Tu hijo no es mío», afirmó el marido tras 15 años de matrimonio, mostrando los resultados de la prueba de ADN.

Tu hijo no es mío soltó Diego después de quince años de matrimonio, mostrando los resultados del análisis de ADN.
¡Siempre lo defiendes! Cada vez, como si él no tuviera que responder de sus actos replicó Oliva, la voz firme como el acero. Antonio tiene quince años, es un niño. Salieron con sus amigos, se pasaron de la risa y, sí, rompieron una ventana. No es el fin del mundo.

¿Un niño? se rió Diego, alzando la ceja. A los quince yo ya trabajaba en verano, ayudaba a mi padre. ¿Y él qué? ¿Jugar con los colegas y romper cristales? No es la primera vez que se mete en líos.

Escucha tomó Oliva una respiración profunda, conteniendo la irritación Antonio saca buenas notas, nada más, nada menos, nada menos nada, y nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada, nada menos nada (oops ignore) está en natación. Hoy se ha portado como un tonto, pero

¡Otro pero! Siempre tienes una excusa para sus travesuras. ¿Sabes qué me sorprende? se acercó Diego, bajando la voz. Su comportamiento no se parece en nada a lo que se hacía en mi familia. Nosotros respetábamos a los mayores, nunca nos permitíamos eso.

¿Y eso qué tiene que ver con tu familia? negó con la cabeza Oliva. Los tiempos cambian, Diego.

No es cuestión de época giró la mirada hacia la ventana. Es cuestión de sangre.

Oliva se quedó paralizada, sin entender a qué se refería. Antes de que pudiera preguntar, la puerta de entrada se cerró de golpe y Antonio entró en la cocina. Alto, delgado, con el pelo castaño despeinado y los ojos grises que tanto le recordaban a los de su madre.

Hola gruñó, tirando la mochila al suelo.

No vuelvas a tirar mis cosas así replicó Diego, crujiendo la voz.

Antonio puso los ojos en blanco:

Vamos, papá, es sólo una mochila.

No sólo una mochila, sino tu actitud, tu forma de tratar las cosas, la casa, las normas apretó los puños Diego. Nos llamó la madre de Carlos. Nos contó que la ventana de la escuela se había roto.

Antonio lanzó una mirada rápida a su madre:

Estábamos jugando al balón en el patio y… la ventana se rompió sin querer.

¿Sin querer? bufó Diego. ¿Y justo en la oficina del director?

¿Cómo iba a saber que era la oficina del director?

Si lo hubiera sabido, ¿habrías apuntado a otra cosa? la amargura se reflejaba en su tono.

Basta, Diego intervino Oliva. Antonio, cena en la cocina. Come y ponte a estudiar.

Antonio asintió agradecido, tomó la mochila y se dirigió a la cocina. Diego lo observó con la mirada pesada.

¿No crees que eres demasiado estricto? preguntó Oliva cuando su hijo desapareció por la puerta.

¿Y no te parece que lo consientes demasiado? devolvió Diego, sin perder la sonrisa cínica. No es de extrañar.

¿Qué quieres decir?

Nada. Olvídalo. sacudió la mano y salió de la habitación.

Oliva quedó en medio del salón, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Últimamente Diego se había vuelto más irritable, revisándole cada detalle a Antonio. Siempre habían tenido una relación tensa: él pensaba que ella era demasiado blanda, ella que él era demasiado exigente. Pero en los últimos meses algo había cambiado, una sospecha nueva surgió, como si una vieja herida se hubiera reavivado.

La noche transcurría en un silencio tenso. Antonio se encerró en su cuarto, Diego se quedó en su despacho, Oliva intentaba leer, pero su mente daba vueltas. Aquella extraña frase sobre la sangre no la dejaba en paz.

En la oscuridad, junto a Diego, Oliva preguntó:

¿Qué está pasando entre tú y Antonio? ¿Por qué reaccionas así a sus errores?

Diego guardó silencio tanto tiempo que Oliva pensó que ya dormía. Finalmente se giró y, bajo voz, respondió:

Quiero que sea un hombre de verdad, responsable. No como

¿Como quién?

No importa. Duerme. se volvió hacia la pared.

La mañana siguió cargada del mismo peso. En el desayuno, el silencio era total. Antonio se levantó rápido, tomó el desayuno y salió al instituto sin esperar las habituales lecciones de su padre. Diego miraba el móvil sin despegar la vista.

Hoy me retraso dijo mientras terminaba su café. Tengo una reunión con clientes.

Vale asintió Oliva. Yo preparo la cena.

No hace falta, se levantó. No sé a qué hora volveré.

El día se alargó lentamente. Oliva trabajaba desde casa, traduciendo artículos para una revista científica. Normalmente su labor la absorbía, pero hoy no podía concentrarse. La frase de la sangre, el comportamiento extraño de Diego, el abismo que se abría entre él y su hijo, todo giraba en su cabeza.

Antonio volvió del instituto de buen humor. Contó que había hablado con el director y se había disculpado por la ventana.

Los chicos hemos decidido trabajar los fines de semana para pagar el cristal dijo, ayudando a Oliva a cortar verduras para la ensalada.

Buena idea sonrió Oliva. Papá quedará contento.

Antonio bufó:

Dudo mucho que ahora le agrade algo. Últimamente parece que nada de lo que haga le convenza.

No digas eso le acarició la espalda. Sólo se preocupa por ti, quiere que seas una buena persona.

¿Una buena persona como él? la voz de Antonio traicionaba la herida. ¿Como el que vuelve a casa y se pone a criticar a todos?

Antonio le advirtió Oliva con firmeza no hables así de tu padre.

Lo siento bajó la cabeza. A veces siento que no me quiere.

Oliva sintió que su corazón se encogía. Lo abrazó:

No es verdad. Te quiere. Solo a veces no sabe expresarlo.

Antonio se encogió:

Si tú lo dices

Diego no llegó a la cena. No apareció ni a las diez. Oliva lo llamó varias veces, pero el móvil seguía sin señal. Era raro; él siempre avisaba si se retrasaba.

Antonio se fue a dormir, y Oliva se quedó con una taza de té tibio cuando, por fin, la cerradura giró. Diego entró tambaleándose, claramente bebido.

¿Dónde has estado? Me preocupaba le dijo ella, acercándose.

Diego la miró con una expresión de evaluación:

¿Preocupada? ¿En serio?

Por supuesto. No contestaste, no avisaste

Quince años interrumpió, tambaleándose ligeramente. Quince años he sido el marido ejemplar, he trabajado, he mantenido a la familia, sin preguntas. Y tú

¿Qué? Oliva sintió un escalofrío.

Sabes, siempre creí que teníamos una familia buena. No perfecta, pero real. Yo confiaba en ti.

Todavía puedes confiar en mí respondió ella en voz baja. Nunca te he mentido.

Diego esbozó una sonrisa amarga y sacó de su bolsillo un pliego doblado:

¿Esto?

¿Qué es?

Resultados de una prueba de ADN. lo extendió sobre la mesa. Tu hijo no es mío, Oliva. Quince años me has engañado.

Oliva sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Se aferró al borde de la mesa para no caer.

¿Qué? ¿Qué prueba? ¿Cuándo?

Hace una semana dijo, burlón. Le dije a Antonio que necesitábamos análisis por seguridad. Él lo creyó. Hoy me llegan los resultados.

Oliva tomó el papel temblando. Los términos médicos se le desdibujaban, pero el mensaje era claro: probabilidad de paternidad excluida.

No puede ser murmuró. Debe ser un error.

¿Error? rió Diego, sin humor. ¿Quién es, entonces, el padre de Antonio?

Tú afirmó ella con voz firme. Eres su padre, Diego. Nunca con nadie ¡Me conoces!

Pensaba que sí sacudió la cabeza. Quince años. Toda una vida. Y ahora resulta que he criado al hijo de otro.

Oliva lo miró horrorizada:

Diego, es un error. Tal vez confundieron muestras en el laboratorio

¿O qué? se acercó, agitado. ¿Que tuve una aventura antes del matrimonio? ¿Que te engañé?

¡Jamás! exclamó, con las lágrimas a punto de desbordarse. Siempre te amé, desde el primer día.

Entonces explica este resultado golpeó el papel contra la mesa. ¿Por qué dice que no soy el padre?

De pronto, la puerta del pasillo se abrió y Antonio apareció, con el cabello despeinado, en pijama. Su rostro mostraba confusión.

No pasa nada, hijo dijo Oliva rápidamente. Solo una conversación de adultos. Vete a dormir.

Papá repitió Diego, con voz resonante. ¿De quién?

¿Qué? Antonio miró sin comprender, alternando la mirada entre sus padres.

No, Oliva, no lo hagas suplicó ella, intentando calmar la situación.

¿Por qué no? insistió Diego, levantándose tambaleándose. Tiene derecho a saber. Tú también tienes derecho a saber, Antonio. ¿Sabes por qué siempre he sido tan estricto? Porque, en el fondo, sentía que no eras de mi sangre.

Papá, estás bebido dijo Antonio, retrocediendo hacia la puerta.

¡Yo no soy tu padre! gritó Diego, arrojando la taza del mostrador. Mira esto empujó el papel a Antonio. Es la prueba de ADN. Quince años viviendo una mentira.

Antonio lo miró, el rostro pálido.

¿Es verdad? preguntó a su madre. Yo no

¡No! corrió Oliva hacia él, abrazándolo. Es un error terrible.

¿Trabajas en un laboratorio? espetó Diego, sarcástico. ¿De dónde sacas esa seguridad?

Porque lo sé contestó Oliva con determinación. Nunca te engañé. No hubo otro hombre.

Antonio se soltó del abrazo:

No entiendo. ¿Quién es entonces mi padre?

El silencio se volvió denso. Diego volvió a sentarse, como si el enojo se hubiera desvanecido. Oliva quedó con las manos tapándole la boca, intentando contener el sollozo.

Quiero saber la verdad dijo Antonio en voz baja. Toda la verdad.

Oliva asintió lentamente:

Tienes razón. Mereces saberlo, aunque sea difícil.

¿Qué es lo difícil? preguntó Diego, con una sonrisa amarga. Dime el nombre del verdadero padre.

No se trata de eso exhaló Oliva profundamente. ¿Recuerdas que te hablé de mi hermana Nieves?

¿La que murió antes de que yo naciera? contestó Antonio. ¿En un accidente?

Sí asintió Oliva, sentándose. Nieves era mi hermana gemela. Teníamos caras parecidas, pero personalidades distintas. Ella era valiente, siempre metiéndose en líos; yo más hogareña.

Diego frunció el ceño:

¿Qué tiene que ver tu hermana con esto?

Pues que Nie Nie estaba embarazada cuando sufrió el accidente. Llevaba siete meses. Los médicos salvaron al bebé, un niño.

El ambiente se volvió aún más cargado.

¿Qué? murmuró Diego. ¿Quieres decir?

Antonio es hijo de Nieves susurró Oliva. Cuando nos conocíamos recién, ella estaba sola, el padre del niño desapareció al enterarse del embarazo. Después del accidente, sus padres ya estaban muy entristecidos. Yo decidí criarlo como mío.

Diego se quedó inmóvil.

Así que te casaste rápido balbuceó. Yo pensé que estabas loca por mí.

Yo también estaba loca por ti respondió Oliva, suplicante. Te amaba y sabía que aceptarías al niño.

¡Y nunca me lo dijiste! estalló Diego, golpeando la mesa. ¡Me obligaste a creer que era mi hijo!

Quería contártelo sollozó Oliva. Muchas veces quise, pero temía que me dejaras. Después, el tiempo pasó y… ya estabas tan apegado a Antonio que no podía decirlo sin romperlo todo.

¿Entonces no soy su madre? preguntó Antonio, la voz temblorosa.

No, técnicamente soy su tía aclaró Oliva. Pero te he criado como a mi propio hijo. Siempre te he querido.

Antonio intentó asimilarlo:

¿Y mi verdadera madre? quiso saber sobre Nie Nie.

Era hermosa, talentosa. Pintaba paisajes y soñaba con vivir en Madrid. Tenía la risa que ahora veo en ti.

¿Y mi verdadero padre?

No lo sé admitió Oliva. Nieves nunca dijo quién era. Solo sé que él huyó cuando supo del bebé.

Diego, con la cabeza entre las manos, murmuró:

Quince años ¿por qué no me lo dijiste antes?

Tenía miedo respondió Oliva. Tenía miedo de perderte. Después, pensé que la verdad sólo destruiría lo que habíamos construido.

Diego levantó la vista, cansado:

La confianza, Oliva la verdad. Tú tomaste la decisión por mí. No me diste opción.

Lo sé dijo ella, arrodillándose. Y lo lamento. Pero siempre te he amado. Te sigo amando. Y a Antonio lo amo con la vida.

Diego permaneció mirando a Antonio:

¿Qué sientes?

Antonio encogió los hombros:

No lo sé. Todo es raro. Como si de pronto fuera otra persona.

No eres otra persona afirmó Oliva con firmeza. Sigues siendo el mismo Antonio, solo ahora sabes un poco más de tu origen.

¿Y las fotos? preguntó Antonio de repente. ¿Tienes fotos de mi madre real?

Claro asintió Oliva. Tengo un álbum. Te lo mostraré y te contaré todo lo que recuerdo.

Diego se levantó:

Necesito estar solo un rato, pensar.

Dima intervino Oliva, levantándose también. Entiendo lo que sientes. Pero por favor, no tomes decisiones precipitadas. Somos familia. Quince años lo hemos sido, aunque la base haya sido extraña.

La familia no se basa en mentiras replicó Diego, sacudiendo la cabeza. Me engañaste todo este tiempo.

Sí, te engañé aceptó ella. Y también fallé con Antonio. Lo amé y lo crié como propio. Tú lo amaste como tu hijo. ¿No es eso real? ¿Acaso la biología importa más que lo que sentimos?

Diego permaneció en silencio, luego volvió la vista a Antonio:

Sabes, hice la prueba porque últimamente me pareces tan distinto a mí. Ni por fuera, ni por dentro. Me enfadaba contigo pensando que no querías ser como yo. Resulta que

Que nunca pude ser como tú terminó Antonio, en voz baja. La genética.

No es la genética interrumpió Diego, sorprendido. Yo también estuve equivocado. Quince años te he criado, te he enseñado a montar en bici, a ayudar con los deberes, a ir a entrenar. Te quiero. Y ahora me doy cuenta de que mi enojo no era contra ti, sino contra mí mismo, porque sentía que algo no encajaba y no sabía qué.

¿Y ahora? preguntó Antonio. ¿Qué pasa?

Diego respiró hondo:

No lo sé. Sinceramente, no sé. Necesito tiempo para procesarlo.

Dima dijo Oliva, acercándose te pido perdón. Pero no te vayas. Intentemos hablar cuando las emociones se calmen. Somos una familia, aunque todo haya empezado de forma extraña.

Al fin, bajo la luz tenue del amanecer, los tres se abrazaron, aceptando que el amor que los había unido siempre había sido más fuerte que cualquier verdad oculta.

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Tu hijo no es mío», afirmó el marido tras 15 años de matrimonio, mostrando los resultados de la prueba de ADN.
I Went to the Kennel to Get a Puppy… and Came Home with an Elderly Blind Dog.