Relaciones para el placer
Ese encuentro podría haber sido el inicio de un romance sencillo: un avión, dos asientos contiguos, un mismo destino. Él Arturo, fotógrafonaturalista de renombre, cuya vida se resume en expediciones y exposiciones. Ella Luz, arquitecta que levanta no solo edificios, sino también su carrera con una precisión impecable.
Ambos independientes, seguros de sí mismos, cada uno con un divorcio que les enseñó a valorar el espacio personal.
La idea surgió como un destello en una habitación oscura: ¿por qué no hacer que esta relación sea ligera, sin ataduras ni rutina?
Nadie creía que duraría mucho, sobre todo los colegas de Arturo. En el estudio tenían una especie de apuesta silenciosa: cuánto tiempo resistiría la nueva pasión del inaccesible Arturo. Normalmente la cuenta llegaba a meses.
Las mujeres se sentían atraídas por Arturo con frecuencia: era apuesto, su profesión creativa, no aburría ni era avaricioso. Pero sus compañeros conocían también la otra cara del genio del arte. Vivía al capricho de la inspiración, era insoportable en el día a día, imprevisible en sus reacciones y le gustaba el trago. Sin embargo, cuando anunciaba que había encontrado el amor, todos exhalaban aliviados. El Arturo enamorado trabajaba como poseído; sus fotos rebosaban pasión y vida.
Y entonces, por fin, conoció a Luz, su verdadera musa. Una mujer que no exigía nada más que el gozo de los encuentros.
Probemos sin esa maldita rutina, sin el ¿Dónde has estado? ni el ¿Por qué no llamaste? propuso Arturo. La vida ya es bastante dura.
Luz, con una sonrisa, aceptó. Primero, estaba convencida de que sería una aventura corta; segundo, tras un divorcio duro, no tenía ganas de anclarse a nadie para siempre. En fin, sus necesidades coincidían.
Arturo podía vivir una semana en el apartamento de Luz, ordenado y armonioso, y después desaparecer en su estudio, abarrotado de equipos y rollos de negativo. Volaban juntos a Barcelona y, tras el viaje, se ausentaban semanas. Pasaban tres días en una casa de campo y se separaban tres semanas.
Al cabo de un año, Luz se había convertido en la anfitriona habitual de sus fiestas creativas.
Los sueños se hacen realidad decía, mientras sorbía un martini, a sus amigas. De niña me fascinaban los libros de exploradores árticos, hombres fuertes, independientes, siempre en ruta. Arturo es como un polarista: se marcha en expedición tras el objetivo y vuelve con flores y los ojos brillando.
Arturo estaba feliz.
Luz es un soplo de aire fresco contaba a un colega, con un vaso de whisky en la mano. Mi vida es un caos. A veces llego a casa arrastrado y no sé decir una palabra. Otras veces solo quiero que me escuchen y me tengan lástima como a un niño. Pero, sobre todo, necesito que me dejen en paz durante una semana. Ella lo entiende. Si viviéramos juntos, nos volveríamos locos en un año; así que siempre le llevo flores y una sonrisa, como si fuera una cita.
Permitía breves aventuras ajenas, pero siempre volvía a Luz. Era su vínculo kármico, algo más sólido que un matrimonio aburrido. Desde fuera, Luz siempre parecía totalmente satisfecha.
Así pasaron cinco años. Entonces la galería con la que Arturo colaboraba cerró de pronto, la revista entró en crisis y la vieja compañía creativa se deshizo poco a poco. Cada uno siguió su camino.
Un par de años después, Luz se topó por casualidad en una cafetería con Elena, una amiga común de aquellos tiempos. Charlaron, recordaron el pasado y, por supuesto, surgió el tema de Arturo.
Luz esbozó una amarga sonrisa mientras miraba su taza de capuchino:
Sí, seguimos en la misma sintonía, meciendo la relación como un columpio. Él llega, desaparece y vuelve. La verdad, ya me cansé. Pero basta una insinuación de asentarnos y él me mira como un animal acorralado y pregunta: ¿Estamos mal?. Se pone celoso de su propia sombra, teme perderme.
¿Y tú?
Yo ya estoy dispuesta a vivir bajo el mismo techo, quiero hijos. Pero parece que no soy la única, así que no emprendo nada serio.
¿Entonces lo quieres? preguntó Elena con cautela.
Tal vez. O quizá sea solo costumbre suspiró Luz. O una terquedad que espera que, en cualquier momento, él despierte, cambie, sea el verdadero, mi verdadero.
Luz, perdona, esas personas no cambian.
Mi madre me dice lo mismo. Todos me preguntan por qué sigo aferrada a alguien que ni siquiera sabe lo que quiere. ¿Será amor?
Sólo tú lo sabes respondió Elena, encogiéndose de hombros. Yo nunca he creído en esas llamadas relaciones libres. Pero, libre es libre, como se dice. La vida es una sola y no vuelve.
—
Pasaron unos meses más. Luz, al fin, reunió fuerzas para acudir a un psicólogo. Habló del miedo a la soledad, de relaciones desgastadas, de esperanzas incumplidas. Tras una sesión, volvió a casa, preparó un té y se sentó en la cocina, mirando por la ventana. Su mirada se posó en un viejo marco de fotos, regalo de Arturo.
Era una captura conjunta: ambos riendo, abrazados, con el atardecer de fondo. Luz tomó el marco para quitarle el polvo y, sin querer, lo dejó caer. El cristal se quebró y, del reverso, salió un pequeño sobre.
Con los dedos temblorosos lo abrió. Dentro llevaba una foto distinta: no era una pose estudiada, sino ella dormida, envuelta en una manta, una lámpara iluminaba los planos sobre la mesa. Arturo la había fotografiado sin que ella lo supiera. En el reverso, con su propia letra, había escrito: «El único sitio donde el caos dentro de mí se aquieta. Perdona por no haber tenido el valor de decirlo en voz alta. Siempre he sido tuyo; solo me daba miedo reconocerlo».
Una semana después, cuando Arturo, como siempre, llamó a la puerta con un ramo de peonías, Luz lo abrió. En lugar de una sonrisa, le tendió la vieja fotografía.
Él la miró, luego a Luz, y en sus ojos, en vez de la habitual chispa, se adivinó una cansada serenidad acumulada por años de escapismo.
Parece murmuró Arturo que nuestras expediciones llegan a su fin. Es hora de volver a casa.
Y esta vez cruzó el umbral no como invitado, sino como quien, al fin, ha decidido quedarse.







