Un vínculo para toda la vida

**Un lazo para siempre**

Lucía recorría el largo pasillo de su piso con calma, como si su propio estado de ánimo reflejara la tardeclara y cálida, con el sol resistiéndose a esconderse tras los edificios. Dejó una taza de té sobre la mesa y abrió el portátil. Entre los correos nuevos, uno destacaba: «Promoción-2004. ¡20 años!». Le sorprendió que hubieran pasado ya dos décadas. Miró fijamente la pantalla, recordándose con el uniforme del colegio y las coletas ridículas de su compañera de pupitre.

La tarde se alargaba, la luz suave se posaba sobre las cortinas blancas. Lucía pensó en lo poco que quedaba de unión entre la mujer que era ahora y aquella niña que corría por esas mismas calles. Releyó el mensaje: su antigua tutora recordaba el aniversario y los invitaba a reunirse. Una sonrisa se dibujó en su rostrolos recuerdos fluían sin esfuerzo. Los compañeros se habían dispersado: algunos se mudaron a otra ciudad, otros se quedaron. Solo mantenía contacto con dos amigas, y hasta esas conversaciones eran escasas.

Mientras el té se enfriaba, Lucía dudaba si organizar el encuentro. Las inseguridades brotaban¿tendría tiempo? ¿Aceptarían los demás? Pero la idea no la soltaba. Sentía que si no lo hacía ella, nadie lo haría.

Observó la habitación. En el alféizar florecían violetas. Afuera, las risas de los niños jugando al fútbol resonaban en el patio. Sacó un álbum viejo de la estantería. Las fotos mostraba rostros que no veía desde hacía años: algunos con melenas cortas, otros con trenzas. De pronto recordó cuando se escondía en la sala de profesores con Martacreían que nadie las encontraría.

Los recuerdos se encadenaban. Lucía sonrió. Lo tenía claro: el reencuentro debía ocurrir. En su interior, una inquietud sutil¿lograría reunirlos a todos? ¿Recuperaría esa ligereza de la infancia?

Escribió a sus dos amigas en el móvil: «¿Habéis visto lo del aniversario? ¡Organicémoslo!». Las respuestas llegaron al instante: una entusiasmada, la otra dubitativa. Lucía insistió, tecleando rápido. Finalmente, su amiga cedió: «Si tú te encargas, cuentas conmigo».

Así empezó todo. Abrió el navegador y entró en la web de antiguos alumnos. La sesión se inició automáticamenteno entraba desde hacía años. El muro estaba lleno de caras desconocidas. En la sección de su clase, encontró apellidos familiares. Algunos perfiles llevaban inactivos años. Envió mensajes cortos: «¡Hola! Soy Lucía. Preparamos el reencuentro. ¿Te apuntas?». Puntos verdes junto a los nombres indicaban quién estaba conectado.

La búsqueda fue más difícil de lo esperado. Varios teléfonos ya no existían. Buscó en otras redesalgunas habían cambiado de apellido al casarse, otras tenían fotos de paisajes en lugar de su cara. A veces escribía a desconocidos con nombres similares, por si acaso. Cada vez, el corazón le latía un poco más rápido.

Mientras buscaba, su mente viajaba al pasado: las clases de literatura, donde debatía con el profesor sobre «La Celestina»; las excursiones al río; el primer campamento escolar. Y, sobre todo, su primer amorÁlvaro Méndez, de la clase paralela. Sonriórecordarlo aún le producía un cosquilleo.

Una noche, recibió un mensaje de Jorgeel chico callado del fondo que apenas participaba en nada:

«Hola. Buena idea. Cuenta conmigo».

Ese mensaje le dio alas. Dos compañeros más se unieron a la organización, discutiendo el lugar del encuentro.

La casa parecía más cálida ahoraquizá porque Lucía abría las ventanas de par en par. El aire cálido entraba cargado del aroma de las hojas nuevas y los sonidos del atardecer en Madrid. Las flores del alféizar florecían, y cada vez que pasaba, las rozaba con los dedos.

Una tarde, Martasu cómplice de travesurasla llamó:

¿Te acuerdas del primer día de colegio?preguntó.

¡Claro! Temía olvidarme el poema.

Y yo pisé mi falda blanca delante del director.

Ambas rieron.

¿Nos vemos, verdad?dijo Marta.

¡Lo estoy organizando!respondió Lucía.

Por las noches, hacía listas: tachaba nombres, anotaba teléfonos. A veces se quedaba hasta tarde hablandoplaneaban el menú, quién llevaría fotos o recuerdos.

Lo que más le inquietaba era Álvaro. Su perfil llevaba años inactivo, sin contactos en común. Buscó en el grupo de su promoción, pero nadie tenía su número. Una foto antigua junto al río lo mostraba apartado del grupo, con una sonrisa casi imperceptible.

«No sé si vendrá», murmuró.

Llegó el día. La escuela les prestó su antigua aula en el segundo piso, con las ventanas abiertas para que entrara el aire. Lucía llegó la primeraquería recorrer los pasillos, pintados del mismo color claro. En los alféizares, alguien había dejado ramos de flores silvestres.

Poco a poco, llegaron los demás. Algunos traían hijos, otros cajas de fotos, otros la abrazaron con tal fuerza que casi dejó caer sus papeles. Los murmullos llenaron el aularecordaban exámenes tramposos, excursiones. Las risas rebotaban en las paredes.

Lucía buscaba sin querer un perfil familiar. Cada vez que se abría la puerta, su corazón se detenía un instante. Hablaba con todos, preguntaba por sus vidas, pero la tensión no cedía.

Hasta que la puerta se abrió de nuevo, y las palabras se le atascaron en la garganta. Álvaro Méndez entrócasi no había cambiado: algunas canas, la misma espalda recta y esa sonrisa tranquila que siempre le robaba el aliento. Sus miradas se encontraron al instante.

Se acercó, y el bullicio pareció amortiguarse.

Hola, Lucía Qué bueno verte después de tantodijo en voz baja.

Yo también Parece que el tiempo no ha pasado para tirespondió ella, igual de suave.

No podía faltarsonrió. Gracias por organizarlo.

En ese momento, todo lo demás perdió importancia. El esfuerzo valía la pena por ese instante.

Las conversaciones se tornaron más íntimas. No solo hablaban de anécdotas, sino de sus vidas, trabajos, hogares. En la mesa quedaban platos con empanadas, una caja de turrones, recuerdos de la infanciaun barquito de papel, una regla con letras descoloridas. Lucía, junto a la ventana, sentía el aire cálido mientras Marta contaba su primer campamento. Miró a sus compañeros y sintió que, aunque habían cambiado, seguían siendo los mismos. El tiempo se había vuelto flexible, permitiendo que pasado y presente se fundieran.

Álvaro estaba sentado frente a ella. No se marchaba, y a veces sus miradas se cruzabansin presión, solo con complicidad. Ya habían hablado de lo importante; ahora solo disfrutaban de estar cerca. Notó que escuchaba con atención, intercalando comentarios. Su voz era más grave que hace veinte años. Recordó esos días en los que ni siquiera se atrevía a acercársele.

La conversación se suavizó. Alguien brindó por la tutoratodos alzaron sus vasos. Lucía no quería que terminara. Su móvil vibró: «¿Creamos un grupo para todos?», decía un mensaje. Asintió enseguida. Pronto llegaron más: propuestas para verse en verano, fotos de esa noche, bromas sobre sus cambios.

El ruido en el aula menguaba. Fuera, el crepúsculo teñía el cielo; la farola del patio proyectaba sombras doradas en la pizarra. Las ventanas seguían abiertas, dejando entrar el aroma de los rosales y el murmullo de la calle. Lucía sentía una paz extrañacomo si hubiera reconstruido un puente con su pasado.

Al despedirse, los abrazos fueron largos, sinceros. Incluso quienes apenas se hablaban en el colegio compartían ahora sus preocupaciones o planes. Jorge, el callado, habló de su hija. Marta enseñó fotos de su boda.

Álvaro se quedó hasta el final. Me alegra tanto haberte visto dijo, mirándola a los ojos.
A mí también respondió Lucía, con una sonrisa que tardó en desvanecerse.
Se quedaron un momento en silencio, como si el tiempo les diera una tregua.
¿Sabes? Nunca olvidé aquel poema que recitaste en clase dijo él. Me lo aprendí de memoria.
Lucía sintió que el corazón le daba un vuelco.
¿Y ahora me lo dirás?
Quizá la próxima vez sonrió. Si hay una próxima vez.
Habrá una próxima vez dijo ella, segura.
Y mientras cerraban la puerta del aula, el eco de sus pasos resonó por el pasillo vacío, suaves como el regreso a un hogar que nunca se había ido.

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The Family Trail: A Journey Through Heritage and Memories