Regresa a tu esencia

Regresar a uno mismo

Luz, que había tomado como hábito madrugar con la ventana abierta, sentía cómo el aire de primavera se colaba en la habitación, como un susurro de la calle de la Gran Vía. La luz tibia se posaba sobre el alféizar y, desde el patio trasero del edificio, se escuchaban las voces de los paseantes tempraneros y el canto breve de un mirlo. Mientras el café con leche burbujeaba en la cafetera, ella encendía el portátil y, como primer acto, abría Telegram. En los últimos dos años aquel canal se había convertido no solo en una herramienta de trabajo, sino en un diario peculiar de observaciones profesionales. Compartía consejos para colegas, respondía a preguntas de los suscriptores y analizaba los problemas típicos de su ámbito, siempre con mesura, sin sermones y con paciencia ante los errores ajenos.

En los días laborables su agenda estaba cronometrada al minuto: videollamadas con clientes, revisión de documentos, correos electrónicos. Pero, aun entre tareas, encontraba un instante para mirar el canal. Los mensajes llegaban con regularidad: alguien pedía una recomendación, otro agradecía una explicación detallada de una cuestión compleja. A veces los suscriptores proponían temas para futuros artículos o relataban sus propias experiencias. Luz había aprendido, en dos años, que esa comunidad había pasado a ser un verdadero espacio de apoyo y de intercambio de saberes.

La mañana transcurría apacible: unas cuantas preguntas nuevas sobre un post, un par de agradecimientos por el artículo de la víspera sobre matices legales, un colega que enviaba un enlace a una noticia reciente del Boletín Oficial del Estado. Anotó varias ideas para próximas publicaciones y, con una sonrisa, cerró la pestaña. Un día de trabajo denso la aguardaba.

Al mediodía, tras una llamada, volvió a Telegram en un breve receso. Su mirada se fijó en un comentario extraño bajo el último post: un nombre desconocido, tono cortante. El autor la acusaba de falta de profesionalismo y tachaba sus consejos de inútiles. Al principio decidió no responder, pero una hora después apareció otro mensaje similar, y luego varios más, todos con la misma carga acusadora y despectiva. Repetían los temas: supuestos errores en sus materiales, dudas sobre su cualificación, sarcásticas burlas sobre consejos de un teórico.

Luz intentó contestar con moderación y argumentación, citando fuentes y explicando la lógica de sus recomendaciones. Sin embargo, la corriente negativa se intensificó: surgieron acusaciones de deshonestidad y de sesgo. Algunos mensajes aludían a una aversión personal o ridiculizaban su estilo editorial.

Esa misma tarde intentó distraerse con una caminata: el sol aún no se ocultaba, el aire estaba templado, y el olor a hierba recién cortada inundaba el patio interior. Pero los pensamientos regresaban al móvil; en su mente cruzaban posibles respuestas. ¿Cómo demostrar su competencia? ¿Valía la pena probar algo a desconocidos? ¿Cómo surgió aquella avalancha de juicios en un espacio que antes había sido de confianza y serenidad?

Los días siguientes la tensión sólo empeoró. Cada nuevo post recibía decenas de comentarios idénticos, críticos y burlones; casi desaparecieron los agradecimientos y las preguntas constructivas. Luz notó que empezaba a abrir los mensajes con cautela: sus manos se humedecían al sonar cada notificación. Por las noches permanecía frente al portátil, intentando averiguar qué había provocado tal reacción del público.

Al quinto día le resultaba difícil concentrarse en el trabajo; su mente volvía una y otra vez al canal. Le parecía que años de esfuerzo podían quedar anulados por aquella corriente de desconfianza. Apenas respondía a los comentarios; cada palabra le parecía vulnerable o insuficientemente ponderada. Luz sentía una soledad interior dentro de un espacio que antes le resultaba amistoso.

Una noche, con los dedos temblorosos, abrió la configuración del canal. Contuvo la respiración antes de pulsar el botón que desconectaba los comentarios. Escribió un breve mensaje: «Amigos, me tomo una semana de pausa. El canal queda temporalmente suspendido para revaluar el modo de interacción». Las últimas líneas le costaron más que nada; deseaba explicar todo con detalle o justificarse ante sus lectores habituales, pero la energía ya no estaba.

Cuando la notificación de la pausa apareció sobre el hilo de mensajes, Luz sintió un alivio mezclado con vacío. La noche era cálida; el leve crujido de la ventana de la cocina dejaba entrar el perfume de la hierba fresca. Cerró el portátil y se quedó larga y silenciosa en la mesa, escuchando las voces de la calle y preguntándose si volvería a aquel trabajo que antes le producía alegría.

No tardó en acostumbrarse al silencio que siguió al cierre del canal. El impulso de comprobar los mensajes persistía, pero ahora acompañaba una sensación de alivio: ya no tenía que defenderse, justificarse ni buscar fórmulas que complacieran a todos.

Al tercer día de pausa comenzaron a llegar los primeros correos. Primero, un colega escribió conciso y directo: «Veo silencio en el canal si necesitas apoyo, aquí estoy». Después siguieron varios mensajes de quienes la conocían en persona o leían sus artículos desde hacía tiempo. Compartían experiencias parecidas, narraban enfrentamientos con críticas y comentaban lo duro que resulta no tomarse esos ataques como algo personal. Luz los leía despacio, a veces repitiendo en su mente las frases más cálidas.

En los mensajes privados los suscriptores preguntaban siempre lo mismo: ¿qué ocurrió? ¿Todo bien? Sus palabras estaban cargadas de preocupación y asombro: para ellos el canal era un foro de diálogo profesional y apoyo. Luz se sorprendía; a pesar de la ola de negatividad anterior, ahora la mayoría se acercaba con sinceridad, sin exigencias. Algunos simplemente agradecían los antiguos artículos o recordaban algún consejo que les había servido años atrás.

Una noche recibió una carta extensa de una joven abogada de Valencia: «Leí sus publicaciones casi desde el inicio. Sus materiales me ayudaron a conseguir mi primer puesto y a no temer a preguntar». Esa misiva se quedó más tiempo en su memoria; sintió una extraña mezcla de gratitud y ligera vergüenza, como si un recuerdo importante la hubiese recordado algo que casi había olvidado.

Poco a poco la tensión cedió paso a la reflexión. ¿Por qué una opinión ajena resultó tan destructiva? ¿Cómo diez comentarios venenosos pudieron eclipsar cientos de respuestas calmadas y agradecidas? Rememoró casos de su práctica: clientes desanimados tras experiencias fallidas con otros profesionales que, al recibir una explicación clara suya, recuperaban la confianza. Sabía por experiencia que el apoyo genera energía, mientras que la crítica sólo desgasta.

Decidió releer sus primeras publicaciones del canal, esos textos escritos con ligereza y sin miedo al juicio imaginario. En ese entonces no pensaba en reacciones de extraños; escribía para colegas con la misma honestidad con que se hablaría en una mesa redonda después de una conferencia. Ahora esos escritos le parecían particularmente vivos precisamente porque fueron creados sin temor a la burla.

En las noches observaba las ramas de los álamos fuera de la ventana; el follaje denso parecía un muro que separaba su apartamento de la calle. Durante esa semana se permitió no apresurarse: desayunaba con pepinos y rábanos frescos del mercado, paseaba por los senderos sombreados del patio después del trabajo, a veces hablaba por teléfono con colegas y, a veces, guardaba silencio durante largos minutos.

Al final de la semana el miedo interno empezó a menguar. Su comunidad profesional resultó más sólida que la ola pasajera de negatividad; los mensajes amistosos y los relatos de sus colegas devolvían la sensación de que su labor tenía sentido. Luz sintió un deseo cauteloso de regresar al canal, pero ya sin la urgencia de agradar a todos ni de responder a cada puñalada.

En los últimos dos días de pausa estudió a fondo la configuración de Telegram para canales. Descubrió que podía limitar la discusión solo a miembros registrados, borrar rápidamente mensajes indeseados y designar moderadores entre colegas de confianza. Ese conocimiento le dio seguridad: ahora disponía de herramientas para protegerse a sí misma y a sus lectores de situaciones repetidas.

Al octavo día se despertó temprano y sintió serenidad, como si la decisión hubiera surgido sin presión interna. Abrió el portátil junto a la ventana de la cocina; el sol ya iluminaba la mesa y parte del suelo. Antes de volver a abrir el canal a todos los suscriptores, redactó un breve anuncio: «¡Amigos! Gracias a quienes me apoyaron durante este tiempo con palabras y cartas. Reanudo el canal con una versión renovada: los debates estarán reservados a los miembros del grupo; las normas son simples respeto mutuo obligatorio para todos los participantes». Añadió unas líneas sobre la importancia de mantener un espacio profesional abierto al intercambio constructivo, pero protegido de la agresión.

El primer post de la nueva etapa fue breve: un consejo práctico sobre una cuestión complicada de la semana; el tono siguió siendo el mismo, tranquilo y cordial. En una hora aparecieron los primeros ecos: agradecimientos por el regreso, preguntas sobre el tema y breves notas de apoyo. Alguien escribió simplemente: «Te esperábamos».

Luz percibió una sensación familiar de ligereza interior; no había desaparecido pese a la pesada semana de dudas y silencio. Ya no necesitaba demostrar su competencia a quienes solo buscaban polémica; ahora podía dirigir su energía hacia quienes realmente la esperaban: la comunidad profesional de colegas y suscriptores.

Al atardecer de ese día volvió a salir a caminar antes de la puesta del sol: los árboles del patio proyectaban largas sombras sobre los caminos adoquinados, el aire era fresco tras el calor del mediodía, y desde las ventanas de los vecinos se filtraban voces cotidianas de cenas y conversaciones telefónicas. Esta vez sus pensamientos no volvieron a la ansiedad, sino a nuevas ideas para futuros posts y a proyectos compartidos con colegas de otras ciudades.

Se sentía parte de algo mayor, sin temor a ataques aislados, segura de su derecho a dialogar con honestidad y apertura, como siempre había sabido hacerlo.

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