El Coste del Cuidado: Lo que Realmente Implica Preocuparse por los Demás

**El Precio del Cuidado**

Irene no se engañaba sobre la edad de su perra. Fany, de hocico alargado y pelaje desgreñado, ya no respondía a los silbidos animados del parque ni corría tras la pelota que antes traía con orgullo. Los últimos meses eran especialmente preocupantes: la perra se levantaba con dificultad por las mañanas, evitaba su plato de comida y, tras los paseos, se tumbaba junto a la puerta suspirando. Por las noches, Irene se sentaba a su lado en la alfombra, acariciándola entre las orejas, mientras pensaba que ya era hora de visitar al veterinario.

Escogió un día festivo para la cita, así no habría prisa. Fuera, el barro primaveral se mezclaba con el agua encharcada en las aceras, pegándose a las suelas de sus botas desde el portal. El bolso con los documentos le recordaba su presupuesto: el monedero, remendado hace tiempo, mostraba el desgaste de tantos gastos pequeños. Irene estaba acostumbrada a calcular cada eurosu trabajo como contable le había enseñado a prever hasta los menores desembolsos.

Fany caminaba despacio junto a ella, con la correa floja. Su pelo se enredaba en las patas por la nieve húmeda y la lluviaen esta época, el clima cambiaba constantemente: unas veces lloviznaba, otras los restos de hielo se derretían bajo los pies de los transeúntes. Llegaron a la clínica veterinaria entre los primeros del día. Dentro olía a desinfectante mezclado con algo punzantequizás medicinas o pienso.

Irene se registró en recepción y se sentó en un rincón de la sala de espera. La perra se acurrucó a sus pies, enroscándose. Mientras observaba las manchas de barro en sus zapatos, Irene sentía un nudo en el pechola ansiedad la invadía cada vez antes de una consulta médica. Recordaba el año pasado: entonces todo se había resuelto con una vacuna y el consejo de cambiar la alimentación.

El veterinario los atendió rápidoun hombre joven, de unos treinta y cinco años, con el pelo cuidadosamente peinado, hablaba con seguridad mientras examinaba a Fany. La revisión se alargó: palpó sus articulaciones, escuchó su corazón con el estetoscopio frío.

Tiene una arritmia marcada Necesitamos hacer análisis de bioquímica sanguínea Y un electrocardiograma también sería recomendable.

Sus palabras sonaban contundentes. Irene solo entendía una cosa: habría muchos análisis. Le entregó una lista con los precios, y la cifra era tan alta que su mano tembló al sostener el papel.

De vuelta a casa, mientras caminaban por la acera embarrada, sus pensamientos oscilaban entre el miedo por Fany y la irritación por los gastos que se avecinaban. Su habitual frugalidad chocaba con el temor de descuidar algo por querer ahorrar.

En casa, Irene extendió una toalla vieja junto al radiador para secar las patas de Fany y se quedó mirando por la ventana, a través del cristal empañado. El anochecer llegó de repentelos días de primavera aún eran cortos.

Toda la tarde revisó la página de la clínica, releía las recomendaciones del veterinario línea por líneatodo parecía lógico, pero la ansiedad crecía al no entender la necesidad de cada análisis.

Más tarde, abrió el portátil y buscó un foro de dueños de perros de su barrio. La sección sobre exámenes estaba llena de historias similares: algunos hablaban de gastos innecesarios en clínicas «prestigiosas», otros recomendaban buscar una segunda opinión o acudir a un veterinario independiente con experiencia.

A Irene le alivió descubrir que dudar no era malo, que muchos enfrentaban la presión de clínicas que priorizaban ganancias sobre la salud.

Escribió un mensaje preguntando sobre arritmia en perros mayores y recibió respuestas rápidamente. Algunos compartían contactos de veterinarios «honestos», sin intereses comerciales; otros contaban cómo habían separado procedimientos esenciales de opciones prescindibles.

Pasaron días de indecisión: si rechazaba algunos análisis para ahorrar, ¿empeoraría Fany? Pero si aceptaba todo sin cuestionar, gastaría sus ahorros en vano.

Finalmente, pidió cita con otro veterinario, recomendado en el foro. Era una clínica pequeña, cerca de casa. La espera fue de dos díashabía muchos dueños preocupados como ella.

El día de la consulta, la lluvia se mezclaba con nieve, y los charles alargaron el camino. Las huellas grises de los productos antideslizantes quedaron en sus botas incluso al entrar.

La clínica era más modesta: sala de espera sencilla, sin anuncios de pienso, las paredes verde pálido, desconchadas cerca del sofá para pacientes.

La veterinaria era una mujer de mediana edad, con rostro cansado, acostumbrada a calmar las preocupaciones ajenas.

Cuénteme todo con detalle ¿Qué le han recomendado? ¿Cómo se comporta su perra?.

Irene colocó las listas frente a ella con el mismo cuidado que usaba al presentar documentos ante Hacienda, temiendo pasar por alto algo importante entre términos médicos.

La veterinaria estudió ambos papelesel de la clínica anterior y los síntomas que Irene había anotado. No se apresuró, hizo preguntas detalladas sobre el comportamiento de Fany, su alimentación, enfermedades previas. El consultorio estaba en silencio, solo se oían murmullos desde recepción y algún ladrido ocasional.

Entiendo su preocupación. No todo esto es necesario ahoradijo al fin, devolviéndole el papel. Hay análisis básicos para el corazón y un chequeo sanguíneo mínimo. Lo demás puede esperar o incluso descartarse si la evolución es buena.

Irene escuchó atenta. Sus palabras eran tranquilas, sin presiones. Le explicó la diferencia entre lo esencial y lo adicional de la primera clínica. El costo podía reducirse casi a la mitad sin riesgoslo importante era observar la respuesta al tratamiento.

Recetó lo imprescindible y dejó el resto pendiente de los resultados.

El camino a casa fue más ligero: la lluvia amainaba, solo unas gotas se pegaban a su capucha. Fany caminaba con más energía, aliviada de volver a lo conocido.

Esa noche, Irene acomodó a Fany en una toalla seca junto al radiadorsu pelaje seguía húmedo del paseo. Mientras la perra se dormía poco a poco, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo más tranquilo, Irene apagó la luz del salón, dejando solo la lamparita del pasillo encendida. Se sentó en el suelo a su lado, le acarició la cabeza y susurró: «Mañana será otro día, viejita». Y por primera vez en semanas, respiró hondo, como si acabara de encontrar algo que creía haber perdido.

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