Hermanas: Un Vínculo Inquebrantable

En una de las habitaciones de un enorme bloque de viviendas de Madrid vivían dos mujeres mayores, hermanas de sangre. Si no fuera por la diferencia de años, bien podríamos haber pensado que eran gemelas. Ambas eran delgadas, de rostro alargado, con los labios siempre apretados y una tiara de canas que coronaba sus cabezas. Vestían idénticos uniformes grises, sin brillo, que parecían fundirse con la pared. Toda la comunidad las odiaba, les temía el paso y las despreciaba.

Los jóvenes del edificio las detestaban porque siempre lanzaban críticas y estaban perpetuamente insatisfechas: por la música fuerte, por las fiestas, por los llegados tardíos. Los niños se amedrentaban porque las ancianas denunciaban a los padres por cualquier descuido, como una luz que quedaba encendida en el baño o una bolsa de caramelos tirada en el pasillo.

María del Rosario, dulce y bonachona, las despreciaba también. Le sobraba el título universitario que ella no tenía y que sus hermanas sí poseían; le faltaba familia y descendencia; le desagradaba su costumbre de señalar los errores de todos. Sin embargo, María nunca se entrometía ni se lanzaba con quejas a los niños que se quedaban hasta tarde; simplemente ignoraba los alborotos de Víctor y Sergio, y aquello les bastaba a las dos hermanas, que eran, al fin y al cabo, las vigilantes del bloque.

Los niños adoraban a María. Nunca los delataba a los padres; por muy traviesa que fuera la gente, ella les dedicaba una sonrisa pícara, un guiño y guardaba silencio. En aquel bloque había siempre ruido y parloteo.

Con frecuencia Alba González, la mayor de las dos, salía de su habitación, fruncía el ceño y regañaba a los chicos:

No podéis gritar así, ¿no veis que alguien está descansando? El tío Pedro de la guardia ha llegado, y a lo mejor la señora Valentina está leyendo un libro.

Alba señalaba la puerta donde su hermana Valeria Rodríguez, efectivamente, estaba inmersa en la escritura de una novela. Todos se reían de ella, y María, como siempre, se quedaba por delante.

Val, ¿cuándo terminarás ese libro? ¡Ya me estoy cansando de esperar! le preguntaba la anciana, carcajeándose. Su frase se hacía eco entre los que la oían.

Valeria apretaba sus finos labios y no respondía; al entrar en la habitación sollozaba amargamente sobre el hombro de su hermana:

Alba, ¿por qué hablas del libro? Ya se burlan de nosotras.

Que se burlen, no nos afecta la consolaba su hermana. No lo hacen por maldad, son nuestros vecinos, casi familia. No te ofendas, ni llores.

En 1936 estalló la Guerra Civil, y en septiembre llegó el racionamiento. El hambre no se hizo presente de inmediato, pero el frío sí. El bloque fue adaptándose poco a poco a la nueva realidad: a los carnés de ración, a los pasillos cada vez más vacíos, al sonido de sirenas, al olvido de los olores de la cocina y a los rostros pálidos y demacrados de los vecinos, al silencio que se volvió más denso que el bullicio de antes.

Los jóvenes dejaron de tocar la guitarra, los niños ya no jugaban a las escondidas. La calma se volvió abrumadora y destrozaba el ánimo más que el ruido previo.

Alba y Valeria se fueron delgadas aún más, pero siguieron vistiendo sus grises uniformes, colgados como manteles en una percha, y continuaron vigilando el orden, ahora bajo otras normas. María sólo salía cuando era estrictamente necesario y, un día, desapareció por completo. Se marchó y no volvió. Alba y Valeria la buscaron durante varios días, sin éxito. La anciana se esfumó como si nunca hubiera existido.

En la primavera de 1937, la primera muerte se cobró una víctima en el bloque: falleció la madre de Tolín, dejando al niño solo. Todos lo compadecían, pero la guerra no admitía lástima. Con el tiempo, los dos hermanas lo adoptaron, le dieron de comer, lo cuidaron; apenas acababa de cumplir once años en octubre. Más tarde, los padres de Vázquez y de Julián desaparecieron; el padre estaba en el frente y no se supo nada de él. Valeria y Alba tomaron bajo su protección a esos niños, y a muchos más que vagaban sin hogar dentro del bloque.

Cada una, por turnos, cocinaba una sola vez al día una sopa que sembraba largas horas de preparación, revolviendo y añadiendo algo más. No se sabía con qué se elaboraba, pues los alimentos escaseaban, pero la sopa resultaba exquisita. Todos los niños la recibían a la misma hora, todos los días. La llamaron chapuza.

Abuela Alba, ¿por qué la llamas chapuza? preguntó Tolín, intrigado por el nombre.

Al mencionar a Víctor, una lágrima corrió por la mejilla de Alba. No había visto al muchacho en medio año, pero la mujer respondió:

¡Antonio! ¡Esta sopa la hacemos a la chapuza! Por eso lleva ese nombre, no de otra manera.

¿Qué significa a la chapuza? inquirió el niño.

Pues, ¿qué más da? ¿Quién pone en la olla todo lo que encuentra: mijo, cebada, un poco de harina de repostería? Y si tienes suerte, una cucharada de carne en conserva. Alba acarició la cabeza del chico, sacó del bolsillo un diminuto trozo de azúcar, lo partió en migajas y se lo metió de un golpe en la boca para que no se le escapara ni una partícula.

Tolín, ve a ver si la abuela Valentina ha puesto más pega le decía mientras se preparaba para la siguiente ronda.

Al final, tomaron a todos los huérfanos bajo su techo. Vivir juntos les dio calor y alivió el terror de los niños. Se arropaban unos a otros, y la abuela Valeria les contaba cuentos antes de dormir, sacados de su libro inacabado que hacía tiempo que había destinado a la leña. Pero ella recordaba cada historia a la perfección y, a su modo, las inventaba de nuevo. Los niños, sin sus relatos, no podían conciliar el sueño y pedían:

Abuela Valeria, ¿puedes contarnos hoy la historia de la hermosa de los Montes de la Silla?

Claro que sí respondía ella, iniciando la narración.

Las tareas estaban repartidas: la abuela Alicia vigilaba que todos trabajaran; Tolín avivaba la estufa, Vázquez reunía leña y la preparaba; las chicas iban por agua, distribuían los carnés de ración, ayudaban a cocinar la sopa y cantaban. Julián se encargaba del canto, aunque fuera a medias, y cada mañana se alzaba el coro.

Un día Alba trajo a una niña de la calle, grave, casi al borde de la muerte. La cuidaron y la recuperaron. Después Valeria trajo a otro chico, y luego a más y más.

Al final del racionamiento, la habitación de las dos hermanas albergaba a doce niños. Todos sobrevivieron. ¿Cómo? Fue un milagro, sin duda alguna. La sopa chapuza siguió cocinándose después de la guerra. Los niños crecieron, se dispersaron y fueron a distintas partes del país.

Pero nunca se olvidó a la abuela Alicia y a la abuela Valeria. Permanecieron en aquel bloque hasta que casi alcanzaron los cien años. El libro de cuentos, rescatado de la leña, se convirtió en Mi querida comunidad. Cada 9 de mayo, mientras ambas vivían, se reunían todos los que habían sido hijos de aquel bloque, formando una gran familia que se hacía mayor con cada generación. Incluso llegaron los bisnietos.

¿Y cuál era el plato principal de la mesa? Exacto, la sopa chapuza. No había nada más sabroso que aquella sopa de la época del racionamiento, condimentada con bondad y con la fuerza del espíritu que salvó tantas vidas infantiles.

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