La Guardiana Rayada del Patio: Protectora Leal y Valiente

**La Protectora a Rayas del Patio**

En este patio todo estaba a la vista: las ventanas se observaban unas a otras, los niños conocían no solo los nombres sino también las costumbres de los vecinos, y los adultos sabían a qué hora salía y regresaba cada uno. A finales de septiembre, la hierba seguía verde, aunque las mañanas ya la doblegaban bajo el peso del rocío. Al caer la tarde, el patio se llenaba de voces: los chicos jugaban al fútbol entre los bordillos, las niñas montaban una «tiendecita» en el banco bajo el viejo castaño. Entre ellos, aparecía la gata, moviéndose con la elegancia de quien sigue un mapa conocido: grande, a rayas, con manchas blancas en las patas y el pecho. No tenía dueño, pero todos la conocían: Murriña, o simplemente La Gata.

Los niños la trataban como a un talismán: unos le llevaban un trozo de chorizo, otros la acariciaban o le susurraban secretos al oído. Las mujeres también la querían: unas dejaban un cuenco de comida junto al portal, otras la invitaban a refugiarse en el recibidor cuando llovía. Incluso los recién llegados, que aún no conocían las dinámicas del patio, pronto notaban que sin ella, algo esencial faltaba en el bullicio diario.

Pero estaba la familia de Javier, el niño. Su madre, Lucía, y su padre, Álvaro, veían a la gata con recelo, casi con irritación.

¡Es peligrosa! ¡Trae gérmenes! ¡Quién sabe de dónde viene! decía Lucía.

Álvaro asentía en silencio, sin intervenir. Para ellos, la limpieza era lo primero: un niño no debía jugar con animales callejeros.

Javier miraba a la gata a escondidas. Si su madre lo sorprendía, fingía distraerse con su coche de juguete. Pero en cuanto los adultos se despistaban, él se acercaba a Murriña, esperándola junto al arenero.

Las tardes en el patio cambiaban rápido: el sol se escondía tras los tejados, el asfalto se enfriaba. Los niños se quedaban hasta tarde, como si el verano no hubiera terminado del todo, pero el aire se volvía frío al anochecer.

La gata conocía a todos: respondía solo a ciertas voces. Si Javier la llamaba entre los arbustos, se acercaba con cautela; si la vecina Carmen golpeaba el cuenco con la cuchara, aparecía antes que cualquier otro gato del barrio.

La vida seguía su curso: por la mañana, los niños salían corriendo al colegio, al mediodía los más pequeños jugaban en el arenero con sus abuelas, y al atardecer el patio volvía a llenarse bajo las ventanas del primer piso.

Lucía intentaba convencer a las demás mujeres:

Nadie sabe si está enferma. Si fuera de casa, sería distinto.

Pero las vecinas se encogían de hombros:

¡Es buena! Nosotras la cuidamos.
¡Sin ella, los ratones invadirían el patio!

Y el tema se cerraba sin acuerdo.

Hasta una tarde de finales de septiembre. El día había sido húmedo tras la lluvia. Las hojas del castaño empezaban a amarillear, y algunas ya cubrían el suelo bajo los columpios.

Javier jugaba cerca con dos niñas y el hermano pequeño de una de ellas. Murriña descansaba en el bordillo de cemento, buscando el calor residual del sol.

De pronto, desde los garajes, llegaron ladridos. Primero uno, luego dos, cada vez más cerca. Los niños se quedaron quietos. Los adultos giraron la cabeza al mismo tiempo.

Apareció un perro: un mastín negro enorme, con el collar roto y el pelo erizado. Avanzaba rápido, como buscando a alguien.

Javier retrocedió, escondiéndose tras una de las niñas:

No pasa nada, se irá…

Pero el perro no se detuvo. Los niños gritaron pidiendo ayuda. Lucía salió corriendo:

¡Venid aquí!

Su marido, en la cocina, no se dio cuenta de lo que ocurría.

Entonces Murriña actuó: saltó hacia el perro con tal velocidad que todos se quedaron paralizados. El mastín se distrajo, giró bruscamente y la persiguió más allá de los arbustos, alejándose del arenero.

Javier estaba a salvo.

Lucía lo abrazó, sintiendo su corazón acelerado bajo la chaqueta:

Todo está bien…

Pero nadie supo adónde fue la gata.

Al anochecer, los niños la buscaron por todo el patio. Los adultos alumbraron con sus móviles entre los matorrales.

Fue Javier quien la encontró bajo la lilá: su pelaje a rayas, su vientre blanco tembloroso. Respiraba con dificultad.

Carmen la envolvió en su chaqueta y la llevó a su casa. La familia de Javier entró detrás. Lucía sujetó a su hijo, pero no apartó la vista del animal. Álvaro buscaba una clínica veterinaria abierta.

Murriña yacía sobre una toalla, herida en el costado. Las vecinas limpiaron la herida con agua tibia y yodo.

Javier observaba, impresionado, cómo los adultos se volcaban en ayudar. Hasta su madre, siempre tan estricta, sostenía con cuidado una pata de la gata.

Sujétala fuerte, pero con cuidado… murmuraba.

Álvaro regresó con una sábana limpia.

La clínica nos atenderá mañana sin cita.

Lucía asintió. Por primera vez, su voz no sonó fría al hablar de la gata.

La llevaremos a casa y por la mañana la llevamos al veterinario.

Esa noche, Javier no pudo dormir, pendiente de cada ruido. Lucía entró varias veces a revisar a Murriña.

Al amanecer, la gata seguía débil, pero cuando Javier la acarició, maulló suavemente, como agradeciéndole el gesto.

En la clínica, el veterinario confirmó que la herida no era grave, pero necesitaría reposo. Les dio instrucciones para cuidarla.

De vuelta en casa, la familia se organizó: Lucía limpiaba, Álvaro traía comida y agua, y Javier ayudaba a cambiar los vendajes. Los vecinos también visitaban a la paciente, llevándole premios o dibujos.

Poco a poco, Murriña mejoró. Al tercer día, ya comía con normalidad.

Una tarde, mientras Lucía abría la ventana, la gata se acercó al alféizar. Olfateó el aire, como recordando cada detalle del patio.

Dejémosla salir… No es nuestra.

Esta vez, no hubo reproches en su voz.

Murriña saltó al patio y desapareció entre las sombras.

A la mañana siguiente, todos la buscaron. Cuando apareció junto al arenero, los niños corrieron hacia ella. Las vecinas se sonrieron, como compartiendo un secreto. Javier fue el primero en llegar, con un trozo de jamón envuelto en un pañuelo. La gata lo miró un instante, luego restregó su cabeza contra sus piernas. Desde entonces, Lucía dejó un cuenco con leche cada tarde junto al portal. Y aunque Murriña seguía siendo del patio, todos sabían que, en cierto modo, también era de ellos.

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