Segunda Juventud: Un Renacer Vital

Segunda juventud

Almudena y su marido, Joaquín, habían compartido veintiséis años de vida. Se conocieron en la universidad, se casaron al acabar los estudios y, dos años después, nació su hijo. Una familia típica, como la de muchos.

El hijo creció, se casó y se mudó a Madrid con su esposa. Tras la partida del joven, la rutina de Almudena y Joaquín cambió de golpe. De pronto se dieron cuenta de que ya no tenían de qué hablar, y menos aún necesitaban conversar. Se conocían al dedillo, se entendían con una mirada o una frase a medias. Bastaba un par de palabras y después el silencio.

Cuando Almudena empezaba a trabajar después de la universidad, había en su oficina una mujer de unos cuarenta y cinco años. A ella le parecía mayor, pese a su edad. Cada invierno se iba de vacaciones y regresaba siempre con un bronceado uniforme. Su corte de pelo, corto y rubio, resaltaba aún más la tez morena de su rostro.

Debe ir al salón de bronceado le susurró una compañera más joven a Almudena.

Una tarde, Almudena no aguantó la curiosidad y le preguntó dónde lograba ese tono en pleno invierno.

En la sierra, con mi marido, practicando esquí respondió la mujer.

¡Vaya! exclamó Almudena. ¿A nuestra edad?

La mujer soltó una carcajada.

¿A mi edad? Tengo sólo cuarenta y cinco. Cuando llegues a mis años entenderás que esa es la verdadera juventud, la que no es tonta sino madura. Recuerda, niña, el aburrimiento es el peor enemigo del matrimonio. Todas las infidelidades y los divorcios nacen de la rutina. Cuando los hijos crecen, llega la calma, y a los hombres eso les vuelve locos. Nosotras, las mujeres, nunca tenemos tiempo para el hastío: trabajamos, cuidamos a los niños y nos encargamos de los quehaceres del hogar. Mientras tanto, el marido está en el sofá, descansando después del trabajo, pensando en cómo gastar su energía. Algunos beben, otros buscan nuevas emociones. Como dice el refrán, buscan a una mujer.

Yo fui tonta, creía que mi marido estaba cansado, que trabajaba mucho y que no había nada de malo en que se quedara tirado frente al televisor, sin beber nada. Yo, en cambio, corría por la casa como una escoba eléctrica. Un día, mi marido me soltó que había encontrado a otra, que conmigo se aburría, que todo le había cansado y se fue. ¿Te lo imaginas?

Cuando volví a casarme, cambié mi actitud por completo. Le exigía que participara en las tareas del hogar, los fines de semana nos escapábamos al campo, en invierno esquiábamos. No le dejaba ni un minuto de descanso; lo empujaba, le impedía que se quedara en el sofá. Hoy seguimos juntos, los hijos ya son adultos y nosotros viajamos por toda España. Tal vez no sea el estilo de vida de todos, pero saca tus propias conclusiones.

Almudena guardó bien las palabras de aquella mujer. Notó que Joaquín, después de la cena abundante, se dirigía al sofá frente al televisor. Cada vez resultaba más difícil sacarlo de ahí. Antes de todo eso, él hacía excursiones, remaba en el río Duero con una canoa. ¡Qué sorpresas me preparaba en mis cumpleaños!

Almudena intentó avivar el interés de Joaquín. Le compró entradas para el teatro, organizó un crucero por el Círculo del Oro a bordo de un barco de tres cubiertas.

En el teatro el marido se quedó dormido, en la visita empezó a bostezar tras dos copas de vino y corrió a su querido sofá. En el barco sufría la estrechez de la cabina. En cuanto a los esquís, no había nada que decir. Un hombre con algo de barriga resistía con desesperación los deportes activos.

Después de proponerle otra película, Joaquín, con una mirada triste, respondió:

¿A dónde me llevas? Quiero descansar los fines de semana, dormir un poco. Sal con tus amigas.

Cuando empezaron a vivir juntos, Joaquín solía ir de excursión con sus amigos. Formaron un grupo de aventureros que disfrutaba de descensos en cañones y rápidos. Tocaba la guitarra y cantaba bastante bien.

Almudena, sin embargo, nunca había ido con él. O el trabajo no le permitía, o estaba embarazada, o cuidaba al pequeño hijo.

No le dejes ir sin ti. Puede que allí encuentre a una compañera de aficiones le advirtió su madre.

No hace falta ir a la montaña para engañar. Se puede encontrar a alguien aquí mismo. Confío en Joaquín contestó Almudena.

Ella realmente confiaba en él y esperaba que regresara de sus aventuras.

Con el tiempo, el organizador del grupo también formó familia y dejó las excursiones.

Una tarde de descanso, Almudena se sentó al lado de su marido en el sofá con un álbum de fotos. Al principio lo hizo a regañadientes, pero poco a poco el hombre empezó a hojear las imágenes y a sonreír.

¿No te gustaría revivir un poco la juventud? le preguntó ella.

No, ¿con quién? Todos están ocupados, con nietos…

Conmigo. Nunca he ido a ninguna de tus excursiones. Muéstrame iniciativa, llama a tus antiguos compañeros, quizá alguno acepte.

¿En serio? Cuando éramos jóvenes éramos unos locos, y ahora…

¿Ahora somos demasiado sensatos? sonrió Almudena con ironía. Entonces vayamos al teatro el próximo fin de semana, pasemos un rato cultural dijo y cerró el álbum, levantando una nube de polvo.

Joaquín reflexionó. Una noche, durante la cena, comentó:

He hablado con un colega; Tolín quiere organizar una ruta, aún tiene las tiendas. Alquilaremos una canoa en el club deportivo.

Almudena lo vio animarse; eso la alegró. Por fin él mostraba interés por la vida y hablaba solo del próximo viaje.

Piensa, Almudena, que eres novata, será duro al principio. El río, los rápidos, los mosquitos. Dormiremos en sacos de dormir, sin ducha, sin baño, bajo los arbustos. El primer día querrás volver a casa le advirtió Joaquín.

No lo haré prometió Almudena.

Vale respondió Joaquín con una mirada escéptica, mientras Almudena se calzaba sus delicados zapatos de tacón y su bata de felpa con motivos de pájaros.

Fueron a comprar el equipo. Él no la soltaba.

Sé que acabarás comprando bañadores y vestidos, pero para la excursión necesitas ropa abrigada y calzado cómodo le insistió.

Almudena se dejó guiar, obedeciendo sin rechistar. La preparación la atrapó también. En poco tiempo, las mochilas estaban listas.

Pruébalo, veamos tu equipamiento ordenó Joaquín.

Almudena, como quien lleva una carga sobre una sartén, se puso la mochila y, al sentir el peso, se dobló. Tendría que caminar por senderos irregulares, entre barrancos y matorrales.

Quítatela ordenó Joaquín. Veamos qué llevas.

Almudena aliviada se quitó la carga.

Él sacó del interior rizadores, un neceser de maquillaje, secador, frascos de crema, champú y ropa de casa, nada útil para la montaña.

Los mosquitos te matarán concluyó. ¿Quizá prefieres quedarte en casa? dijo con lástima.

Almudena, desconcertada, se tapó la cabeza.

Joaquín, después de una profunda inhalación, retiró lo innecesario, dejando sólo lo esencial. La mochila se volvió mucho más ligera.

Lo lograré afirmó Almudena, sintiéndose renovada.

Recordó cómo había intentado arrastrar a su marido al teatro y al arte, imponiendo sus gustos. Él había cedido al principio. Como esposa y compañera de armas, debía estar a su lado tanto en la cumbre como en la llanura.

Cuanto más se acercaban a la salida, más dudas la asaltaban, pero al fin estaban en la plataforma de la estación, aguardando el tren que los llevaría lejos de la civilización. Junto a ellos viajaban tres hombres y una mujer.

¿Los demás amigos están divorciados? preguntó Almudena en voz baja.

No, sus esposas están con los nietos.

El trayecto en tren fue divertido; los hombres contaban anécdotas, Joaquín sacó la guitarra del altillo y tocó acordes. Almudena se convenció de que, si seguía así, lograría pasar un buen rato.

Al descender del vagón y alejarse varios kilómetros de la estación, el peso de la mochila le empezó a doler la espalda, las piernas temblaban y el sudor le cubría el rostro. Le avergonzaba quejarse; los hombres llevaban sacos de dormir, tiendas y una canoa inflada.

El entorno natural era hermoso, pero Almudena apenas lo percibía, esforzándose por no tropezar ni caer.

Al llegar al río, solo anhelaba acostarse en la hierba y quedarse allí. Los hombres encendieron rápidamente la hoguera y montaron las tiendas sin aparente cansancio.

Te acostumbrarás la animó Tatiana, la esposa de uno de los compañeros. Vamos a buscar agua para la cena.

Quería volver a casa, ducharme y acostarme en una cama cómoda.

Sin embargo, se dejó arrastrar. Joaquín tocó la guitarra junto al fuego, cantó con una voz que Almudena no recordaba, tan viva y alegre. Vio de nuevo al hombre que la había enamorado ciegamente.

¿Ya piensas escapar? le preguntó al día siguiente, observando las rozaduras en sus manos tras la travesía en la canoa.

No respondió con firmeza.

Al llegar a los rápidos, el ruido del agua y las piedras afiladas la asustaron. Quiso proponer ir por la orilla, pero al ver la mirada burlona de su marido, calló y se aferró al borde de la canoa, temiendo caer al agua helada.

Cuando los rápidos quedaron atrás, exhaló aliviada y gritó de alegría, más fuerte que cualquiera.

Regresaron a casa una semana después, cansados pero llenos de recuerdos. Almudena comprendió que echaría de menos los nuevos amigos, las canciones al fuego, el espacio y el silencio.

Tras la ducha y una cena abundante, se sentaron frente al portátil a ver las fotos, a bromear y a recordarse. No lo hacían desde hacía tiempo. La excursión los había unido de nuevo, habían recuperado intereses comunes. Se quedaron dormidos abrazados, como en los primeros años.

¿Vamos a repetir el viaje el próximo año? preguntó Almudena, presionando su pecho contra el de Joaquín.

¿Te gustó? rió Joaquín. No es como el teatro o los restaurantes. Es vida.

Ahora sé cómo prepararme mejor. No te avergonzaré prometió ella.

Yo tampoco me avergoncé. Para una principiante fuiste excelente. No lo esperaba, me sorprendiste.

Almudena se sonrojó por el halago.

Cuando su hijo llamó, le contó la aventura con entusiasmo.

¡Vaya vida que tenéis! Yo pensaba que estaríais tristes y aburridos.

No, ¿y tú qué tal? respondió Almudena.

Esperamos a nuestro bebé anunció el hijo.

Al volver al trabajo después de sus vacaciones, Almudena llegó radiante, con un brazalete de cuerda y cuentas en la muñeca.

¿Has estado en la costa? No pareces bronceada. Qué bonito detalle comentó una compañera señalando el brazalete.

Es un amuleto. Me lo regaló un chamán.

Así, para devolver la chispa a la relación, no hay que quedarse en casa; hay que compartir los intereses del cónyuge. No a todos les convence el deporte extremo, pero siempre se puede hallar otra actividad. Como dice un escritor: «No te arrepientas de los esfuerzos cuando se trata de salvar el amor». La verdadera lección es que el amor se renueva cuando ambos se atreven a salir de la zona de confort y a vivir juntos nuevas experiencias.

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Segunda Juventud: Un Renacer Vital
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