Ya estoy harta de ti dice Begoña, pero David la abraza con ternura y la aprieta contra su pecho. No te preocupes, mi amor. Nos queda mucho tiempo por delante. Vamos a ser padres, y tendremos un bebé que nos separe a dos. ¿Lo oyes? Seguro que sí.
Begoña asiente, apoyando la cara en el hombro de David. Quiere creer en esas palabras. Le gustaría. Sin embargo, dentro se ha instalado una sensación helada y pesada que le impide respirar con plenitud. Tres años de matrimonio. Tres años de intentos, esperanzas, desilusiones. Tres años de infinitas visitas al ginecólogo, análisis y pruebas, y nada.
Lo sé responde Begoña en voz baja, aunque ya no está segura de ello.
David le da un beso en la coronilla. Le sonríe el calor. Pero ahora Begoña siente que su marido solo lleva puesta una máscara, ocultando frustración y rabia.
Al principio David cumple sus promesas. Está a su lado, la apoya, la cuida. Le lleva flores sin razón. Prepara desayunos los fines de semana. La abraza por la noche cuando ella llora en la almohada tras otro test negativo. Es amable, paciente, amoroso.
Poco a poco algo cambia. Primero, sin que Begoña lo note. David empieza a retrasarse en el trabajo. Luego aparecen viajes de negocios, cada vez más frecuentes. Deja de abrazarla por la mañana. Se distancia cuando ella intenta acurrucarse a su lado en el sofá. Las conversaciones se hacen más breves y formales; en vez de diálogos vivos, solo hay respuestas monosilábicas y miradas ausentes.
Begoña intenta no darse cuenta. Se convence de que es temporal, de que David está cansado de la presión constante, de la espera, de las desilusiones. Cree que todo se arreglará si solo espera un poco más.
Así pasan quince meses.
Begoña, tenemos que hablar dice David una noche, mientras ella lava los platos después de la cena.
Begoña se queda paralizada con la bandeja en la mano. El tono de David suena demasiado serio, demasiado oficial. Se gira lentamente hacia él.
¿Sobre qué? su propia voz le suena extraña.
Voy a pedir el divorcio.
Cuatro palabras. Solo cuatro, y el mundo de Begoña se desmorona. La bandeja se le escapa de las manos y se estrella contra el azulejo. No se mueve. Mira a su marido con los ojos muy abiertos, tratando de asimilar lo que ha oído.
¿Qué? exclama.
Lo siento evita la mirada David. No puedo más. Estoy cansado. Cansado de esperar, cansado de tener esperanzas. No es lo que quería de mi vida. Quiero hijos, Begoña. Una familia de verdad. Pero nosotros… ya no somos pareja. Solo somos dos gente bajo el mismo techo. Es hora de dejar de fingir que todo va bien.
Begoña se sienta lentamente en la silla. Sus piernas no la sostienen. En su cabeza hay un vacío.
No te culpo. Así ha sido. Pero ya no puedo fingir que estoy satisfecha. Lo siento.
David da la vuelta y sale de la cocina. Begoña escucha cómo recoge sus cosas en el dormitorio y, después, el leve clic de la cerradura. Y el silencio.
El tiempo se vuelve una mancha gris. Begoña sigue yendo al trabajo, preparando su comida, limpiando el piso, haciendo todo lo que hacía antes. Pero dentro sólo hay un vacío inmenso. La soledad la envuelve como una niebla fría de la que no puede escapar.
Se culpa a sí misma de todo. De no haber salvado el matrimonio. De no haberle dado a David lo que él deseaba.
El único rayo de luz en esa oscuridad es Lara, su amiga de la universidad. Esa misma con la que compartió años de estudio, confidencias y sueños. Lara está presente cuando David se marcha. Llega con pasteles y té, se sienta al lado, la abraza, la escucha. No ofrece consejos, no sermonea. Simplemente está allí.
Todo va a salir bien, Begoña le dice Lara, acariciándole la espalda. Vas a superar esto. Eres fuerte.
Begoña asiente, aunque no cree en esas palabras. Pero la presencia de Lara le reconforta, le recuerda que no está del todo sola.
Se encuentran cada semana, en un café del centro o en casa de alguna amiga. Lara habla de su trabajo, de su marido, de sus planes. Begoña escucha y finge alegría por su amiga, aunque su interior se contrae de dolor. Lara tiene una familia estable, un marido cariñoso, la estabilidad que Begoña ha perdido.
Con el tiempo Begoña nota extraños cambios. Lara responde cada vez menos a los mensajes, inventa excusas para cancelar los encuentros a último momento. Su sonrisa se vuelve forzada y su mirada se desvía rápidamente. Se apresura a irse, alegando asuntos urgentes.
No solo Lara. Todo su círculo parece alejarse. El chat grupal se queda en silencio. Nadie le escribe primero. Las invitaciones a reuniones desaparecen. Begoña se siente invisible, como si todos hubieran decidido ignorarla.
Intenta no darle importancia. Tal vez están ocupados, cada uno con su vida. Pero un escalofrío de inquietud se instala en su pecho y no la suelta.
Entonces llega el cumpleaños de Lara. Begoña recuerda la fecha con precisión; siempre lo celebraban juntas desde la universidad: torta, cava, regalos, risas hasta el amanecer. Una tradición de años.
Ese año, sin embargo, no hay invitación. Ni llamada, ni mensaje. Nada. Begoña espera hasta el último momento, con la esperanza de que Lara simplemente se haya olvidado de avisar. El móvil sigue en silencio.
Al atardecer Begoña ya no aguanta. Compra un regaloun pañuelo que Lara había deseado hace tiempolo envuelve con papel bonito y se dirige a la casa de su amiga. Sólo quiere felicitarla, demostrar que la recuerda y que aún le importa la amistad.
En el vestíbulo del edificio se oyen murmullos de música y voces. La fiesta está en pleno apogeo.
Begoña respira hondo, reúne valor y toca la puerta. Los sonidos dentro no cesan. Después de un minuto, la puerta se abre.
En el umbral está Lara, con un vestido elegante y una copa en la mano. Su sonrisa se queda congelada al ver a Begoña. Sus ojos se abren de par en par, claramente sorprendida por la visita inesperada.
Begoña exhala Lara. ¿Qué haces aquí?
Quería felicitarte contesta Begoña, entregando el regalo mientras trata de esbozar una sonrisa, aunque su interior se siente como un puñado de piedras. Feliz cumpleaños.
Lara no toma el regalo. Se queda bloqueando el umbral, mirándola como si quisiera echarla fuera.
Gracias, pero tartamudea.
¿Por qué no me invitaste? ya no puede contenerse Begoña. Siempre hemos celebrado juntas. ¿Qué ha pasado, Lara? ¿Por qué me están ignorando?
Lara desvía la mirada, pasa una mano por el cabello. Detrás de ella se oyen risas. Begoña asoma la cabeza dentro del apartamento y lo que ve la paraliza.
David, su exmarido, está en el salón, abrazando a una chica rubia y sonriente. Se inclina y la besa con un beso largo y tierno.
Begoña no puede respirar. El mundo se vuelve borroso. David está allí, en la fiesta de Lara, con otra mujer, y ella no ha sido invitada.
Lara agarra su mano y la arrastra al pasillo, cerrando la puerta tras de sí.
Begoña, escucha
Explícame explícamelo todo. ¿Por qué está él aquí? ¿Por qué no me invitaron?
Lara suspira con pesadez, se apoya contra la pared. Sus ojos reflejan incomodidad y molestia. Mira hacia otro lado.
Durante vuestro matrimonio nos fuimos haciendo amigos, ya sabes, él era el esposo de mi mejor amiga. Después del divorcio… no queríamos cortar la relación de golpe. Es un buen tipo, entretenido. Seguimos en contacto.
Y tú elegiste su lado finaliza Begoña. ¿Lo has hecho? Desde la universidad somos amigas, Lara. ¿Cómo pudiste?
No es tan simple cruza Lara los brazos sobre el pecho. Con él es más fácil, no se ahoga en problemas, no se queja todo el tiempo. Además, a nadie le gustaba escuchar tus quejas y lamentos, se cansaban, ¿me entiendes? Todos estaban hartos de esa atmósfera pesada. Incluso yo.
Begoña la mira sin reconocerla. Su tono es tan desapegado como si hablara del clima.
Además continúa Lara, apresurándose, David ya está en una relación estable. Pronto se casa, su novia espera un bebé. Todo le va perfecto. Si nos encontráramos aquí sería incómodo para todos. Queríamos evitar drama.
Begoña asiente lentamente, mecánicamente. Dentro algo se rompe definitivamente. David pronto será padre, tendrá una nueva vida, una nueva familia, todo eso que él tanto anhelaba y que nunca obtuvo con ella.
Y Begoña ya no sirve a nadie.
Lo entiendo susurra, entregándole el regalo a Lara. Tómalo. Feliz cumpleaños.
Lara coge la caja sin mirarla.
Después de tantos años de amistad, podrías haberme dicho esto cara a cara dice Begoña, alzando la mirada. No esconderte y justificarte solo cuando la verdad sale a la luz. Creí que éramos sinceras, pero parece que estaba equivocada.
Lara guarda silencio, mira al suelo, aprieta el regalo.
Felicidades concluye Begoña y se dirige a la escalera. Que lo pasen bien. De parte mía
Los pasos resuenan en el pasillo. Begoña baja, aferrándose al pasamanos, con las piernas temblorosas y la respiración entrecortada. Sólo quiere llegar a la calle.
El aire frío inunda sus pulmones cuando sale del edificio. Entonces las lágrimas que había contenido estallan en un torrente ardiente que recorre sus mejillas sin cesar. Camina por una calle desierta, sin prestar atención a la ruta, sollozando por el dolor, la traición y la soledad.
En menos de un año ha perdido a su marido y, como resulta, a todos sus amigos, a los que consideraba cercanos, a los que creía que estarían a su lado en los momentos difíciles.
Los verdaderos amigos se reconocen en la adversidad, recuerda un viejo refrán. Pero ahora se da cuenta de que ya no le quedan amigos auténticos. Tal vez nunca los tuvo.
Begoña se seca las lágrimas y vuelve a casa, a ese lugar donde nadie la espera. Sin embargo, en su interior persiste una tenue esperanza de que esto no sea para siempre y que, al fin y al cabo, todo lo que ocurre, ocurre para bien….







