«Eres una rata gris sin un duro», soltó su amiga. Pero, justo en el día de mi aniversario, ella aparecía a la puerta con una bandeja.
«Simplemente no sabes venderte», Cristina, con desgano, removía su cóctel con una pajita, mientras en su muñeca brillaba una pulsera llena de piedras.
Hablaba con esa ligereza, casi desinterés, que ya se había convertido en su tarjeta de presentación.
No es cuestión de presentación respondió Almudena García, mirando la grieta de su taza de té barato. No tengo la experiencia que exige el puesto.
Experiencia, experiencia qué aburrido suspiró teatralmente Cristina. Lo esencial es el brillo en los ojos y los tacones caros. Y tú no tienes nada de eso.
Cristina Beltrán la observó con una mirada de evaluación que hizo que Almudena quisiera contraerse en un ovillo, como si la hubieran escaneado y dictado un veredicto: «defecto, desechar».
Mira, quiero ayudar se acercó Cristina, bajando la voz a un susurro conspirador. Eres mi mejor amiga. ¿Quién más te dirá la verdad?
Almudena guardó silencio. «Mejor amiga» se quedó atrapada en su garganta, punzante y extraña.
Entiende que en nuestro mundo se juzga por la ropa y se despide por los contactos. Eres una rata gris sin un duro. Mientras no lo aceptes, deambularás entre entrevistas sin salida.
Cada palabra acertaba al blanco, agotando el aire de sus pulmones.
Estoy lanzando un proyecto continuó Cristina, disfrutando abiertamente de la reacción de Almudena. Necesito gente para tareas sencillas: ordenar papeles, recibir mensajeros.
Hizo una pausa, dejando que Almudena «digiriera» la propuesta.
Puedo contratarte, temporalmente, claro. Hasta que encuentres algo que te apasione finalizó con una sonrisa apenas perceptible.
Almudena alzó la vista. En sus ojos había un acero sereno, como si algo se hubiera congelado en su interior y se hubiera convertido en piedra fría. Miraba a Cristina el peinado perfecto, los labios curvados con desdén, la pulsera que valía su salario anual. Ya no veía a su amiga, sino a una depredadora que saboreaba su humillación.
Gracias por la oferta dijo lentamente Almudena. Pero declino.
Las cejas de Cristina se alzaron, sorprendidas. No la esperaba.
¿Te niegas? ¿A mi oportunidad? su voz resonó metálica. Pues ya sabes, no vengas llorando cuando la renta de tu piso quede en nada.
Con gesto teatral sacó de su bolso varios billetes de 200 euros y los arrojó sobre la mesa, cubriendo con holgura la cuenta.
Invito yo dijo, echándolos por encima del hombro, y se marchó sin despedirse, taconeando sobre el mármol.
Almudena se quedó sola, sin tocar el dinero ni el té frío. Miró por la ventana los coches de lujo que pasaban y, por primera vez, sintió un hormigueo de emoción, no de desesperación.
A la mañana siguiente esa emoción se transformó en energía pulsante y helada. Siempre había sido invisible, pero sabía ver y oír lo que los demás ignoraban: detalles, patrones, motivos ocultos. Ese era su único y verdadero capital.
Sentada frente a un portátil antiguo, redactó un plan. Ofreció sus servicios en una plataforma freelance: «búsqueda y análisis de información no estructurada». Sonaba nebuloso, pero Almudena sabía qué había detrás.
Los primeros meses fueron un infierno: encargos menores, clientes caprichosos, pagos que apenas alcanzaban para pagar el alquiler y la comida. Casi se rinde varias veces, a punto de llamar a Cristina. Pero el recuerdo de su sonrisa hacía que cualquier pared se derribara.
El punto de inflexión llegó al cabo de medio año. Un pequeño despacho jurídico le pidió compilar datos sobre competidores antes de un juicio. Almudena se lanzó con una determinación desesperada. Una semana sin dormir y entregó un informe que permitió a los abogados ganar el caso. Le pagaron tres veces más y se convirtieron en clientes habituales, recomendándola a conocidos.
Así surgió un modesto flujo de encargos. En dos años alquiló una oficina y contrató a un asistente.
Cristina llamaba de vez en cuando. Su vida sonaba como una fiesta interminable.
¡Almudena, hola! Estoy en mi yate con socios en Marbella. ¿Y tú? ¿Sigues en tu rincón?
Hola. No, no me aburro. Trabajo respondió Almudena, revisando el balance financiero de un nuevo cliente.
¿Trabajas? alargó Cristina la palabra. No te avergüences, mi puesto de «chica de recados» sigue libre. Llevarás café a mi nuevo ayudante.
Antes Almudena se habría rebajado. Ahora solo encogió los hombros:
Gracias, pero no hace falta. Tengo mi propia agencia.
¿Agencia? se oyó una risotada al otro lado. ¿Una agencia de lavado de suelos?
Pero las palabras de Cristina ya no tenían fuerza.
Cuatro años más tarde, «García y asociados» ocupaba una oficina en el centro de Madrid, con cinco analistas. Almudena se había hecho famosa en el mundo de la inteligencia corporativa. Entonces Cristina volvió a atacar.
Su firma, Beltrán Group, robó uno de los informes clave de Almudena. Reclutó a un joven empleado endeudado, explotando su vulnerabilidad.
Almudena reunió todas las pruebas, descubrió los agujeros financieros de Cristina, su despilfarro y fraude, y envió a un inversor un informe analítico impecable.
Al día siguiente Cristina llamó:
¡Lo has destrozado todo!
Solo hice mi trabajo respondió Almudena con serenidad.
Dos años más tarde, en el restaurante del último piso de un rascacielos, se celebraba el aniversario de Almudena García. Luces, brillo, amigos.
Allí, entre camareros, la vio: Cristina, con uniforme y una bandeja en la mano. En sus ojos se encendió el reconocimiento: en Cristina horror y odio; en Almudena solo una calma gélida.
Almudena la miró sin rastro de satisfacción malévola. Apenas asintió, aceptando su presencia como algo cotidiano, y volvió a conversar con los invitados. Ese gesto resultó más aterrador que cualquier bofetada; significó que Cristina ya no existía para ella. Se había convertido en una sombra sin cuerpo, una función inútil en asuntos importantes.
Cristina palideó, se mordió el labio y, intentando conservar lo que quedaba de dignidad, salió corriendo hacia la salida de servicio.
Almudena la observó y comprendió: el mundo está ordenado con una justicia fría y lógica. A veces quien te llama «rata gris» no se percata de que él mismo cae en la trampa. No es venganza, es equilibrio natural.
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Seis meses después, el negocio de Almudena alcanzó nivel internacional, abriéndole nuevos horizontes. Una noche, revisando el correo, encontró un mensaje de una conocida de la universidad.
«¿Sabes? Hace poco vi a Cristina Beltrán. Trabaja como recepcionista en un gimnasio de las afueras. Dicen que la echaron del restaurante el mismo día del escándalo Incluso intentó pedirme dinero, quejándose de que todos la habían traicionado y el mundo era injusto»
Almudena terminó de leer y cerró el portátil con serenidad. No sintió triunfo ni compasión. La historia de Cristina ya no le pertenecía.
Al día siguiente, al pasar por una vitrina, se vio a sí misma: una mujer segura, acostumbrada a avanzar y a valorar su propio precio. Recordó las palabras de Cristina sobre «el brillo en los ojos y los tacones caros». Los tacones eran realmente caros, pero el verdadero brillo nació en otro lugar.
Nació al reconocer su propia fuerza, al entender que el valor real no está en lo que llevas puesto, sino en lo que creas con tus manos y tu mente.
Entró a su oficina, donde ya la esperaba un nuevo proyecto complejo e intrigante. Se sentó, y una ligera sonrisa surgió en su rostro.
La rata gris nunca se transformó en una gata feroz. Se volvió aquello que siempre había sido en lo más profundo: una cazadora astuta, invisible pero perspicaz, que valora la información y espera pacientemente su momento. Y ese momento había llegado.







