La familia Mendoza vivía en un bloque de pisos de los años 70 en las afueras de Madrid. El padre, Miguel, después de que lo despidieran de la fábrica, se puso a trabajar como camionero, pasando meses fuera de casa. La madre, Carmen, se partía el lomo en dos trabajos: de día, cajera en un supermercado; de noche, limpiando oficinas.
Su hija mayor, Laura, de 22 años, era el orgullo de la familia. Madura para su edad, había estudiado contabilidad en un instituto técnico para poder trabajar pronto y ayudar en casa. Toda su vida giraba en torno a un solo objetivo: que su hermano pequeño, Javier, pudiera ir a la universidad. El chico, todavía en primaria, había demostrado ser un genio de las mates. Era «el proyecto familiar», su única esperanza de salir adelante.
Después de clase, Laura hacía prácticas de contabilidad para un pequeño empresario, y por las noches, cuando la casa se quedaba en silencio, abría su viejo portátil de segunda mano. Escribía relatos. Historias dulces, tristes, llenas de luz, sobre gente que soñaba, amaba y buscaba su lugar en el mundo. Era su escape de la rutina y el cansancio.
Un día, su amiga de toda la vida su única lectora fiel la convenció de mandar uno de sus cuentos a un concurso literario. Para su sorpresa, ganó el primer premio: un puñado de euros y una beca en la redacción de un periódico de la capital.
Decidió decírselo a sus padres durante la cena, mientras Javier hacía los deberes en su habitación.
Mamá, papá empezó, apartando el plato de macarrones. Me han ofrecido una beca. En el «Diario del Sur». Es un mes de prácticas. Es mi oportunidad.
¿Qué «Diario del Sur»? Miguel frunció el ceño, frotándose los ojos cansados. Pero si ya tienes un buen trabajo con don Ramón. Es estable.
Papá, esto es diferente. Yo… he estado escribiendo cuentos. Y alguien se ha fijado en mí.
Carmen dejó de fregar los platos. Se volvió hacia su hija, secándose las manos en el delantal.
¿Cuentos? su voz sonó incrédula. Laura, ¿cuándo has tenido tiempo? ¡Necesitas dormir, tienes que trabajar! Y Javier necesita ayuda con las mates.
Lo sé. ¡Pero es mi oportunidad! la voz de Laura tembló. ¡Puedo hacer lo que me gusta! ¡Aunque sea probar!
¿Gustar? Miguel se levantó, y su sombra cubrió a Laura. ¿Y quién va a mantener a la familia, artista? ¿Crees que me paso la vida en ese camión por amor al arte? ¿Crees que tu madre se mata a trabajar por placer? ¡No! ¡Por obligación! Y tú, pensando en tus caprichos. Hasta que Javier no empiece la carrera, no quiero oír tonterías.
¡No son tonterías! gritó Laura, levantándose. ¿Por qué Javier puede soñar con la Complutense y yo no con el periódico?
¡Porque Javier es un hombre! Él tendrá que mantener una familia rugió el padre. ¡Y tú lo que tienes que hacer es casarte y no dar que hablar! ¡En vez de buscar novio, te pones a escribir cuentos!
Esas palabras le dolieron más que todo. Dio un paso atrás, mirando sus caras cansadas y amargadas. Sus padres no la veían como una persona. No podían. Para ellos, solo era una ayuda para ellos y un apoyo para su hermano. Discutir era inútil.
Vale susurró Laura. Vale.
A la mañana siguiente, dejó casi todo el dinero del premio y una nota en la cocina: «Esto es para las clases particulares de Javier». Se fue con una mochila: el portátil, ropa limpia y sus relatos impresos.
La beca no era remunerada el periódico buscaba nuevos talentos. Escribir artículos no era tan emocionante como sus historias. El trabajo de redactora, contra lo que esperaba, no era un paraíso creativo, sino una cadena de producción. Pero a Laura le encantaba: la gente, el ambiente, conocer personajes nuevos y ver la vida desde otro ángulo.
Vivir en la ciudad era caro. Se alojó en un hostal cerca del trabajo y consiguió un turno de noche como camarera. Día: reuniones, textos, edición. Noche: curro extra. Vivía en un cansancio perpetuo, comiendo cualquier cosa, normalmente bocadillos con café.
Una noche, llamó su madre. La voz de Carmen sonó ronca:
Lauri… Tu padre está en el hospital. El corazón. Le dio algo en el trabajo… Él… él no ha dejado de preocuparse por ti. ¿Al menos estás bien? ¿Comes algo?
Laura miró su cena: un bocata reseco. Se le encogió el corazón. De pena por sí misma, de culpa hacia sus padres.
Estoy bien, mamá mintió. ¿Y Javier?
Te echa mucho de menos, ha bajado las notas, hace los deberes a medias. Y yo no puedo ayudarle…
No pasa nada, mamá, aprenderá a apañarse solo. Dale recuerdos. Y a papá… dile que pronto iré a verle.
Pero no fue. Mandó la mitad de su sueldo miserable a casa, quedándose con lo justo para no morirse de hambre. Sí, era duro, pero con esa dureza llegó la libertad. Las historias brotaban en su cabeza, y escribía casi cada noche. Un nuevo relato suyo salió en una revista juvenil. No le pagaron casi nada, pero cuando vio su nombre en el índice, lloró de felicidad frente al quiosco.
Pasaron seis meses. La contrataron en el periódico, alquiló una habitación en un piso compartido con goteras, y se sentía la persona más afortunada del mundo.
Hasta que un día apareció Javier en su puerta. Estaba más alto, más serio.
Hermana dijo, sin entrar. He cambiado de idea. No voy a la universidad.
Laura se quedó sin habla.
¿Cómo? Pero tú…
Voy a hacer un ciclo de cocina. Mamá y papá están hechos polvo. Su sueño se ha roto la miró con reproche. ¿Sabes por qué? ¡Porque odio las mates! ¡Siempre quise ser cocinero! Pero hasta que no te fuiste, me daba miedo decírselo…
Se dio la vuelta y se marchó. En ese momento, Laura entendió que su huida no había sido solo por ella. Había dado valor a Javier para rebelarse contra el plan familiar que parecía inamovible.
***
Un año después, Laura recibió una carta de su padre. Corta, escrita a lápiz en un folio de cuadros.
«Hija. Tu madre me dijo que escribes en el periódico. Estaba de ruta, en una cafetería, vi tu apellido en una revista. Se lo enseñé a los colegas. Les dije: ‘Es mi sangre’. No se lo creían. Cuídate. Echa pa’lante. Te echo de menos. Tu padre».
Laura leyó esas pocas palabras decenas de veces. No era un perdón. Era un reconocimiento. De que existía. De que su voz se oía.
Salió al balancín de su piso compartido. Llovía. El techo goteaba, los vecinos discutían, pero ella miraba los tejados mojados de su nueva ciudad y sintió que su vida, con toda su pobreza, su cansancio y su culpa, era SU vida. Ya no era un «apoyo» ni una «función». Era Laura. Autora de relatos y de su propia vida. Y eso era lo más valioso que tenía.







