El Umbral del Verano

**El Umbral del Verano**

Lucía se sentó junto a la ventana de su cocina, observando cómo el sol de la tarde resbalaba sobre el asfalto mojado del patio trasero. La lluvia reciente había dejado manchas turbias en el cristal, pero no quería abrirlo; el aire dentro de la casa era cálido, cargado de polvo y ecos de la calle. A sus cuarenta y cuatro años, se suponía que debería hablar de nietos, no de intentar ser madre. Pero ahora, después de años de dudas y esperanzas reprimidas, Lucía había decidido hablar en serio con el médico sobre la posibilidad de una fecundación in vitro.

Su marido, Javier, dejó una taza de té sobre la mesa y se sentó a su lado. Estaba acostumbrado a sus frases pensadas, lentas, a cómo elegía las palabras con cuidado para no herir sus miedos ocultos. «¿De verdad estás preparada?», preguntó cuando Lucía mencionó por primera vez en voz alta la idea de un embarazo tardío. Ella asintió, no de inmediato, sino tras una breve pausa que contenía todos sus fracasos pasados y miedos no dichos. Javier no discutió. Le cogió la mano en silencio, y ella sintió que él también tenía miedo.

En la casa vivía también su madre, una mujer de reglas estrictas para quien el orden natural de las cosas pesaba más que cualquier deseo personal. Durante la cena, su madre permaneció callada al principio, pero luego dijo: «A tu edad ya no se arriesga con estas cosas». Esas palabras quedaron entre ellas como un peso pesado y volverían a resonar en el silencio del dormitorio.

Su hermana llamaba poco desde otra ciudad y la apoyó con frialdad: «Tú sabrás». Solo su sobrina le mandó un mensaje: «¡Tía Lucía, es genial! ¡Eres muy valiente!». Este pequeño reconocimiento la reconfortó más que todas las palabras de los adultos.

La primera visita a la clínica transcurrió entre pasillos largos con paredes desconchadas y olor a lejía. El verano apenas comenzaba, y la luz de la tarde era suave incluso en la sala de espera de la consulta de reproducción. La doctora revisó con atención su historial y preguntó: «¿Por qué ha decidido hacerlo ahora?». Era una pregunta que escuchaba a menudo: de la enfermera al sacar sangre, de una vecina en el banco del parque.

Lucía respondía de forma distinta cada vez. A veces decía: «Porque hay una oportunidad». Otras, simplemente se encogía de hombros o sonreía sin motivo. Dentro de esa decisión había un camino largo de soledad y de intentar convencerse de que no era tarde. Rellenó formularios, soportó pruebas adicionales. Los médicos no ocultaban su escepticismo: la edad rara vez traía estadísticas favorables.

En casa, la vida seguía su curso. Javier intentaba acompañarla en cada paso, aunque él estaba tan nervioso como ella. Su madre se irritaba antes de cada cita médica y le aconsejaba no ilusionarse. Pero, a veces, le traía fruta o té sin azúcar durante la cena así expresaba su preocupación.

Las primeras semanas de embarazo transcurrieron como bajo una campana de cristal. Cada día estaba lleno del miedo a perder ese frágil comienzo. La doctora la vigilaba con especial atención: casi cada semana había que hacer análisis o esperar en largas colas de ecografías entre mujeres más jóvenes.

En la clínica, la mirada de las enfermeras se detenía un instante más en su fecha de nacimiento que en el resto de la ficha. Los comentarios a su alrededor giraban en torno a la edad: una vez, una mujer desconocida suspiró a sus espaldas «¿De verdad no tiene miedo?». Lucía no respondía; dentro de ella crecía algo parecido a un cansado obstinamiento.

Las complicaciones llegaron de repente: una noche, sintió un dolor agudo y llamó a una ambulancia. La sala de patología estaba sofocante incluso de madrugada; apenas abrían la ventana por el calor y los mosquitos. El personal médico la recibió con cautela; en algún lugar, alguien susurró algo sobre riesgos por la edad.

Los médicos hablaban con sequedad: «Vamos a observarla», «Estos casos requieren control especial». Una joven matrona se permitió decirle: «A su edad, lo suyo sería descansar y leer libros», pero enseguida se volvió hacia otra paciente.

Los días pasaban entre la ansiedad de esperar resultados; las noches se llenaban de llamadas breves a Javier y mensajes escasos de su hermana, con consejos para que tuviera cuidado o no se preocupara en vano. Su madre apenas la visitaba le costaba ver a su hija indefensa.

Las conversaciones con los médicos se volvían más difíciles: cada nuevo síntoma desencadenaba más pruebas o sugerencias de hospitalización. Una vez, hubo una discusión con una pariente de Javier sobre si debían seguir adelante con el embarazo ante tantas complicaciones. La conversación terminó con una frase cortante de su marido: «Es nuestra decisión».

Las habitaciones en verano eran asfixiantes; fuera, los árboles en pleno follaje murmuraban, y se oían las risas de los niños desde el patio del hospital. A veces, Lucía recordaba su juventud, cuando ser madre parecía algo natural, sin miedo a complicaciones o miradas ajenas.

Cerca del parto, la tensión crecía; cada movimiento del bebé dentro de ella era a la vez un pequeño milagro y un presagio de desastre. El teléfono siempre estaba al lado de la cama; Javier le enviaba mensajes de apoyo casi cada hora.

El parto comenzó antes de tiempo, tarde en la noche. La espera se convirtió en prisa médica y en la clara sensación de que la situación se les escapaba de las manos. Los médicos hablaban rápido; Javier esperaba fuera del quirófano, rezando en silencio con la misma desesperación que en su juventud antes de un examen.

Lucía apenas recordaba el momento exacto del nacimiento de su hijo: solo el barullo de voces, el olor acre de medicamentos mezclado con el trapo húmedo junto a la puerta. El niño nació débil; enseguida se lo llevaron para examinarlo sin dar muchas explicaciones.

Cuando supieron que lo trasladaban a la UCI y lo conectaban a un respirador, el miedo la inundó con tal fuerza que apenas pudo llamar a Javier. La noche parecía eterna; la ventana estaba abierta de par en par, pero el aire cálido no aliviaba nada.

En algún lugar del patio, sonó la sirena de una ambulancia; tras el cristal, las sombras borrosas de los árboles bajo las farolas del parque se movían. En ese momento, Lucía admitió por primera vez que no había vuelta atrás.

La primera mañana después de esa noche no trajo alivio, sino más espera. Lucía abrió los ojos en la habitación asfixiante, donde una brisa tibia movía el borde de la cortina. Fuera, el cielo clareaba, y entre las ramas flotaba pelusa que se pegaba al alféizar. En el pasillo ya se oían pasos apagados, cansados, pero familiares. Lucía no se sentía parte de ese mundo. Su cuerpo estaba débil, pero sus pensamientos solo iban hacia su hijo, que respiraba al otro lado de la pared, no por sí mismo, sino a través de una máquina.

Javier llegó temprano. Entró en silencio y se sentó a su lado, tomándole la mano con cuidado. Su mirada estaba llena de inquietud, y su voz sonaba ronca por la falta de sueño: «Los médicos dicen que no hay cambios». Su madre también llamó poco después del amanecer; en su voz no había reproches ni consejos solo una pregunta cautelosa: «¿Cómo lo llevas?». Quería responder con sinceridad: lo llevaba al borde.

La espera de noticias se convirtió en el único sentido del día. Las enfermeras entraban poco; sus miradas eran breves y algo compasivas. Javier intentaba hablar de cosas sencillas: recordaban el verano pasado en el pueblo o comentaba noticias de la sobrina. Pero las conversaciones se apagaban solas las palabras se esfumaban ante la incertidumbre.

Al mediodía, llegó el médico de la UCI un hombre de mediana edad con barba cuidada y ojos cansados. Habló en voz baja: «El estado es estable, hay mejoría Pero es pronto para sacar conclusiones». Para Lucía, esas palabras fueron como un permiso para respirar hondo por primera vez en un día. Javier se enderezó en la silla; su madre sollozó aliviada al teléfono.

Ese día, los familiares dejaron de discutir y se reunieron rápidamente: su hermana envió fotos de zapatitos desde su ciudad; su sobrina escribió un mensaje largo de apoyo. Hasta su madre le mandó un raro SMS: «Estoy orgullosa de ti». Esas palabras nuevas al principio le parecieron ajenas, como si no fueran para ella.

Lucía se permitió relajarse un poco. Observó la franja de luz en la pared el rayo matutino se extendía por el azulejo hasta la puerta. Todo a su alrededor estaba lleno de espera: la gente en el pasillo aguardaba turno o resultados; en otras habitaciones, se hablaba del tiempo o del menú del comedor. Pero allí, la espera significaba algo más los unía con un hilo invisible de miedo y esperanza.

Más tarde, Javier le trajo una camisa limpia y pasteles caseros de su madre. Comieron en silencio; el sabor apenas se notaba bajo la ansiedad acumulada. Cuando llegó la llamada de la UCI, Lucía sujetó el teléfono con ambas manos, como si pudiera calentarla más que la manta.

El médico volvió a hablar con cautela: los valores mejoraban poco a poco, el niño empezaba a respirar con más seguridad por sí mismo. Era tan importante que hasta Javier esbozó una sonrisa sin la tensión habitual.

El día transcurrió entre llamadas del personal y conversaciones breves con la familia. La ventana seguía abierta; el viento cálido traía olor a hierba recién cortada desde el patio, junto con el ruido sordo de los platos en el comedor de abajo.

Llegó la noche del segundo día de espera. Esta vez, el médico llegó más tarde: sus pasos resonaron en el pasillo antes de que su voz se oyera tras la puerta. Dijo simplemente: «Podemos trasladar al niño de la UCI». Lucía lo escuchó como si estuviera bajo el agua no lo creyó del todo al principio; Javier fue el primero en levantarse y le apretó la mano con fuerza.

Una enfermera los acompañó hasta la sala de madres con hijos tras cuidados intensivos olía a esterilidad y a algo dulzón, como la leche en polvo. Los médicos sacaron con cuidado a su hijo de la incubadora; el respirador se había desconectado horas antes por decisión del equipo ahora el bebé respiraba solo.

Al verlo por fin sin tubos ni cintas en la cabeza, Lucía sintió una oleada de felicidad frágil mezclada con el temor de tocar su manita con torpeza.

Cuando por primera vez después de todo le pusieron al niño en brazos, era liviano como algo apenas posible de estar vivo; sus ojos apenas se abrían del cansancio de luchar. Javier se inclinó hacia ellos: «Mira». Su voz temblaba levemente ya no por miedo, sino por algo parecido a una ternura largamente esperada, mezclada con la perplejidad de un hombre ante el milagro de existir.

Las enfermeras sonreían con amabilidad ahora sus miradas eran más cálidas, sin el escepticismo inicial hacia una madre mayor. Otra mujer en la habitación les felicitó en voz baja: «Ánimo. Ahora todo irá bien». Y esas palabras ya no sonaron a consuelo vacío de pronto, tuvieron el peso de la vida real, allí, entre sábanas estériles, bajo los árboles verdes del verano en el patio del hospital.

En las horas siguientes, la familia se reunió como nunca antes: Javier sostuvo a su hijo junto al pecho de Lucía durante más tiempo del que habían estado juntos en años; su madre llegó en el primer autobús, rompiendo su rutina, para ver a su hija tranquila por primera vez en meses; su hermana llamaba cada media hora preguntando por cada pequeño cambio en el bebé desde cuánto dormía hasta cómo respiraba entre tomas.

Lucía se sorprendió sintiendo una fuerza interior de la que solo había oído hablar en artículos sobre maternidad tardía. Ahora la llenaba de verdad al tocar la cabecita de su hijo o al cruzar miradas con Javier entre las camas de la sala.

Días después, les dejaron salir un rato al patio del hospital. Bajo la sombra de los tilos, las aceras brillaban al sol del mediodía; pasaban madres más jóvenes con sus hijos unos reían, otros lloraban, otros simplemente vivían, ajenos a las batallas tras esos muros que antes parecían fortalezas de miedo.

Lucía se quedó junto a un banco, sosteniendo a su hijo con ambas manos, apoyada en el hombro de Javier. Sintió que ahora sí era un verdadero apoyo para los tres, quizá para toda la familia. El miedo había dado paso a una alegría ganada con dolor, y la soledad se disolvió en un mismo aliento, calentado por el viento de julio a través de la ventana abierta de la maternidad.

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