Soy yo, Mikhail… — susurró mientras se sentaba a su lado.

Querido diario,

Hoy he vuelto a atravesar la calle empedrada de mi pueblo, San Lorenzo de la Cuesta, y el recuerdo de aquella tarde se repite como una canción melancólica. Todo comenzó cuando, al volver a casa después del trabajo en la fábrica de cuero, escuché el crujido de los escalones de la vieja casona de la esquina. Era la casa de mi vecina, la abuela Lucía, una mujer de casi ochenta años que siempre ha sido el pilar de su familia.

Lucía, con la espalda encorvada y los hombros temblorosos, salió de la cocina arrastrando un cubo de agua helada de la fuente del patio. El viento de enero le picaba las mejillas, y sus dedos apenas sostenían el asa desgastada. Al llegar al umbral, dejó el cubo sobre la escalera y, al intentar coger el segundo, el suelo resbaladizo le traicionó. Un grito ahogado salió de sus labios: «¡Jesús, socórreme!», antes de caer al suelo con un ruido sordo.

Su hombro golpeó el borde de la escalera, la nuca le latió con un dolor punzante y quedó inmóvil unos segundos, sin poder mover ni un dedo. El terror y el dolor la obligaron a arrastrarse hacia la puerta, aferrándose a cualquier cosa que encontrara: una vieja silla, una escoba rota, el dobladillo de su delantal. Cada movimiento le provocaba un temblor en la espalda, el sudor le empapaba la frente y todo a su alrededor parecía girar.

«¡Ánimo, Lucía, un poco más!», se susurraba a sí misma mientras intentaba subir al viejo sofá del pasillo. En la repisa encontró su móvil y, con las manos temblorosas, marcó el número de su hijo. «Pablo, hijo mío, algo no va bien ven», murmuró antes de perder el conocimiento.

Al atardecer llegó Pablo, cansado y sin abrigo, con la chaqueta de trabajo colgando de un brazo. Al abrir la puerta un fuerte viento se coló, y al ver a su madre tirada sobre el sofá, se quedó paralizado. «Mamá ¿qué te ha pasado?», preguntó, tomando su mano. «¡Madre, parece que está congelada!», exclamó sin pensar, y sin más, marcó a su esposa, Carmen.

«Olga, ven lo antes posible, está muy mal parece que no se mueve», le dijo con voz entrecortada. La abuela Lucía escuchó todo, aunque no podía ni sonreír ni moverse. Una chispa de esperanza encendió en su pecho: si Pablo se había preocupado, al menos no estaba sola.

Intentó mover las piernas, pero sólo sus dedos temblaron. Una lágrima se deslizó por su mejilla, no por el dolor, sino porque aún quedaba una mínima luz de vida.

Dos días después, la familia se reunió en la puerta. Olga llegó irritada, sujetando del brazo a su pequeña nieta Ana, como si la hubieran distraído de algo importante. «Ya está, abuela, ahora descansa como leña», murmuró con desdén. Ana se aferró a su madre, mirando a la anciana con ojos curiosos. Olga entró en silencio, y Pablo la siguió al salón, hablando a voces pero con una tensión que se sentía en el aire.

Pasaron los minutos y Pablo volvió, sin decir nada, y levantó a Lucía con ambas manos. «¿Adónde me llevas?», preguntó con voz temblorosa. Él no respondió, sólo apretó los puños. Lucía sintió el olor familiar del tabaco y el aceite de motor que ella conocía bien. «¿Al hospital?», volvió a preguntar. Él se quedó en silencio, y sus pasos se hicieron más rápidos.

En lugar de un hospital, la llevó al arranque del granero, aquel que una vez guardó patatas, esquís y trastos viejos. El interior estaba helado, el suelo de tablas rotas y una humedad constante le entraba por la nariz. Lo pusieron sobre una vieja catre cubierta con una manta descolorida.

«Aquí te quedarás, ya es tarde para cambiar nada», dijo con voz seca, evitando mirarla a los ojos. «Eres mayor de ochenta, madre». Luego salió sin pronunciar una sola palabra más. El shock se instaló lentamente, pero con una certeza irrevocable. Lucía quedó allí, con la vista fija en el techo, el frío calando hasta los huesos, sin entender por qué su propio hijo la trataba así.

Los recuerdos la invadieron: cómo había criado a Pablo, limpiado los suelos de la escuela, comprado la chaqueta de invierno a crédito por 200 euros, pagado la boda cuando la familia de la nuera se negó, diciendo «no encaja, no es de su círculo». «Siempre he estado del lado de mi hijo», susurró, sin poder creer lo ocurrido.

El rostro de Olga volvía a su mente: frío, contenido, afilado como una hoja. Nunca agradecía, nunca aparecía sin un recordatorio. Sólo una vez vino, en el cumpleaños de Ana. Ahora, Lucía se sentía como un objeto olvidado en un trastero frío, sin saber si llegaría la mañana.

Cada día se hacía más evidente que algo andaba mal. Pablo vino cada vez menos, dejaba una taza de sopa sin mirar y se marchaba deprisa. Olga y Ana dejaron de aparecer. Lucía sentía la vida escurrirse lentamente, solo bebía agua para no morir de hambre, el sueño se le escapaba por el dolor de la espalda y la soledad la aplastaba.

«¿Por qué?», pensaba. «¿Por qué a mí? Yo lo amaba como a nadie, le di todo». No hubo respuesta, sólo el hielo y el vacío.

Una mañana, cuando el sol apenas se colaba por la ventana sucia, escuchó un golpecito leve, persistente, distinto al de Pablo. «¿Quién es?», balbuceó con la poca fuerza que le quedaba. La puerta crujió y entró un hombre mayor, de barba canosa y chaqueta de pana. Su rostro le resultó familiar, aunque tardó en reconocerlo.

Se sentó a su lado, tomó su mano y murmuró: «Soy Miguel, tu vecino de toda la vida». Lucía se estremeció. Miguel, aquel hombre que una vez había amado y al que había desterrado por no encajar en su familia.

«Miguel», exhaló, con la voz quebrada. Él guardó silencio, apretó su mano y preguntó suavemente: «¿Qué te ha pasado, Lucía? ¿Por qué estás aquí? Pablo dijo que estabas en un asilo». Ella intentó explicar, pero las lágrimas le empañaron la vista. Él comprendió sin palabras, la envolvió en un abrazo como hacía años.

«No temas, te llevaré de aquí», prometió. Con delicadeza la levantó como una pluma y la llevó bajo la luz del sol. Pablo había partido a la ciudad, Olga también. Solo Ana asomó la cabeza por la ventana y desapareció rápidamente.

Miguel la llevó a su casa, la acomodó en una cama caliente, la cubrió con una manta y le preparó té con miel. «Descansa, llamaré a un médico», dijo. El doctor llegó pronto, la examinó y sacudió la cabeza: «Fractura de columna, vieja. Si se trata bien, puede levantarse. Necesita cirugía y rehabilitación». Miguel asintió: «Haremos lo que sea. Venderé lo que haga falta para salvarla».

Lucía, con lágrimas, preguntó: «Miguel ¿por qué después de todo esto?». Él sonrió tristemente: «Porque te quiero. Siempre te he querido y siempre lo haré». Ella lloró, entre la alegría y el dolor, al comprender que su vida aún no había terminado.

Miguel la cuidó como a su propia madre: la alimentó, la lavó, le leyó libros y le habló del pasado, de cómo esperó siempre su regreso. «Sabía que algún día entenderías», le decía. «Y yo estaré a tu lado».

Una semana después, Pablo volvió. Al ver a su madre en una habitación cálida, preguntó con voz temblorosa: «Mamá ¿cómo te levantas?». Ella le miró con frialdad: «No me levanto. Miguel la ha llevado». Pablo bajó la mirada. «No sabía que acabaría así». Miguel, sin decir nada, le indicó que se fuera y no regresara.

Así quedó Lucía con Miguel, quien se convirtió en su apoyo tanto físico como emocional. Le enseñó a usar andador, luego bastón, y una mañana, mientras el sol doraba la ventana, ella dijo: «Miguel, gracias por todo». Él tomó su mano y respondió: «Yo agradezco a ti por volver». Vivimos en silencio, tranquilos, con el amor que tardó tanto en florecer.

Lucía ahora se sienta en el banco del parque, dejando que el sol la caliente. Sus piernas aún duelen, pero camina despacio, mientras Miguel talla una pequeña figura de madera para Ana, que a veces se escabulle a jugar escondiéndose de su madre. «¿Crees que Pablo te perdonará?», le preguntó Lucía. Miguel negó con la cabeza: «No pienses en él. Piensa en ti. Estar viva es lo principal». Ella asintió y por primera vez en mucho tiempo sintió que realmente estaba viva.

Sobre la mesa reposa una foto antigua de Lucía joven, junto a Miguel, con la inscripción: «Al fin juntos». Un mes después, Pablo volvió sin avisar. Entró, tomó su taza de té y, sin mirar a Miguel, empezó a hablar: «Olga dice que estás loca, que este viejo te ha confundido la cabeza». Miguel se levantó, pero Lucía le impidió con una mano firme: «Vete, Pablo, aquí no tienes sitio». Él tembló y gritó: «¡Soy tu hijo!». «Lo fui», respondió Lucía, «y ahora, vete». Pablo salió, cerrando la puerta con fuerza. Lucía no lloró; sólo apretó más la mano de Miguel. «Gracias por estar», dijo. Él sonrió y contestó: «Yo también lo agradezco».

La vida siguió, sin Pablo, pero con amor. Ana llegó una semana después, se sentó en el banco, abrazó a su abuela y preguntó: «Abuela, ¿por qué papá es tan feo?». Lucía la acarició: «Él simplemente olvidó lo que es el amor, pero tú no lo olvidarás, ¿verdad?». La niña asintió: «No. Te quiero». «Yo también a ti», respondió Lucía.

Miguel observaba la escena y sonreía. La vida, pensé, a veces nos rompe, pero luego nos vuelve a reparar. Lo esencial es no rendirse.

Hoy, al cerrar este cuaderno, entiendo que el mayor regalo es la capacidad de seguir adelante, pese a los golpes y las traiciones. No debemos esperar que los demás nos rescaten; a veces somos nosotros quienes debemos tender la mano. La lección que me llevo es clara: la dignidad y el amor propio son los pilares que nos sostienen cuando todo lo demás se derrumba.

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