Nos cruzamos la mirada al instante.
¿Hay sitio libre?
Claro, ¿le ayudo con la maleta?
Gracias ¡vaya, qué bochorno!
¿Quiere que abra la ventanita?
Sí, si puede.
El traqueteo de los rieles resonó, y fuera de la ventana la noche se desplomó sobre la tierra.
Yo me llamo Begoña dijo ella.
Yo soy Andrés repuse.
Así empezó la charla, una conversación de camino entre dos desconocidos. Ella tenía veintidós años, yo veinticinco. La charla se alargó una hora, luego dos, y después tres, sin que ninguno de los dos hubiera pensado que, tres horas antes, ni siquiera sabíamos de la existencia del otro.
¿De qué hablábamos? De nada, en realidad, y sin embargo de todo. Como siempre ocurre en los trenes, arrancamos por el tiempo, luego por los precios «¿Cuánto cuesta el billete?», preguntó y, naturalmente, terminamos hablando de la vida.
Yo fui el primero en abrirme: conté mi infancia, a mis padres, mi oficio baterista de la Orquesta Filarmónica, integrante del conjunto de percusión. Saqué del estuche de mi diplomado unas fotos tituladas «Pájaro azul», «Gemas», «Jóvenes alegres». Entre esas imágenes me encontré yo, bajo las luces.
¡Vaya! exclamó ella ¡Qué interesante!
¿Y tú, Begoña? pregunté.
Yo trabajo en el Comité Central de la Juventud Socialista de Madrid. ¡Anda! me quedé sorprendido ¿En la capital?
Así es. No llevo fotos conmigo, pero aproveché el permiso para volver a mi tierra natal, donde mis abuelos son de aquí. Me contaría horas cómo llegué a Madrid.
Pues cuéntame, ¿a dónde nos dirigimos? insistí.
Después me explicó cómo había ingresado al comité. La noche se alargó, y seguimos sentados uno frente al otro, cara a cara.
Al amanecer, Andrés dejó a su nueva amiga en una parada desierta, meció la mano en despedida y desapareció por completo. Desde entonces no volvió a hablar ni a relacionarse con ninguna mujer, porque cada vez que veía a una, le recordaba a Begoña, la compañera de viaje nocturna. Ninguna mujer logró tocarle el corazón.
Llamó a varias que le recordaban su silueta, se disculpó avergonzado como un muchacho, y escribió miles de cartas que jamás envió. ¿A dónde hubieran ido? ¿A Madrid? ¿Al Comité? No había ni apellido ni dirección, ¡qué torpeza!
Resultó cómico: en cada concierto, sentado tras su batería, miraba la sala a través de los focos, imaginando que ella estaba allí. Dibujaba su retrato de memoria y lo pegaba sobre la cabecera de la cama en cada hotel. Todas las mujeres del mundo desaparecieron para él, salvo una: la única Begoña.
La vida siguió su curso, pero no caminó, voló. La transición, el golpe de Estado, los vales de la época, la desintegración de la URSS, la escisión del partido y su leal base juvenil. Ya no había Comité ni Politburó.
Los músicos, bajo cualquier régimen, siguen siendo músicos: cantan, bailan y su vida rueda sobre raíles.
En una nueva gira, entré al coche restaurante y, como tú, lector, todo ocurrió tal cual. En una de las mesas estaba Begoña, la misma que había aparecido en mis sueños durante años. Lo curioso era que estaba sola, sin ningún hombre a su lado. Me quedé paralizado en la puerta. Begoña alzó la vista.
Así es, Santi exhalé, encendí otro cigarrillo, serví el resto de la cerveza en los vasos, tomé un trago y continué. Fue entonces, en el coche restaurante, cuando comprendí el dicho «como un martillo en la cabeza». El ruido retumbaba en mis oídos, veían círculos de colores delante de mis ojos, las piernas flácidas, parecía que iba a desplomarme sobre el suelo del restaurante. Yo, como un tonto, estaba ciego. Entonces Begoña se levantó, se acercó y apoyó su cabeza sobre mi pecho y, como en aquella película que conoces, susurró: «¡Cuánto tiempo te buscaba!». Esa es la historia, Santi. La llevé a mi casa en Soria y descubrí que ella, todos esos años, había recorrido las calles de ciudades, observando los rostros de los hombres que pasaban, asistiendo a casi todos los espectáculos de música popular, mirando siempre a los bateristas. Igual que yo, ella esperaba que algún día, en un día perfecto, el destino les juntara.
Se me acabaron los cigarrillos en el tren, fui al coche restaurante a comprar más, y el resto ya lo sabes, Santi.
Lo supe todo porque mi antiguo compañero del conservatorio, Andrés, me lo contó el segundo día de su boda con Begoña. Estábamos en la cocina, los invitados se habían marchado, Begoña descansaba en su habitación. Nos habíamos cruzado en una gira, dos semanas antes de la boda, y yo había sido invitado formalmente entre los asistentes.
Así fue su romance sobre rieles, y siguen vivos hasta hoy.
Y la vida sigue. Quién sabe, quizá justo ahora, en algún compartimento de un tren, se abre la puerta y:
¿Hay sitio libre?
Claro, ¿le ayudo con la maleta?
Gracias ¡vaya, qué bochorno!
¿Quiere que abra la ventanita?
Sí, si puede.







