Un vínculo para toda la vida

**Una conexión para toda la vida**

Marta caminaba lentamente por el largo pasillo de su piso, como si su paso reflejara la calma de aquella tardetransparente y cálida, cuando el sol aún no se apresura a esconderse tras los edificios. Dejó una taza de té sobre la mesa y abrió el portátil. Entre los correos nuevos, uno destacaba: «Promoción 2004. ¡Veinte años!». Le sorprendió pensar que ya habían pasado dos décadas. Se quedó mirando la pantalla, recordándose con el uniforme del colegio y los lazos ridículos de su compañera de pupitre.

El atardecer se alargaba, y la luz suave se posaba sobre las cortinas blancas. Marta pensó en lo poco que quedaba entre ella ahora y aquella niña que corría por las mismas calles. Releyó el correo: su antigua tutora recordaba el aniversario y los invitaba a reunirse. Sonrió ante el recuerdolos rostros de sus compañeros volvían sin esfuerzo. Todos habían tomado caminos distintos: algunos se mudaron a otra ciudad, otros se quedaron. Solo mantenía contacto con dos amigas, y aún así, las conversaciones eran cada vez más escasas.

Mientras el té se enfriaba, Marta dudaba si organizar el encuentro. La invadieron los miedos¿tendría tiempo? ¿Contarían con los demás? Pero algo dentro de ella insistía: si no lo hacía ella, nadie lo haría.

Miró alrededor. En el alféizar florecían violetas. Desde la calle llegaban risas de niños jugando al balón. Sacó un álbum de fotos antiguasrostros que no veía desde hacía años: algunos con melenas cortas, otros con coletas. De pronto, recordó esconderse en la sala de profesores con Ana, seguras de que nunca las encontrarían.

Los recuerdos se encadenaban. Sonrió. Había tomado una decisión: la reunión sería. Pero en el fondo, una inquietud persistía¿lograría juntarlos a todos? ¿Volvería a sentir esa ligereza de la infancia?

Escribió a sus dos amigas: «¿Habéis visto lo del aniversario? Organicémoslo». Las respuestas llegaron al instante: una entusiasmada, la otra dudaba. Marta insistió, tecleando rápido. Finalmente, su amiga cedió: «Si tú lo haces, cuentas conmigo».

Así empezó. Abrió el navegador y buscó en la red de antiguos alumnos. La contraseña se autocompletóno entraba desde hacía años. La página estaba llena de rostros desconocidos. En la sección de su clase, encontró apellidos familiares. Algunos perfiles llevaban inactivos una eternidad. Envió mensajes cortos: «Hola, soy Marta. Preparamos una reunión. ¿Te apuntas?». Puntos verdes junto a los nombres indicaban quiénes estaban conectados.

Buscar a todos fue más difícil de lo esperado. Varios números ya no existían. Revisó otras redesalgunas habían cambiado de apellido al casarse, otras tenían fotos de paisajes en lugar de retratos. A veces, escribía a desconocidos con nombres similares, por si acaso. Cada vez, el corazón le latía un poco más rápido.

En el proceso, los recuerdos volvían: las clases de literatura, donde discutía con el profesor sobre Lorca; las excursiones al río con toda la clase; el primer campamento escolar. Y, sobre todo, su primer amorJavier Márquez, de la clase paralela. Sonrió: incluso ahora, evocarlo le producía una dulce intranquilidad.

Una noche, recibió un mensaje de Pablo, el chico callado del fondo que casi nunca participaba en nada. Decía simplemente:

«Hola. Buena idea. Cuenta conmigo».

Eso le dio fuerzas. Dos compañeros más se unieron a la organización, discutiendo posibles lugares para la reunión.

En casa, el ambiente parecía más cálidoquizá porque ahora abría las ventanas de par en par. Entraba el aire fresco, mezclado con el aroma de las hojas nuevas y el murmullo de la ciudad al anochecer. Las flores del alféizar florecían, y Marta las acariciaba al pasar.

Un día, Anasu amiga de la infanciala llamó.

¿Te acuerdas del primer día de cole?preguntó.

¡Claro! Temía olvidarme el poema de memoria.

Y yo pisé mi babi blanco delante del director.

Ambas rieron.

¿Nos vemos seguro?dijo Ana.

¡Lo estoy organizando todo!respondió Marta.

Por las noches, hacía listas: marcaba con un tick los nombres de quienes contestaban, anotaba teléfonos o enlaces a redes sociales. A veces se quedaba hasta tarde escribiendoplanificando el menú, quién llevaría fotos o recuerdos.

Lo que más le intrigaba era Javier Márquez. Su perfil llevaba años inactivo, y no tenían contactos en común. Buscó en el grupo de su clase paralela, pero nadie tenía su número actual. Una foto antigua lo mostraba junto al río, sonriendo levemente, apartado del grupo.

«No sé si vendrá», murmuró.

Llegó el día. La escuela les prestó su antigua aula del segundo piso, con las ventanas abiertas para que entrara el aire. Marta llegó antes que nadiequería recorrer los pasillos, pintados del mismo color claro. En los alféizares, alguien había puesto ramos de flores silvestres.

Poco a poco, fueron llegando los compañeros. Algunos trajeron a sus hijos, otros cajas de fotos, otros la abrazaron con tal fuerza que casi la hicieron soltar sus papeles. Las conversaciones eran susurroshistorias de exámenes tramposos o excursiones fallidas. El aula se llenó de voces, las risas resonando bajo el techo.

Marta notó que buscaba, sin querer, un perfil conocido. Cada vez que se abría la puerta, su corazón se detenía un instante. Hablaba con todos, preguntaba por sus vidas, escuchaba relatos de familias y trabajos pero la tensión crecía.

Cuando la puerta se abrió de nuevo, Marta calló a mitad de frase. Entró Javier Márquezcasi no había cambiado: algunas canas, la misma postura recta y esa sonrisa tranquila que siempre le robaba el aliento. Sus miradas se encontraron al instante.

Se acercó, y el bullicio pareció amortiguarse.

Hola, Marta Qué bueno verte después de tantodijo en voz baja.

Yo también me alegro Pareces el mismorespondió ella.

No podía perdérmelosonrió. Gracias por organizarlo.

En ese momento, todo lo demás dejó de importar. Todas las dudas, las búsquedas, habían valido la pena.

Las conversaciones se volvieron más íntimas. Algunos compartían no solo anécdotas, sino decisiones de vida. Sobre la mesa, quedaban platos con empanadas, una caja de turrones, recuerdos de la infanciaun barquito de papel, una regla con inscripciones amarillentas. Marta se sentó junto a la ventana abierta, sintiendo el aire cálido mientras Ana contaba su primer viaje. Observó a sus compañeros y entendió: todos habían cambiado, pero seguían siendo los mismos. El tiempo se había vuelto flexible, permitiendo que pasado y presente se encontraran.

Javier estaba frente a ella. No tenía prisa por irse, y a veces sus miradas se cruzabansin presión, solo con complicidad. Ya habían hablado de lo esencial; ahora solo disfrutaban de estar cerca. Notó que él escuchaba con atención, intercalando comentarios breves. Su voz era más grave que en la adolescencia. Recordó esos días en los que ni siquiera se atrevía a acercársele.

Las risas se apagaban. Alguien brindó por la tutoratodos alzaron sus copas. Marta no quería que terminara. Revisó el móvil: una compañera proponía crear un grupo para todos. Asintió de inmediato. Pronto llegaron más mensajesideas para verse en verano, fotos de la reunión, bromas sobre lo mucho (o poco) que habían cambiado.

El aula se fue quedando en silencio. Afuera, los faroles pintaban líneas doradas en la pizarra. El aroma de los arbustos en flor se colaba por las ventanas. Marta sentía una paz extrañacomo si hubiera reconstruido los puentes con su pasado.

Al despedirse, los abrazos fueron sinceros. Incluso aquellos que apenas se hablaban en el colegio ahora compartían preocupaciones adultas o planes de vacaciones. Pablo, el callado, habló de su hija. Ana enseñó fotos del baile de graduación.

Javier fue de los últimos en irse. Ayudó a recoger los restos de la cena.

Una pena que esto termine tan prontocomentó.

Marta asintió:

Pero ahora tenemos el grupo

Él sonrió:

Escribámonos más.

No hubo promesassolo la certeza de que algo se había fortalecido.

Marta salió de la escuela casi al final. Se detuvo en las escaleras, mirando el edificio bajo el cielo oscuro. Una mezcla de nostalgia y gratitud la invadió. Atrás, aún se oían las voces de quienes no querían irse.

En casa, el silencio era reconfortante. Dejó el móvil cargando y se sentó junto a la ventana. Un coche pasó a lo lejos; el rugido de una moto se perdió en la distancia.

La mañana llegó con luz suave entre las cortinas. Marta no se levantó de inmediatotomó el móvil y vio decenas de mensajes en el nuevo grupo.

Algunos compartían fotos de la reunión; otros proponían encuentros en verano o revivían historias del colegio.

«Gracias a todos. Fue muy especial», decían unos.

«¿Cuándo repetimos?», preguntaban otros.

Marta leyó despacio, sin querer perderse nada. Escribió:

«Gracias. Me hace feliz volver a ser parte de esto».

Y añadió un corazón.

Entonces lo sintió con claridad: el pasado ya no era un capítulo perdido. Ahora era parte de un círculo de apoyo y alegría, reavivado por el grupo y las promesas de nuevos encuentros.

Fuera, los pájaros cantaban. Una brisa ligera movía las cortinas, trayendo el frescor del nuevo día. Marta sonriótodo parecía estar comenzando de nuevo.

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Du bist nicht mehr nötig» – sagten die Kinder und fuhren davon