20 de octubre de 2025
Todo empezó con una notificación rápida en el muro de mi móvil: una foto de un hombre con la leyenda «Desaparecido en el bosque, se necesita ayuda». Lo miré durante varios minutos como esperando una señal personal. Tengo cuarenta y ocho años, trabajo estable en la empresa de transporte de Madrid, un hijo adulto que vive en Valencia y una costumbre arraigada a no meterme en los problemas ajenos. Sin embargo, esa noche algo cambió; la ansiedad me consumía como si fuera un familiar perdido. Decidí pulsar el enlace y escribí al coordinador del equipo de búsqueda, María.
La respuesta llegó al instante, tono cortés y órdenes precisas. En el grupo de principiantes nos explicaron el procedimiento: reunirnos en el borde del pueblo de Valdeolmos a las siete de la tarde, llevar linterna, agua, alimentos y ropa de abrigo. Insistían en que la seguridad era lo primero. Metí en la mochila una termo vieja con té, la botiquín, medias de repuesto y una manta de lana. Un temblor leve recorría mis dedos al sentirme parte de algo mayor.
En casa el silencio se hizo más denso: la tele apagada, el olor a pan recién horneado en la cocina. Verifiqué el móvil; María me recordaba la hora del punto de encuentro. Me pregunté: ¿por qué voy? ¿Quería probarme a mí mismo, demostrarle algo a mi hijo, o simplemente no podía quedarme de brazos cruzados? No encontré respuesta.
Afuera ya caía la oscuridad. Los coches en la autovía se llevaban lejos las preocupaciones cotidianas. El aire fresco se colaba por el cuello de mi chaqueta. Al llegar al punto, el encuentro con los voluntarios fue formal: caras jóvenes, otras más mayores, y María, de corte corto, dio la última instrucción: no separarse del grupo, mantener la radio encendida y seguir al líder. Asentí junto a los demás.
Emprendimos el camino hacia el bosque siguiendo la cerca baja. En el crepúsculo los árboles crecían y se espesaban; a la distancia se escuchaban los cantos de los ruiseñores y el susurro de las hojas bajo los pies. Nuestras linternas iluminaban parches de hierba húmeda y los pocos charcos que quedaban de la lluvia matutina. Me quedé en el centro de la fila, ni al frente ni al final.
Dentro del bosque la tensión aumentaba: cada paso hacia la sombra era un nuevo umbral de miedo. El bosque crujía a su modo; las ramas se rozaban con el viento y, a la derecha, una rama se partió. Alguien bromeó en voz baja sobre entrenar para un maratón. Yo guardé silencio, escuchando mi propio cansancio, que crecía más rápido que mi acostumbrada nocturnidad.
Cada vez que María detuvo al grupo para comprobar la señal de la radio, mi corazón latía con más fuerza. Temía perder el contacto o extraviarme por descuido. Pero todo siguió el guion: órdenes breves por la radio, registro de voces. Debatimos la ruta, algunos proponían rodear el bajío de charcos a la derecha.
Una hora más tarde estábamos tan adentro que las luces del pueblo habían desaparecido tras los troncos. Las linternas sólo mostraban un círculo luminoso bajo los pies; fuera de él, una pared de sombras. Sentí el sudor escurrirse por mi espalda y los botines empaparse de hierba mojada.
De pronto, María levantó la mano y todos se congelaron. En la oscuridad se escuchó una voz tenue:
¿Hay alguien?
Las linternas apuntaron a un arbusto; allí, arrodillado, había una figura.
Avancé con dos voluntarios. En el haz de luz apareció un anciano delgado, canoso y con las manos sucias. Miraba asustado, los ojos saltando entre los rostros.
¿Usted es Pedro Álvarez? preguntó María en voz baja.
El hombre negó con la cabeza.
No me llamo Pedro Me perdí por la mañana Me duele la pierna No puedo seguir
Un silencio breve nos invadió: buscábamos a una persona y encontrábamos a otra. María contactó por radio al cuartel:
Hemos localizado a un hombre mayor, no es nuestro objetivo; necesita evacuación con camilla en coordenadas actuales.
Mientras la radio intentaba confirmar, bajé al anciano, saqué de la mochila la manta y la envolví con cuidado.
¿Desde cuándo está aquí? le pregunté bajo la voz.
Desde la madrugada Salí a buscar setas Perdí el sendero Y la pierna
Su voz mezclaba cansancio y alivio.
De pronto la misión cambió: de búsqueda pasamos a asistencia. Revisamos la pierna; estaba inflamada en el tobillo, imposible de caminar. María ordenó que esperáramos al equipo de rescate con camilla.
El tiempo se alargó; el crepúsculo dio paso a la noche. Mi móvil mostraba una sola barra, la radio empezaba a fallar por el frío y la batería menguaba. Finalmente, la señal se cortó por completo. María intentó volver a llamar al cuartel sin éxito. Según el protocolo, debíamos mantener la posición y emitir señales de luz cada cinco minutos.
Por primera vez me quedé cara a cara con el miedo: el bosque se hizo más denso y ruidoso, cada sombra parecía una amenaza. Pero a mi lado estaba Pedro, temblando bajo la manta, murmurando palabras para sí mismo.
Los demás voluntarios formaron un semicírculo alrededor, sacaron el té del termo y le ofrecieron al anciano un bocadillo. Noté que sus manos temblaban más por el frío que por la fatiga.
No pensé que alguien vendría Gracias a todos
Lo observé sin decir nada; dentro de mí algo se desplazó: el temor dio paso a una calma firme. Ya no era sólo mi seguridad, sino estar presente lo que importaba.
El viento traía el olor a tierra húmeda y hojas podridas; la ropa se empapó con la humedad nocturna. Una lechuza ululó a lo lejos, como si la noche se alargara aún más.
Pasó el tiempo sin que importara la hora. Escuché las historias de Pedro: su infancia durante la guerra, su esposa fallecida y su hijo que hacía años no lo visitaba. Aquella conversación tenía más vida que muchas de mis interacciones en los últimos años.
La radio seguía sin señal, la batería parpadeaba débilmente. Revisaba el móvil una y otra vez, en vano. Sabía que abandonar no era una opción.
Cuando el primer rayo de la linterna atravesó la niebla entre los árboles, casi no lo creí; parecía parte de una larga espera. De la sombra surgieron dos personas con chalecos amarillos y, tras ellas, más gente con camillas. María gritó mi nombre y su voz transmitió alivio, como si no sólo a Pedro estuvieran salvando.
Los voluntarios evaluaron rápidamente al anciano, anotaron datos en un papel, le pusieron una férula y lo colocaron en la camilla. Yo ayudé a levantarlo, sintiendo el esfuerzo en los músculos, pero también una extraña ligereza: la responsabilidad ya no era sólo mía. Un joven me guiñó el ojo, diciendo aguanta, que todo va bien. Respondí con un asentimiento, sin palabras.
María informó por radio que la comunicación se había restablecido media hora antes; el cuartel había enviado dos equipos, uno al punto y otro al norte siguiendo rastros frescos del desaparecido. Transmitió: «Equipo doce, anciano encontrado, condición estable, regreso en marcha». Un chasquido en la radio siguió con: «Objetivo principal localizado por otro grupo, vivo y en pie. Todo abortado».
Contuve la respiración. Pedro apretó mi mano en la camilla, como si no quisiera soltarla.
Gracias susurró, apenas audible.
Lo miré a los ojos y, por primera vez esa noche, sentí que no era un simple espectador, sino parte de algo importante.
El regreso fue más largo que la ida. Llevamos la camilla alternadamente; primero los jóvenes, luego yo sujetaba la manija, sintiendo la hierba temblar bajo los pies y el aire húmedo que me golpeaba la cara. En el bosque ya se escuchaban los primeros cantos de los pájaros, y sobre mi cabeza pasó la silueta de un petirrojo. Cada paso me devolvía al cansancio corporal, pero mi mente permanecía sorprendentemente serena.
Al salir del bosque, la niebla matutina cubría la linde. Los voluntarios hablaban bajo susurros, organizando la evacuación; algunos bromeaban sobre el fitness nocturno. María se mantenía al frente, revisando la radio y marcando el punto de salida para el cuartel. Yo caminaba junto a Pedro hasta la ambulancia, asegurándome de que la manta no se deslizara.
Cuando la ambulancia cerró sus puertas tras el anciano, María agradeció a cada uno, dándome la mano con más fuerza que a los demás:
Hoy ha hecho más de lo que imaginaba al comenzar la mañana.
Me sonrojé bajo su mirada, pero no aparté la vista. Sentí cómo la barrera entre mí y los problemas ajenos se había afinado.
Al volver por el camino a la aldea, el sendero parecía otro: la grava estaba húmeda del rocío, mis botas chapoteaban en la hierba. Las primeras luces rosadas del alba rasgaban el cielo gris sobre los tejados. El aire era más denso por la humedad, pero mi paso se hacía más firme.
El pueblo nos recibió en silencio: las ventanas aún oscuras, unas pocas sombras cruzaban la parada del coche en la tienda. Llegué a la verja de mi casa, dejé la mochila, me apoyé en el portal un momento. Un temblor leve cruzó mi cuerpo, pero ya no sentía debilidad.
Saqué el móvil: un mensaje de María, corto, «Gracias por la noche». Bajo, otro: «¿Podemos contar contigo si surge otra emergencia?». Respondí sin dudar: «Sí, por supuesto».
Reflexioné: antes esas decisiones parecían ajenas, imposibles para mí. Ahora todo tenía otro sentido. El cansancio no nublaba mi claridad interna; sabía que podría dar otro paso adelante cuando fuera necesario.
Levanté la vista; el amanecer se expandía, tiñendo árboles y tejados de un rojo rosado. En ese instante comprendí que participar activamente, aquí y ahora, era la respuesta a la pregunta sobre mi propia utilidad. Ya no era un observador distante.







