Te he entregado los mejores años de mi vida, y tú me cambiaste por una jovencita dije a mi marido, mientras le entregaba la demanda de divorcio.
¿Entiendes lo que has hecho? ¡Has destruido todo! la voz de Begoña se quebró en un grito, temblando por las lágrimas que luchaba por contener. ¡Nuestra familia, nuestra vida, lo que construimos durante veinticinco años!
Alberto estaba de espaldas, junto a la ventana, y no decía nada. Sus anchos hombros, que siempre me habían parecido un refugio seguro, ahora se veían extraños y tensos. Ni siquiera se volvió. Ese silencio le dolía más que cualquier alarido.
¡Dime algo! suplicó, acercándose. Mírame a los ojos y dime que no es verdad. Que esa mujer a la que viste con Andrés solo es una colega, un malentendido
Alberto giró lentamente. Su rostro estaba cansado, caído. En los comisuras de sus ojos, que yo adoraba, se habían marcado profundas arrugas. Pero en su mirada no había arrepentimiento ni pesar, solo una fría y distante fatiga.
Begoña, no voy a mentir murmuró. Es cierto.
El aire en la sala se volvió denso, como si la habitación se hubiera vuelto de piedra. Begoña dio un paso atrás, como tras un golpe. Aún aferraba la tenue esperanza de que todo fuera un error monstruoso.
¿Por qué? susurró, y su susurro resonó en el silencio de la estancia como un grito. ¿Por qué, Alberto? ¿Qué hice mal?
No hiciste nada mal acarició su cabello con la mano. Eres la esposa perfecta, la madre perfecta. No es culpa tuya. Es culpa mía.
«No es culpa mía», se rió amarga Begoña. La frase más trillada del mundo. ¡Te entregué mis mejores años, Alberto! Renuncié a mi carrera para que tú pudieras construir la tuya. Creé un hogar, crié a nuestra Aitana, te esperé tras cada viaje de negocios. Y tú me cambiaste por una jovencita.
Se llama Cristina aclaró él sin más.
¡¡Me importa su nombre!! estalló Begoña. ¿Tiene veinticinco? ¿Treinta? ¡Puedo verla como a mi hija! ¿Qué te puede dar ella que yo no te di?
Juventud contestó él, firme y bajo. Ligereza. La sensación de que todo sigue por delante. Con ella vuelvo a sentirme vivo. Con nosotros todo se ha convertido en rutina, en monotonía. Cena a las siete, serie a las nueve, vacaciones una vez al año en el mismo hotel del norte. Todo correcto, todo fiable. Y predeciblemente gris.
Begoña lo miraba, sin reconocerlo. No era el Alberto con el que se había casado, el hombre que había puesto papel pintado en su primer pequeño piso y había celebrado los primeros pasos de Aitana. Era un extraño, frío, que pronunciaba palabras crueles con una serenidad escalofriante.
¿Entonces nuestra vida es solo rutina para ti? volvió a preguntar, sintiendo cómo su interior se deshacía. ¿Mi amor y mi cuidado no son más que una aburrida melancolía?
Él guardó silencio, y eso respondió.
Begoña se acercó al aparador, tomó una hoja y un bolígrafo. Sus manos temblaban, las letras quedaban torcidas, quebradas. Escribió sólo unas palabras, luego se la acercó.
¿Qué es eso? frunció el ceño Alberto, sin comprender.
Declaración de divorcio. La firmaré mañana. Vete.
Begoña, no tomemos una decisión precipitada
Vete, Alberto repetía, con una voz que resonaba como acero. Empaca tus cosas y vete con tu «ligereza». No quiero volver a verte.
Alberto la miró largamente, luego asintió y salió de la habitación. Media hora después, escuchó el crujido de su armario, el clic del cierre de la maleta. No hubo despedida, sólo el portazo que cortó el pasado.
Begoña quedó sola en el salón. Se dejó caer en el sillón que él solía ocupar por las noches. El silencio le oprimía los oídos. Veinticinco años de risas de Aitana, sus pasos, el sonido de la tele, sus charlas en la cocina todo se había apagado. El piso parecía una caverna inmensa, vacía, resonante como una cripta. No derramó más lágrimas; se habían agotado al inicio de la discusión. Dentro solo quedaba un desierto quemado, frío e inerte.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó insistentemente. Era Aitana, su hija, que hacía dos años vivía con su marido.
¡Mamá, hola! ¿No se han olvidado papá y yo de la cena de hoy? He horneado tu tarta de manzana favorita.
Begoña cerró los ojos. ¿Cómo decirle? ¿Cómo explicar que la familia ya no existía?
Aitana, no vamos a ir su voz era ronca, extraña.
¿Qué pasa? ¿Estás enferma? se alarmó la hija.
Alberto y yo nos separamos, hija.
Al otro lado del teléfono se quedó el silencio. Entonces Aitana preguntó, temblorosa:
¿Se ha ido?
Sí.
Ya vengo.
Una hora después, Aitana estaba sentada frente a ella en la cocina, estrechando su mano con fuerza.
Lo sabía, mamá. Sentía que algo andaba mal. Últimamente siempre con el móvil, reuniones por la noche. No quería creerlo. ¿Y tú?
No lo sé admitió Begoña. Es como si me hubieran arrancado de mi vida, sin decirme qué hacer después. Vacío, Aitana.
¡Hablaré con él! declaró la hija con determinación. Le diré todo. ¿Cómo pudo hacerte esto?
No sirve de nada sacudió la cabeza Begoña. No cambiará nada. Él ha tomado su decisión. Quiere su «ligereza».
Se quedaron en silencio. Luego Aitana se levantó, abrió la nevera y empezó a sacar comida.
No vamos a quedarnos lamentando. Ahora preparo algo rico. Mañana iremos de compras, te compraré un vestido nuevo y te inscribiremos en una peluquería. Te haré un corte de pelo.
¿Para qué? preguntó Begoña, sin entusiasmo.
Porque la vida no termina, mamá respondió Aitana con firmeza. Sólo empieza de nuevo.
Los días siguientes fueron una neblina. Begoña siguió mecánicamente los consejos de su hija: ir de compras, sentarse en la silla del salón de peluquería, aceptar un maquillaje ligero. Al mirarse en el espejo veía a una mujer de cincuenta años, arreglada, con un peinado a la moda y ojos apagados. El nuevo vestido le quedaba perfecto, pero no le producían alegría. Todo parecía un carnaval para tapar el vacío con colores brillantes.
Alberto llamó una sola vez para acordar la recogida de sus pertenencias. La conversación fue breve, meramente administrativa. No hubo palabras sobre el pasado ni rastro de arrepentimiento. Llegó un día de semana, cuando Begoña estaba en casa. Recogió sus libros, discos y ropa de invierno en silencio, se detuvo frente al estante de fotos familiares, tomó una imagen donde los tres él, ella y la pequeña Aitana posaban sonrientes frente al mar. La miró, la devolvió al sitio.
La dejo murmuró. Que quede también tu recuerdo.
Begoña no respondió. Al marcharse, dejó en la entrada su viejo pañuelo, aquel que ella le había tejido hacía diez años. ¿Lo había olvidado o lo había dejado a propósito? Begoña lo tomó, inhaló el perfume mezclado de su esencia, el hielo y el tabaco. Por primera vez en días, soltó un llanto amargo, desgarrado, aferrándose a la áspera trama del pañuelo.
La soledad la aplastó con todo su peso. Las noches eran las más duras; antes estaban llenas de su presencia, ahora solo el silencio ensordecedor. Encendía la tele, pero los argumentos de las series le parecían absurdos; leía, pero las palabras se difuminaban. Deambulaba por el apartamento vacío, topándose con los fantasmas del pasado: su silla, su taza, la huella en la cama que no lograba alisar.
Una tarde, al hurgar en el armario, encontró una caja con sus viejos bocetos. Antes de casarse, había estudiado diseño de moda, había obtenido un premio con su proyecto de tesis. Entonces llegó Alberto, el matrimonio, Aitana. Su carrera quedó relegada a un hobby, cubierto de polvo.
Se sentó en el suelo y comenzó a pasar las páginas amarillentas. Siluetas delicadas, combinaciones audaces, cortes inusuales. En uno de los diseños reconoció el vestido que había llevado en su primera cita. Alberto le había dicho entonces que parecía un hada. El recuerdo le picó el pecho. Aquellas hojas parecían escritas por otra persona: una joven valiente, llena de sueños. ¿Dónde había desaparecido esa mujer?
Ese mismo día, su vieja amiga Sofía, a quien no veía desde hacía meses, la llamó.
¡Bego! ¿Cómo estás? saludó Sofía.
Aguantando respondió Begoña, seca.
¿Te parece si quedamos? Tomamos un café, charlamos. No puedes pasar el día encerrada.
Begoña dudó, pero aceptó.
Se encontraron en una pequeña cafetería del centro de Madrid. Sofía, inmobiliaria siempre optimista, se lanzó al asunto.
Cuéntame. Aunque, la típica historia de crisis de mediana edad, canas y todo. bromeó. ¿Encontraste a una muñeca joven y te crees macho?
No digas eso, Sofía. Begoña intentó defenderse.
¡Da igual! exclamó la amiga, gesticulando. ¡Te ha traicionado, Bego! Veinticinco años de tu vida. Tú le diste todo y él ¡hombres!
Sofía pidió dos capuchinos y pasteles.
Come, necesitas energía positiva. ordenó. ¿Y el piso?
Es mío, me lo dieron los padres. No pretende nada.
Al menos tienes techo. ¿Y el dinero? No vas a vivir de limosnas, ¿verdad?
Buscaré trabajo. No soy una incapaz.
¿Con cincuenta años y sin experiencia reciente? ¿Vendedora en un supermercado? ¿Conserje? soltó Sofía. ¡Despierta, Bego! Estabas acostumbrada a un nivel de vida.
Las palabras de la amiga eran duras, pero ciertas. Begoña sabía que sus ahorros no durarían eternamente.
¿Recuerdas cuando cosías? preguntó Sofía de repente. ¡Qué vestidos! Todos te envidiaban.
Eso fue hace años, desestimó Begoña. ¿Quién necesita eso ahora?
¡Pruébalo! insistió Sofía. No para vender, sino por ti. Recuerda lo que te hacía feliz. Necesitas algo que encienda tu fuego interior, o la melancolía te devorará.
Ese impulso la hizo volver a sus bocetos esa noche. Sacó la vieja máquina de coser que le había regalado su madre, la desempolvó, encontró una pieza de tela que había comprado para cortinas y jamás usado. Sus manos recordaron la aguja, y el sonido del hilo la transportó fuera del torbellino de pensamientos.
Cosiendo durante varios días, creó un sencillo vestido de verano. Cuando terminó, se lo probó frente al espejo: tela ligera, color azul como el cielo estival, corte elegante que le alargaba la figura. Por primera vez en mucho tiempo, una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
Una tarde, al salir del centro comercial, se cruzó con Alberto, que caminaba de la mano con una joven sonrisa, Cristina. Cabello rubio, falda vaquera corta. Parecían padre e hija. Alberto la vio, se quedó paralizado. Observó el vestido de Begoña, su peinado sencillo, y en sus ojos cruzó una chispa de sorpresa, quizás admiración.
Begoña empezó. Te ves… bien.
Gracias respondió ella, sin mirarle a la joven. Igualmente.
Alberto asintió y siguió su marcha, mientras Begoña sentía su mirada tras ella, pero no se volvió. En ese instante comprendió que ya no sentía la punzada aguda del dolor, solo una ligera tristeza del pasado y una punzada de orgullo herido. Ya no estaba devastada, sino tranquila.
A partir de entonces, diseñó otro vestido, luego una falda, una blusa. Aitana, al ver sus creaciones, se quedó boquiabierta.
¡Mamá, esto es increíble! ¡ Tienes nivel de diseñadora! exclamó. ¡Deberías venderlas!
¿A quién le importan? se ruborizó Begoña.
¡A todos! contestó Aitana con seguridad. Tienes estilo, tu sello. Vamos a crear una página en internet. Yo me encargo de las fotos, tú redactas el texto.
Begoña dudó, pero Aitana la incitó. Creó la cuenta Vestidos de Begoña, tomó fotos en puertas antiguas del centro de Madrid, subió sus primeras piezas. Los primeros días fueron lentos, pero pronto llegó el primer encargo: una mujer de su edad escribió que adoraba el vestido y quería uno similar en otro color. Begoña midió, eligió la tela, cosió de noche, temiendo defraudar a su primera clienta. Cuando la clienta recibió la prenda, quedó encantada y dejó una reseña entusiasta. El boca a boca empezó a fluir, y los pedidos se acumularon.
Su pequeño pasatiempo se transformó en un negocio real. Transformó una de las habitaciones en taller, compró una máquina de coser industrial, una overlock, maniquíes. Se formó con tutoriales online, leía sobre nuevas telas y técnicas. Apenas le quedaba tiempo para la melancolía. La vida se llenó de propósito, de nuevas preocupaciones y de alegría. Sus clientas eran mayormente mujeres de su generación, cansadas de la moda masiva, que buscaban elegancia, feminidad, piezas que ocultaran defectos y resaltaran virtudes. Begoña las entendía como nadie. No sólo confeccionaba ropa; les devolvía confianza.
Una noche, mientras terminaba un encargo, se oyó el timbre. En la puerta estaba Alberto, más delgado y con aspecto perdido.
¿Puedo entrar? preguntó, apenas.
Begoña se hizo a un lado. Él cruzó el salón, ahora convertido en una pequeña sala de exposición: en percheros colgaban vestidos terminados, en el sofá reposaban bocetos y muestras de tela.
Vaya, Aitana me contó que estás cosiendo, pero no imaginaba que fuera tan serio.
¿Y tú cómo lo veías? replicó BegoñaCon la cabeza alta y la máquina zumbando, Begoña cerró la puerta, sabiendo que el pasado ya no tenía poder sobre su futuro.







