Querido diario,
Hoy recuerdo aquel vuelo que, sin saberlo, fue el punto de partida de una historia sencilla pero intensa: un avión, dos asientos contiguos y el mismo destino, Madrid. Yo era Arturo, fotógrafo de naturaleza y exposición, siempre entre expediciones y galerías. Ella, Dolores, arquitecta que diseñaba edificios y su carrera con la precisión de un plano.
Los dos éramos independientes, seguros de nosotros mismos, y ambos con un divorcio que nos había enseñado a valorar el espacio propio.
La idea surgió como un relámpago en una habitación oscura: ¿por qué no vivir una relación ligera, sin ataduras ni la rutina de la vida cotidiana? Nadie creía que duraría mucho, especialmente mis colegas del estudio. Allí llevaban una especie de apuesta silenciosa: cuánto tiempo aguantaría la nueva pasión del enigmatico Arturo. Usualmente la cuenta llegaba a meses.
Las mujeres se fascinaban con Arturo: guapo, creativo, nunca aburrido ni tacaño. Pero los compañeros también conocían su otra cara. Vivía al capricho de la inspiración, era insoportable en la vida diaria, impredecible en sus reacciones y le gustaba el trago. Cuando anunciaba que había encontrado el amor, todos suspiraban aliviados; el enamorado trabajaba como poseído y sus fotos rebosaban pasión y vida.
Así fue como conocí a Dolores, mi verdadera musa. Una mujer que no pedía nada más que disfrute en los encuentros. «Probemos sin esa maldita rutina, sin el «¿dónde has estado?» ni el «¿por qué no llamaste?»», propuse. «La vida ya es bastante pesada», añadí.
Dolores aceptó con una sonrisa. Por un lado estaba segura de que sería un romance breve; por otro, tras un divorcio duro, no deseaba anclarse con alguien para siempre. En resumidas cuentas, nuestras necesidades coincidían.
Yo podía pasar una semana en su apartamento, ordenado y armonioso, y luego desaparecer en mi estudio, atiborrado de equipos y carretes. Volábamos juntos a Granada, y después nos quedábamos sin vernos durante varias semanas. Tres días en una casa de campo cerca de Toledo y luego tres semanas separados.
Al cabo de un año, Dolores se había convertido en la anfitriona de nuestras veladas creativas.
Los sueños se hacen realidad decía ella a sus amigas, mientras sorbía un martini. De niña me leía libros sobre conquistadores del Ártico: fuertes, independientes, siempre en marcha. Arturo es como un polarista; se marcha a la expedición fuera del encuadre y vuelve con flores y los ojos brillantes.
Yo era feliz.
Dolores es un soplo de aire fresco confesaba a un colega, al borde de un vaso de whisky. Mi vida es un caos. A veces llego a casa arrastrado y no consigo pronunciar ni una palabra. Otras veces solo quiero que me escuchen y me tomen por pequeño. Pero, sobre todo, deseo que me dejen en paz una semana. Ella lo entiende. Si vivieramos juntos, nos volveríamos insoportables en un año. Así que… siempre llego a su puerta con flores y una sonrisa, como si fuese una cita.
Me permitía pequeños caprichos ajenos, pero siempre volvía a Dolores. Era nuestra conexión kármica, algo más sólido que un matrimonio aburrido. Desde fuera, Dolores parecía siempre satisfecha.
Así pasaron cinco años. Entonces la galería con la que colaboraba cerró de golpe, la revista donde publicaba entró en crisis y la antigua compañía creativa se deshizo poco a poco. Cada quien siguió su camino.
Un par de años después, Dolores topó por casualidad en una cafetería con Elena, una conocida de aquellos tiempos. Charlaron, recordaron viejos momentos y, naturalmente, la conversación acabó en Arturo.
Dolores esbozó una sonrisa amarga mientras miraba su taza de capuchino:
Sí, seguimos en el mismo vaivén. Él aparece, desaparece y vuelve. Ya estoy cansada, la verdad. Pero basta con insinuar que debería asentarse, que los años pasan, y él me mira con los ojos de una presa atrapada y me pregunta: «¿Nos va mal?» Y se vuelve celoso de su propia sombra, temiendo perderme.
¿Y tú? le preguntó Elena.
Yo ya estoy dispuesta a vivir bajo el mismo techo, a tener hijos. Pero parece que no soy la única, así que no empiezo nada serio.
¿Entonces lo quieres? indagó Elena con cautela.
Probablemente. O tal vez sea solo costumbre suspiró Dolores. O una esperanza terca de que, en breve, despierte, cambie, sea el hombre que yo deseo. Mi propio.
Dolores, lo siento, pero esas personas no cambian replicó Elena. Mi madre dice lo mismo. Todos preguntan por qué me aferro a alguien que ni siquiera sabe lo que quiere. ¿Es amor?
Tú sabes mejor encogió de hombros Elena. Yo nunca he creído en las llamadas relaciones libres. Pero libertad es libertad, como se suele decir. Solo que la vida es una y los años no vuelven.
Pasaron unos meses más. Dolores, al fin, reunió el valor para acudir a un psicólogo. Habló del miedo a la soledad, de relaciones agotadas, de esperanzas no cumplidas. Tras una sesión, volvió a casa, preparó té y se sentó en la cocina mirando por la ventana. Sus ojos se posaron en un viejo marco de fotos, regalo de Arturo.
Era una foto nuestra, riendo abrazados al atardecer. La tomó para quitarle el polvo y, al hacerlo, la dejó caer. El cristal se quebró y, del otro lado, surgió un pequeño sobre.
Con manos temblorosas lo abrió. Dentro había una foto distinta: ella dormida, envuelta en una manta, bajo una lámpara que iluminaba sus planos. Arturo la había capturado sin que se diera cuenta. En el reverso había escrito con su propia letra: «El único sitio donde el caos dentro de mí se aquieta. Perdona por no haber tenido el valor de decirlo en voz. Siempre he sido tuyo, solo temía admitirlo».
Una semana después, cuando Arturo, como de costumbre, llamó a la puerta con un ramo de peonías, Dolores lo abrió. En vez de una sonrisa, le tendió la vieja fotografía.
Él la miró, luego a ella, y en sus ojos, que ya no reflejaban la habitual chispa, se percibía una fatiga silenciosa acumulada por años de fuga.
Parece dijo Arturo en voz baja que nuestras expediciones llegan a su fin. Es hora de volver a casa.
Y esa vez cruzó el umbral no como invitado, sino como alguien que, al fin, había decidido quedarse.
Hoy entiendo que el amor no tiene por qué ser una tormenta constante ni una serie de huellas fugaces. Aprendí que, cuando dos personas aceptan sus caos y sus silencios, pueden construir un refugio donde ambos puedan descansar. La lección que me llevo es que la verdadera libertad está en elegir quedarse, incluso cuando el mundo invita a seguir volando.







