«Eres una rata gris sin un duro», me dijo mi amiga. Pero justo en mi aniversario ella apareció en la entrada con una bandeja.
«Simplemente no sabes venderte», respondió Cristina, removiendo perezosamente su cóctel con una pajita, mientras un brazalete cubierto de piedras brillaba en su muñeca.
Hablaba con esa ligera, casi despreocupada soberbia que se había convertido en su tarjeta de presentación.
No es cuestión de presencia contestó Montse Yermolina, mirando la grieta de su taza de té barato. Simplemente no tengo la experiencia necesaria para ese puesto.
Experiencia, experiencia qué aburrimiento suspiró teatralmente Cristina. Lo esencial es el brillo en los ojos y unos zapatos caros. Y tú no tienes ni lo uno ni lo otro.
Cristina Beltrán la escudriñó con una mirada evaluadora que hizo que Montse quisiera encogerse. Era como si la hubieran escaneado y dictado un veredicto: «inservible, desechar».
Mira, quiero ayudar se acercó Cristina, bajando la voz conspiradora. Eres mi mejor amiga. ¿Quién más te dirá la verdad?
Montse guardó silencio. «Mejor amiga» se le quedó atrapado en la garganta, punzante y ajeno.
Entiende, en este mundo te juzgan por la ropa y te despiden por los contactos. Eres una rata gris sin un duro. Y mientras no lo aceptes, seguirás rondando entrevistas sin salida.
Cada frase dio en el blanco, arrebatando el aire de los pulmones.
Estoy lanzando un proyecto prosiguió Cristina, disfrutando abiertamente de la reacción de Montse. Necesitaremos gente para tareas simples: clasificar papeles, recibir mensajeros.
Hizo una pausa, dejando que Montse «digeriera» la oferta.
Puedo contratarte, pero solo de paso, hasta que encuentres algo que te apasione concluyó, esbozando una leve sonrisa.
Montse alzó la vista. En sus ojos había una calma helada, como si algo se hubiera solidificado dentro. Observaba a Cristina el peinado impecable, los labios curvados con desdén, el brazalete que costaba casi su salario anual. Ya no veía a su amiga, sino a una depredadora que saboreaba su humillación.
Gracias por la propuesta dijo Montse despacio. Pero rechazo.
Las cejas de Cristina se alzaron sorprendidas; no la esperaba.
¿Rechazas? ¿A mí? ¿Mi oportunidad? su voz resonó metálica. Pues no llores después cuando no tengas con qué pagar el alquiler.
Con un gesto teatral sacó de su bolso varios billetes de 500 euros y los lanzó sobre la mesa, cubriendo generosamente la cuenta.
Invito dijo, echándolos por encima del hombro, y se marchó dando tacones sobre el mármol, sin despedirse.
Montse se quedó sola. No tocó ni el dinero ni el té frío. Miró por la ventana los coches de lujo que pasaban y, por primera vez, sintió no desesperación sino una extraña emoción.
Al día siguiente esa emoción se convirtió en una energía fría y pulsante. Siempre había sido invisible, pero sabía ver y oír lo que los demás dejaban pasar: detalles, patrones, motivos ocultos. Ese era su verdadero capital.
Sentada frente a su viejo portátil, redactó un plan y se ofreció en una bolsa de trabajo freelance: «búsqueda y análisis de información no estructurada». Sonaba nebuloso, pero Montse sabía qué se escondía tras esas palabras.
Los primeros meses fueron un infierno: encargos diminutos, clientes caprichosos, pagos que apenas alcanzaban para el alquiler y la comida. Varias veces estuvo a punto de rendirse y llamar a Cristina, pero el recuerdo de su sonrisa le dio más impulso que cualquier pared.
El punto de inflexión llegó a los seis meses. Un pequeño despacho jurídico le encargó compilar datos sobre competidores para un proceso judicial. Montse se lanzó con desesperada determinación. Una semana sin dormir y entregó un informe que ayudó a los abogados a ganar. Le pagaron tres veces más y se convirtieron en clientes habituales, recomendándola a conocidos.
Así surgió un flujo constante de encargos. En dos años alquiló una oficina y contrató a un asistente.
Cristina llamaba de vez en cuando. Su vida parecía una fiesta perpetua.
¡Montserrat, hola! Estoy en un yate con socios en Marbella. ¿Y tú? ¿Sigues en tu pequeño cubículo?
Hola. No, no me canso. Trabajo respondió Montse, revisando el balance de un nuevo cliente.
¿Trabajas? alargó Cristina la palabra. No te avergüences, mi puesto de «chica de los recados» sigue libre. Llevarás café a mi nuevo asistente.
Antes Montse habría rechazado. Ahora solo encogió de hombros:
Gracias, pero no hace falta. Tengo mi propia agencia.
¿Agencia? se escuchó una carcajada del otro lado. ¿Una agencia de limpieza de suelos?
Las palabras de Cristina ya no tenían poder.
Pasaron otros cuatro años. «Yermolina & Partners» ocupaba una oficina céntrica con cinco analistas en plantilla. Montse se había convertido en una referencia en inteligencia corporativa. Entonces Cristina dio el golpe.
Su firma, Beltrán Group, robó uno de los informes clave de Montse. Reclutó a un joven con deudas, explotando su vulnerabilidad.
Montse reunió todas las pruebas, descubrió los agujeros financieros de Cristina, su derroche y fraude, y envió a un inversor un informe analítico impecable.
Al día siguiente Cristina llamó:
¡Lo has destrozado todo! gritó.
Sólo hice mi trabajo respondió Montse serenamente.
Dos años más tarde, en la terraza de un rascacielos de Madrid, se celebraba el aniversario de Montse Yermolina. Brillo, amigos, copas.
Allí, entre los camareros, apareció Cristina, con su uniforme y una bandeja en la mano. En sus ojos se cruzó el reconocimiento: horror y odio en Cristina, frialdad absoluta en Montse.
Montse la observó sin una pizca de satisfacción maliciosa. Solo asintió levemente, reconociendo su presencia como algo corriente, y siguió conversando con los invitados.
Ese gesto resultó más temible que el golpe más fuerte: significaba que Cristina ya no existía para ella. Se había convertido en una sombra sin forma, una función sin lugar en los asuntos importantes.
Cristina se puso pálida, se mordió el labio y, intentando mantener la dignidad, se dirigió apresurada hacia la salida de servicio.
Montse la siguió con la mirada y comprendió: el mundo se organiza con una lógica justa. A veces quien te llama «rata gris» no se percata de que él mismo cae en la trampa. No es venganza, es equilibrio natural.
Epilogo
Pasaron seis meses más. El negocio de Montse alcanzó nivel internacional, abriéndose nuevas oportunidades. Una noche, revisando el correo, encontró un mensaje de una vieja conocida de la universidad.
«Imagínate, ayer vi a Cristina Beltrán. Ahora trabaja como recepcionista en un gimnasio de los alrededores. Dicen que la echaron del restaurante después del escándalo Incluso intentó pedirme dinero, quejándose de que el mundo la había traicionado»
Montse leyó el mensaje y cerró el portátil con calma. No sintió triunfo ni compasión. La historia de Cristina ya no era la suya.
Al día siguiente, al pasar por la vitrina de una tienda, Montse se vio reflejada. Ante ella miraba una mujer segura, habituada a avanzar y a valorar su propio precio.
Recordó las palabras de Cristina sobre «el brillo en los ojos y los zapatos caros». Sus zapatos eran realmente costosos, pero el verdadero brillo había nacido de otro modo.
Nació al reconocer su propia fuerza, al entender que el valor real no reside en lo que se lleva puesto, sino en lo que se crea con la mente y el esfuerzo.
Entró en su oficina, donde ya la esperaba un nuevo proyecto complejo y atractivo. Sentándose en su silla, una leve sonrisa cruzó su rostro.
La rata gris nunca se transformó en una gata feroz. Se convirtió en lo que siempre había sido en lo profundo: una cazadora perspicaz, que valora la información y espera pacientemente su momento.
Y ese momento había llegado.







