de diario de observaciones profesionales. Allí compartía consejos con los colegas, respondía a las preguntas de los suscriptores y analizaba los problemas típicos de su sector, siempre con mesura, sin sermonear y con paciencia ante los errores ajenos.
En los días laborables su jornada estaba casi cronometrada: videollamadas con clientes, revisión de documentos, correos electrónicos. Pero incluso en los breves intervalos entre tareas encontraba tiempo para echar un vistazo al canal. Los mensajes nuevos aparecían con regularidad: alguien pedía un consejo, otro agradecía una explicación detallada de un asunto complejo. A veces los suscriptores sugerían temas para próximas publicaciones o relataban sus propias experiencias. Con el tiempo Cruz había llegado a sentir que la comunidad era un verdadero espacio de apoyo y de intercambio de saberes.
La mañana transcurría con serenidad: unas cuantas preguntas nuevas en la discusión de la última publicación, un par de agradecimientos por el artículo de ayer sobre matices jurídicos, y un colega que le enviaba el enlace de un artículo reciente sobre la materia. Anotó algunas ideas para futuros posts y, con una sonrisa, cerró la pestaña; el día de trabajo que le esperaba estaba ya cargado de obligaciones.
Al mediodía, tras una llamada, volvió a Telegram durante un breve receso. Su mirada se detuvo en un comentario extraño bajo la última publicación: un nombre desconocido, un tono brusco. El autor la acusaba de falta de profesionalismo y tachaba sus consejos de inútiles. Al principio decidió no responder, pero una hora más tarde observó varios mensajes similares de otros usuarios, todos redactados con la misma carga acusatoria y despectiva. Repetían los mismos temas: supuestos errores en sus materiales, dudas sobre su cualificación, burlas sarcásticas sobre consejos de un teórico.
Cruz intentó contestar con moderación y argumentos, citando fuentes y explicando la lógica de sus recomendaciones. Sin embargo, la corriente de críticas se intensificó: aparecían nuevas acusaciones de deshonestidad y de sesgo. Algunas notas aludían a un desagrado personal o ridiculizaban su estilo de escritura.
Esa misma tarde trató de distraerse con una caminata; el sol aún no se había puesto, el aire era templado y se percibía el perfume de la hierba recién cortada en los jardines del patio. Pero los pensamientos volvían al móvil. En su cabeza surgían posibles respuestas. ¿Cómo demostrar su competencia? ¿Era necesario demostrar algo a desconocidos? ¿Cómo había pasado de un espacio de confianza a una avalancha de condenas?
Los días siguientes la situación se agudizó. Bajo cada nueva publicación brotaban decenas de comentarios idénticos, críticos y burlones; casi desaparecían los agradecimientos y las preguntas constructivas. Cruz notaba que empezaba a abrir los mensajes con cautela: sus manos se humedecían al recibir cada notificación. Por las noches pasaba largas horas frente al portátil, intentando descifrar qué había provocado tal reacción del público.
Al quinto día le resultaba cada vez más difícil concentrarse en su trabajo; la mente volvía una y otra vez al canal. Parecía que años de esfuerzo podían quedar reducidos a nada ante aquel torrente de desconfianza. Casi dejó de responder a los comentarios; cada palabra le parecía vulnerable o insuficientemente meditada. Sentía una soledad dentro de un espacio que antes le parecía amable.
Una noche abrió la configuración del canal. Sus dedos temblaban más de lo habitual; contenía la respiración antes de pulsar el botón que desactivaba los comentarios. Escribió un breve mensaje: «Amigos, me tomaré una semana de pausa. El canal quedará suspendido temporalmente para replantear el formato de interacción». Las últimas líneas le costaron especialmente, quería explicar todo con detalle o justificarse ante los lectores habituales, pero ya no le quedaba energía.
Cuando la ventana de notificación de la pausa apareció sobre el historial de mensajes, Cruz sintió un alivio mezclado con vacío. La noche era cálida; a través de la ventana entreabierta de la cocina se colaba el aroma de la hierba fresca. Cerró el portátil y permaneció mucho tiempo en la mesa, escuchando las voces de la calle y preguntándose si volvería a aquello que antes le daba alegría.
Al principio le costó acostumbrarse al silencio que siguió al cierre del canal. El hábito de revisar los mensajes persistía, pero también surgió una sensación de liviandad: ya no tenía que defenderse, justificarse ni buscar fórmulas que agradaran a todos.
Al tercer día de pausa llegaron los primeros correos. Primero, un colega escribió brevemente y al punto: «Veo silencio en el canal; si necesitas apoyo, aquí estoy». Después llegaron más mensajes de quien la conocía en persona o había seguido sus publicaciones desde hacía años. Algunos relataban experiencias similares, otros describían cómo les resultaba difícil no tomar a pecho esas críticas. Cruz leía esas palabras con lentitud, a veces repitiéndolas varias veces, aferrándose a las frases más cálidas.
En los mensajes privados los suscriptores solían preguntar: ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? Sus palabras estaban cargadas de preocupación y sorpresa; para ellos el canal seguía siendo un punto de encuentro profesional y de apoyo. Cruz se asombraba: pese a la oleada de críticas anterior, ahora la mayoría se acercaba de forma sincera y sin exigencias. Incluso había quienes simplemente agradecían las publicaciones pasadas o recordaban consejos de años atrás.
Una noche recibió una larga carta de una joven colega de Valencia: «Te sigo casi desde el principio. Tus materiales me ayudaron a conseguir mi primer empleo en la especialidad y a no temer preguntar». Esa misiva permaneció más tiempo en su memoria que el resto; Cruz sintió una extraña mezcla de gratitud y ligera vergüenza, como si le hubieran recordado algo importante que ella misma había dejado de lado.
Poco a poco la tensión dio paso a la reflexión. ¿Por qué una opinión ajena resultó tan destructiva? ¿Cómo diez comentarios venenosos lograron eclipsar cientos de respuestas tranquilas y agradecidas? Rememoró casos de su práctica: clientes que llegaban desanimados tras experiencias fallidas con otros profesionales y que, gracias a una explicación sencilla, recuperaban la confianza. Sabía por experiencia propia que el apoyo aporta energía, mientras la crítica la consume.
Decidió repasar sus primeras publicaciones del canal; esos textos habían surgido con facilidad y sin temor a equivocarse ante un juzgador imaginario. En aquel entonces no pensaba en reacciones de extraños; escribía para colegas tan directamente como lo haría en una mesa redonda después de una conferencia. Ahora esos escritos le parecían especialmente vivos porque nacieron sin miedo a la burla o al escrutinio externo.
De noche contemplaba las ramas de los árboles que se veían desde la ventana; el follaje denso parecía una pared que separaba su apartamento de la calle. Durante esa semana se permitió no apresurarse: desayunaba con calma pepinos y rábanos frescos del mercado, paseaba por los senderos sombreados del patio después del trabajo, a veces hablaba por teléfono con colegas, a veces permanecía en silencio durante largos períodos.
Al final de la semana el miedo interno empezó a menguar. Su comunidad profesional resultó más sólida que la ola pasajera de negatividad; los mensajes amistosos y los relatos de los colegas le devolvieron la sensación de utilidad del trabajo que había realizado todos esos años. Cruz sintió un cauteloso deseo de volver al canal, pero de una forma distinta: sin la obsesión de agradar a todos y sin la necesidad de responder a cada sarcasmo.
En los dos últimos días de pausa estudió detenidamente la configuración de Telegram para canales. Descubrió que podía limitar la discusión solo a los miembros registrados del grupo, eliminar rápidamente los mensajes indeseados o designar moderadores entre colegas de confianza. Esos detalles técnicos le dieron seguridad: ahora disponía de herramientas para protegerse a ella y a sus lectores de una repetición del conflicto.
Al octavo día de pausa, Cruz se despertó temprano y sintió una serenidad que no había sentido en semanas; la decisión había llegado sin presión interna. Abrió el portátil junto a la ventana de la cocina; el sol ya iluminaba la mesa y parte del suelo junto al alféizar. Antes de volver a abrir el canal a todos los suscriptores, redactó un breve anuncio: «¡Amigos! Gracias a quienes me han apoyado durante este tiempo con mensajes y cartas. Reanudo el canal con algunas novedades: los debates estarán reservados solo a los miembros del grupo; las normas son simples el respeto mutuo es imprescindible para todos los participantes». Añadió unas líneas sobre la importancia de mantener el espacio profesional abierto al intercambio constructivo, pero protegido de la agresión.
El primer post tras la reactivación fue corto un consejo práctico sobre una cuestión compleja de la semana y el tono permaneció como siempre, calmado y benevolente. En una hora aparecieron las primeras respuestas: agradecimientos por el regreso del canal, preguntas sobre el tema tratado y breves comentarios de colegas que ofrecían su apoyo. Alguien escribió simplemente: «Te estábamos esperando».
Cruz percibió nuevamente esa sensación de ligereza interior; no había desaparecido pese a la dura semana de dudas y silencio. Ya no necesitaba demostrar su competencia a quienes solo buscaban discutir; ahora podía dirigir su energía hacia donde realmente la esperaban: la comunidad profesional de colegas y suscriptores.
Al atardecer de ese mismo día volvió a salir a caminar antes del ocaso: los árboles del patio proyectaban largas sombras sobre los senderos adoquinados, el aire se refrescaba tras el sol del día, y desde las ventanas de los edificios vecinos se escuchaban voces cotidianas de gente cenando o hablando por teléfono. Esta vez sus pensamientos no volvieron al temor de los últimos días, sino a nuevos temas para futuros posts y a ideas de proyectos conjuntos con colegas de otras ciudades.
Se sentía parte de algo mayor, sin miedo a los ataques esporádicos de extraños, segura de su derecho a dialogar con la honestidad y la apertura que siempre la habían caracterizado.







