Verifiqué la geolocalización de mi marido, que «estaba de pesca», y lo encontré en la puerta de un hospital materno.

29 de octubre de 2025
Querido diario,

Hoy ha sido el día en que mi vida se ha despedido de la ilusión que mantenía bajo la mesa de la cocina. Soy Sergio García, ingeniero de proyectos en una pequeña consultora de Madrid, y durante veinte años he intentado equilibrar la precisión de los planos con la rutina de un hogar que, a simple vista, parecía sólido. Mi mujer, Alba Fernández, lo es todo para mí: su voz firme cuando llama a los proveedores, su mirada aguda que detecta cualquier imperfección en los azulejos de una obra, y su paciencia infinita para soportar mis largas noches frente al ordenador.

Sin embargo, el último año me sentí atrapado en una especie de guerra silenciosa. Necesitaba espacio, una escapatoria, y encontré excusa en la pesca. Cada fin de semana me juntaba con mi viejo amigo Luis Hernández y nos íbamos al embalse de San Juan en la provincia de Segovia. ¿Qué hay de malo en un poco de tranquilidad?, me repetía mientras empacaba termos de té de menta y sándwiches. Alba, siempre atenta, me preparaba la comida y me decía con una sonrisa: Disfruta, mi valiente. No pensé que esas palabras pudieran volver a resonar como una burla.

El sábado pasado, después de terminar una urgente visita a la obra de la calle Gran Vía en Valencia, decidí dedicar el día a mí mismo. Pasé por la peluquería del barrio y luego me dirigí al Mercadona de la Castellana para hacer la compra de la semana. Mientras llamaba a Alba para preguntar si necesitaba algo, el timbre del móvil sonó en vano: la llamada se quedó en sonando. Un incómodo silencio se coló en mi pecho, algo que nunca había sentido cuando ella contestaba al instante.

Recordé entonces la aplicación de localización familiar que instalamos hace medio año para vigilar a nuestro hijo, Diego, que estudia en Salamanca. No la había usado mucho, considerándola una invasión, pero ahora, con la mano temblorosa, la abrí. Tres puntos aparecían en el mapa: el mío, el de Diego y, sorprendentemente, el de Alba. Su ubicación no estaba en la carretera hacia el embalse, sino en el centro de Madrid, en la zona de Ciudad Lineal, justo frente al Hospital Universitario La Paz, edificio número 5.

¿Qué demonios?, pensé. Un error del GPS, imaginé, o tal vez Luis había ido a visitar a sus padres y se había confundido de dirección. Pero el teléfono de Alba estaba apagado. El miedo se transformó en una fría certeza: había algo que no me estaba diciendo.

Con el corazón golpeando como un martillo, conduje a toda prisa hasta el hospital. Al llegar, vi una multitud de padres y abuelos con flores y globos, una escena que parecía sacada de una película de familia. Desde la ventanilla del coche, observé cómo Alba, vestida con la camisa que yo había planchado la noche anterior, salía del edificio acompañada de una joven de veinticinco años, de rostro cansado pero radiante, y sostenía un sobre blanco atado con una cinta azul celeste.

Al ver a la joven, comprendí que era María, la compañera de Luis, y que el sobre contenía la noticia de un recién nacido. La abrazó una anciana que, al reconocer a Alba, la estrechó con una alegría que me heló la sangre. En ese instante, Alba me sonrió de una forma que hacía veinte años, cuando me entregó a nuestro hijo pequeño en la misma sala.

Me quedé allí, atrapado tras el cristal, mientras mi mundo se desmoronaba. No dije nada; no grité. La fuerza que siempre había demostrado en las negociaciones con los arquitectos y los jefes de obra me empujó a actuar con la misma frialdad. Salí del coche, arranqué y volví a la oficina, decidido a arreglar lo que había destrozado.

Al día siguiente, Alba se presentó en casa con la determinación de una directora de obra. Se lanzó contra mi estantería de modelos de veleros, el que había coleccionado de niño, y los hizo trizas. Llamó al abogado, el señor Álvaro Méndez, y le pidió la disolución inmediata del matrimonio y la división de bienes. Transferí todo el saldo de nuestra cuenta conjunta al mío propio, dejando exactamente mil euros en la cuenta para el pescador. Empaquetó mis cosas camisas, botas de pesca, los veleros rotos y las mandó al domicilio de su madre en Alcalá de Henares.

Cuando la casa quedó vacía, me senté en el sofá y dejé que las lágrimas fluyeran, no por la pérdida material, sino por la propia ceguera que me había impedido ver la mentira que se gestaba bajo mi espalda. Alba me llamó más tarde, su voz era una mezcla de cansancio y firmeza: No busques explicaciones, Sergio. Mañana mi abogado te contactará. No vuelvas a tocar mi número.

Ahora, mientras escribo estas líneas, recuerdo la frase que siempre me decía mi abuelo: El buen arquitecto planifica, pero también revisa los cimientos. He aprendido que la honestidad y la comunicación son los cimientos de cualquier relación; sin ellos, cualquier proyecto, por muy sólido que parezca, está destinado a colapsar.

Hoy, con el borrador y los lápices de colores sobre la mesa, empiezo a diseñar mi nueva vida, sin mentiras, sin atajos. En lugar de casi igual, escogeré el color exacto que refleje mi libertad.

Una lección que llevaré siempre: la integridad es la única estructura que nunca se puede demoler.

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