Una noche de otoño, Andrés regresaba a casa por una calle sombría de Madrid, donde los charcos, medio ocultos bajo hojas caídas, brillaban bajo la escasa luz de los faroles. Era una tarde tardía de noviembre, tiempo poco propicio para pasear: el viento helado calaba hasta los huesos y los edificios parecían distantes, fríos, indiferentes. Andrés aceleraba el paso, como huyendo de una sombra invisible que lo acompañaba desde la madrugada. Mañana sería su cumpleaños, una fecha que siempre intentaba pasar por alto.
Dentro de él se acumulaba una tensión conocida: no era una expectativa alegre, sino una masa densa y pesada, como un nudo atrapado en el pecho. Cada año el mismo guion: mensajes formales, breves llamadas de los compañeros, sonrisas de turno. Todo parecía una obra ajena en la que él debía interpretar al anfitrión, aunque hacía tiempo que no se sentía tal.
En su infancia todo era distinto. De pequeño se despertaba temprano y aguardaba aquel día con el corazón acelerado, creyendo en el pequeño milagro: el aroma del bizcocho casero con crema, el crujir del papel de regalo, la voz cálida de su madre y el bullicio de los invitados alrededor de la mesa. Entonces los saludos eran auténticos, acompañados de risas sinceras y ajetreo en torno al festín. Hoy esos recuerdos aparecen esporádicamente y siempre dejan tras de sí una ligera melancolía.
Al abrir la puerta del edificio, el aire húmedo lo golpeó con mayor fuerza. En el recibidor lo recibía el desorden habitual: un paraguas mojado apoyado contra la pared, chaquetas colgadas sin orden. Andrés se quitó los zapatos y se quedó frente al espejo; su rostro mostraba el cansancio de las últimas semanas y, además, una tristeza escurridiza por la pérdida del sentido festivo.
¿Has venido? preguntó Sofía, su esposa, asomándose desde la cocina sin esperar respuesta.
Sí respondió él, casi sin entonar.
Habían aprendido a sostener estos breves diálogos nocturnos: cada uno en su propio mundo, encontrándose solo para la cena o una taza de té antes de dormir. La familia se mantenía en la rutina, segura y un tanto monótona.
Andrés se cambió a ropa cómoda y subió a la cocina, donde flotaba el olor a pan recién horneado; Sofía picaba verduras para la ensalada.
Mañana no habrá muchos invitados, ¿verdad? preguntó él sin inflexión.
Como siempre: no te gustan las reuniones ruidosas ¿Qué tal si quedamos los tres? Invita a tu amigo Diego.
Andrés asintió en silencio y se sirvió un té. Sus pensamientos se entrelazaban: entendía la lógica de Sofía, ¿para qué organizar una fiesta solo por cumplir? Pero algo en su interior protestaba contra esa economía adulta de los sentimientos.
La noche se alargaba lentamente; Andrés hojeaba noticias en el móvil, intentando distraerse de los persistentes pensamientos sobre el día que se avecinaba. Sin embargo volvía al mismo interrogante: ¿por qué la celebración se había convertido en una formalidad? ¿Dónde quedó la alegría?
A la mañana siguiente, su teléfono estalló con la larga serie de notificaciones de los chats de trabajo; los colegas enviaron los habituales ¡Feliz cumpleaños! acompañados de stickers y gifs. Un puñado de mensajes resultaron algo más cálidos, pero todas las palabras se asemejaban entre sí hasta volverse transparentes.
Él contestaba mecánicamente ¡Gracias! o enviaba un emoticono. La sensación de vacío se intensificaba: Andrés se descubría queriendo alejar el móvil y olvidar su propia fecha hasta el próximo año.
Sofía subió el hervidor un poco más fuerte, tratando de ahogar el silencio en la mesa.
Te felicito ¿Qué tal si pedimos pizza o sushi esta noche? No quiero estar todo el día en la cocina.
Como quieras respondió Andrés, con una irritación que luego lamentó, aunque no explicó nada. Dentro hervía una mezcla de impotencia contra sí mismo y contra el mundo.
Al mediodía, Diego llamó:
¡Hola! ¡Feliz cumple! ¿Nos vemos hoy?
Sí pasa por la tarde después del trabajo.
Perfecto, llevo algo para acompañar el té.
La charla terminó tan rápido como empezó; Andrés sintió una extraña fatiga de esos contactos breves, como si sucedieran no por él, sino por costumbre.
Todo el día transcurrió en un sueño semiconsciente; el hogar impregnaba el aroma del café mezclado con la humedad de los abrigos en el recibidor, mientras afuera seguía lloviznando. Andrés intentaba trabajar desde casa, pero la infancia volvía una y otra vez: entonces cualquier celebración era el evento del año; ahora se disolvía entre los días como una simple marca en el calendario.
Al caer la tarde, el ánimo se volvió más pesado; Andrés comprendió finalmente que ya no quería soportar esa vacío por la comodidad de los demás. No deseaba fingir delante de Sofía ni de Diego, aunque resultara incómodo o cómico admitir sus sentimientos en voz alta.
Cuando todos se sentaron bajo la tenue luz de una lámpara de mesa, la lluvia golpeaba el alféizar con estruendo, subrayando la clausura de su pequeño universo bajo la tormenta de noviembre.
Andrés guardó silencio; el té se enfriaba en su taza y las palabras no lograban formarse. Miró primero a Sofía, que le devolvía una sonrisa cansada a través de la mesa; luego a Diego, absorbido en su móvil, asintiendo apenas bajo la música que salía de la habitación contigua.
Y de pronto todo se volvió claro:
Escuchad Tengo algo que decir.
Sofía dejó la cuchara; Diego levantó la vista del móvil.
Siempre me pareció tonto organizar fiestas solo para marcar una fecha Pero hoy he entendido algo distinto.
El silencio que siguió fue tan abrupto que el ruido de la lluvia pareció más fuerte.
Echo de menos una verdadera celebración Esa sensación de la infancia, cuando esperas todo el año y todo parece posible.
Se quedó callado, la garganta se le tensó por la emoción.
Sofía lo miró detenidamente:
¿Quieres intentar recuperarla?
Andrés asintió apenas perceptible.
Diego sonrió con calidez:
Ahora entiendo qué has buscado todos estos años.
Una ligereza brotó en el pecho de Andrés.
Entonces, dijo Diego frotándose las manos, vamos a recordar cómo era. Tú hablaste alguna vez del bizcocho con crema
Sofía, sin preguntar, se dirigió al frigorífico. No había ni bizcocho ni crema, pero sacó una caja de galletas sencillas y un tarro de mermelada. Andrés esbozó una sonrisa; el gesto era torpe y tremendamente humano. En la mesa apareció rápidamente un plato con galletas, una taza de mermelada y un pequeño cuenco de leche condensada. Diego, juguetón, apoyó las manos bajo la barbilla:
¡Bizcocho exprés! ¿Y velas?
Sofía rebuscó en un cajón y sacó el último resto de una vela de parafina, la recortó a la mitad; quedó una vela torcida, pero real. La clavaron en una montaña improvisada de galletas. Andrés observó ese minúsculo altar, humilde y sin pretensiones, y sintió una chispa de la alegría que alguna vez esperó.
¿Música? preguntó Diego.
No la radio, sino lo que escuchaban nuestros padres, pidió Andrés.
Diego manipuló su móvil; Sofía puso una vieja lista de reproducción en el portátil: voces de otra década, canciones de la infancia que se entrelazaron con el ruido de la lluvia. Resultaba gracioso ver a adultos montar una pequeña obra casera solo para él. En esa puesta en escena desapareció la falsedad de los saludos habituales. Cada uno hacía lo que sabía: Sofía servía el té en tazas gruesas, Diego aplaudía torpemente al compás, y Andrés sonreía sin necesidad de cortesía.
El apartamento se volvió más cálido. Las ventanas empañadas reflejaban la luz de la lámpara y la calle con los escasos coches; fuera la lluvia continuaba. Pero ahora Andrés miraba la lluvia de otro modo: estaba lejos, mientras allí se gestaba su propio clima.
¿Te acuerdas del juego del cocodrilo? preguntó Sofía de pronto.
¡Claro! Siempre perdía
No porque fuera malo simplemente nos reíamos demasiado.
Intentaron jugar justo en la mesa. Al principio resultó incómodo: un adulto imitando un canguro frente a dos adultos más. En cuestión de minutos la risa se volvió genuina; Diego agitaba los brazos con tal ímpetu que casi derriba la taza, Sofía reía ligera, y Andrés por primera vez dejó de controlar su expresión.
Luego rememoraron anécdotas de fiestas infantiles: quién escondía pedacitos de bizcocho bajo la servilleta para el segundo turno, o aquella vez que se rompió la vajilla de la madre sin que nadie se enfadara. Cada recuerdo disipaba la pesada nube de la formalidad, convirtiéndola en una atmósfera acogedora y cálida. El tiempo dejó de ser enemigo.
Andrés se encontró de nuevo con esa sensación de la niñez, cuando todo parecía posible al menos por una noche. Miró a su esposa con gratitud por su simple cuidado sin palabras superfluas; cruzó la mirada con su amigo y encontró comprensión sin sarcasmo.
La música cesó de golpe. Fuera, faros escasos deslizaban su luz sobre el asfalto mojado. El apartamento parecía una isla luminosa en medio de la gris otoño.
Sofía sirvió más té:
Al final lo he hecho a mi modo pero lo esencial no es el guion, ¿verdad?
Andrés asintió en silencio.
Recordó el temor que había sentido esa mañana, como si la celebración tuviera que decepcionarle o pasar desapercibida. Ahora resultaba una confusión lejana. Nadie esperaba de él reacciones perfectas ni agradecimientos elaborados; nadie lo empujaba a divertirse por marcar una casilla en el calendario familiar.
Diego sacó un viejo juego de mesa del armario:
¡Así sí volvemos al pasado!
Jugaron hasta entrada la noche, discutiendo reglas y riendo ante los movimientos absurdos. Afuera, la lluvia golpeaba con un ritmo casi arrullador.
Más tarde, los tres permanecieron en silencio bajo la suave luz de la lámpara. Sobre la mesa quedaban migas de galleta y una taza vacía de mermelada, restos de su pequeño banquete.
Andrés comprendió que ya no necesitaba demostrar nada a nadie, ni a sí mismo. La celebración había vuelto no porque alguien hubiera creado el escenario perfecto o comprado el pastel ideal, sino porque a su lado estaban personas dispuestas a escucharlo de verdad.
Miró a Sofía:
Gracias
Ella le devolvió solo una mirada cómplice.
Dentro había paz, sin euforia ni alegría fingida. Sólo la sensación de una noche correcta en el lugar correcto, entre la gente que le era propia. Afuera, la ciudad húmeda seguía su vida; dentro reinaban el calor y la luz.
Andrés se levantó, se acercó a la ventana. Los charcos reflejaban los faroles; la lluvia caía lenta y perezosa, como si estuviera cansada de discutir con noviembre. Pensó en el milagro de la infancia: siempre sencillo, obra de manos cercanas.
Esa noche se quedó dormido sin prisa, sin urgencia de olvidar su cumpleaños.







