«Eres una ratona gris sin un duro», soltó su amiga. Pero, justo en el día de mi cumpleaños, ella estaba junto a la puerta con una bandeja.
«Simplemente no sabes venderte», Cristina, perezosa, removía su cóctel con una pajita, mientras en su muñeca brillaba una pulsera de cristales.
Hablaba con esa arrogancia ligera, casi despreocupada, que ya se había convertido en su carta de presentación.
No es cuestión de presentación respondió dulcemente Dolores Soler, observando la grieta de su taza de té barato. No tengo la experiencia requerida para ese puesto.
Experiencia, experiencia qué aburrido suspiró teatralmente Cristina. Lo esencial es el brillo en los ojos y los tacones caros. Y tú no tienes ni lo uno ni lo otro.
Cristina Beltrán lanzó sobre ella una mirada evaluadora que hizo que Dolores se encogiera como un gatito, como si la hubieran escaneado y dictado un veredicto: «defecto, desechar».
Mira, quiero ayudarte se inclinó Cristina, bajando la voz a un susurro conspirador. Eres mi mejor amiga. ¿Quién más te dirá la verdad?
Dolores quedó en silencio. «Mejor amiga» se atascó en su garganta, punzante y ajeno.
Entiende, en nuestro mundo se juzga por la ropa y se despide por los contactos. Eres una ratona gris sin un duro. Mientras no lo aceptes, vagarás entre entrevistas de monedas.
Cada palabra impactaba con precisión, arrancando aire de sus pulmones.
Estoy lanzando un proyecto continuó Cristina, disfrutando claramente de la reacción de Dolores. Necesitamos gente para tareas sencillas: clasificar papeles, recibir mensajeros.
Hizo una pausa, dejando que Dolores «digeriera» la oferta.
Puedo contratarte, temporalmente, claro. Hasta que encuentres algo que te apasione finalizó con una leve sonrisa.
Dolores alzó la mirada. En sus ojos había una calma acerada, como si algo se hubiera congelado en piedra. Observaba a Cristina el peinado perfecto, los labios curvados con desprecio, la pulsera cuyo valor superaba su salario anual. Ya no veía a una amiga, sino a una depredadora que saboreaba su humillación.
Gracias por la propuesta dijo Dolores despacio. Pero la rechazo.
Las cejas de Cristina se alzaron sorprendidas; no esperaba tal respuesta.
¿Rechazas? ¿A mí? ¿Mi oportunidad? su voz resonó metálica. Ya sabes. Pero después no vengas llorando cuando la renta de tu piso quede sin pago.
Sacó de su bolso varios billetes de 500 euros y los dejó sobre la mesa, cubriendo con holgura la cuenta.
Invito lanzó por encima del hombro, y sin despedirse, salió taconeando sobre el mármol.
Dolores se quedó sola. No tocó ni el dinero ni el té ya frío. Miró por la ventana los coches lujosos que pasaban y, por primera vez, sintió una chispa de emoción, no desesperación.
Al día siguiente, esa emoción se transformó en una energía pulsante y helada. Siempre había sido invisible, pero veía y oía lo que los demás cruzaban sin percibir: detalles, patrones, motivos ocultos, su único y verdadero capital.
Sentada ante un portátil viejo, trazó un plan. Ofreció sus servicios en una plataforma freelance: «búsqueda y análisis de información no estructurada». Sonaba nebuloso, pero Dolores sabía qué se escondía tras esas palabras.
Los primeros meses fueron un infierno: encargos diminutos, clientes caprichosos, pagos que apenas alcanzaban para el alquiler y la comida. Casi se rindió varias veces, deseando llamar a Cristina. Pero el recuerdo de su sonrisa desvió el deseo como una pared impenetrable.
El quiebre llegó a los seis meses. Un pequeño despacho de abogados le encargó compilar datos de competidores para un proceso judicial. Dolores se lanzó con una determinación desesperada. Una semana sin dormir y entregó un informe que permitió a los abogados ganar el caso. Le pagaron tres veces más y se convirtieron en clientes habituales, recomendándola a conocidos.
Así nació un flujo tenue de encargos. En dos años alquiló una oficina y contrató a un asistente.
Cristina llamaba de vez en cuando. Su vida sonaba como una fiesta eterna.
¡Hola, Dolores! Estoy con socios en una barcaza en Marbella. ¿Y tú? ¿Sigues en tu cubículo?
Hola. No, no me canso. Trabajo respondió Dolores, revisando la contabilidad de un nuevo cliente.
¿Trabajas? alargó Cristina la palabra. No te avergüences, mi puesto de «chica de los recados» sigue libre. Llevarás el café a mi nuevo asistente.
Antes Dolores habría protestado. Ahora solo encogió de hombros:
Gracias, pero no. Tengo mi propia agencia.
¿Agencia? resonó una carcajada. ¿Una agencia de limpieza de suelos?
Las palabras de Cristina ya no tenían peso.
Pasaron otros cuatro años. «Soler & Asociados» ocupaba una oficina en el centro, con cinco analistas en plantilla. Dolores se había hecho famosa en el ámbito de la inteligencia corporativa. Entonces Cristina atacó.
Su firma «Beltrán Group» robó uno de los informes clave de Dolores, reclutando a un joven empleado endeudado, explotando su vulnerabilidad.
Dolores reunió pruebas, descubrió los agujeros financieros, el despilfarro y el fraude de Cristina, y envió a un inversor un informe analítico impecable.
Al día siguiente Cristina llamó:
¡Lo has destruido todo! gritó.
Solo hice mi trabajo respondió Dolores con serenidad.
Dos años más pasaron. En el restaurante del último piso de un rascacielos se celebraba el aniversario de Dolores Soler. Luces, brillo, amigos.
Allí, entre camareros, vio a Cristina, uniformada, con una bandeja en mano. En sus miradas se encendió el reconocimiento: en Cristina horror y odio; en Dolores solo una fría calma.
Dolores la miró serenamente, sin rastro de satisfacción maligna. Apenas asintió, reconociendo su presencia como algo cotidiano y propio. Luego se volvió y siguió conversando con los invitados.
Ese gesto resultó más temible que el más fuerte bofetón; significaba una sola cosa: para ella Cristina ya no existía. Se había convertido en una sombra sin forma, una función inútil en los asuntos importantes.
Cristina se descoloró de golpe, se mordió el labio y, intentando guardar los restos de dignidad, salió corriendo hacia la salida de servicio.
Dolores la observó y comprendió: el mundo se ordena con justa lógica. A veces, quien te llama «ratona gris» no ve la trampa en la que él mismo cae. No es venganza, es equilibrio natural.
Epílogo
Seis meses más después, el negocio de Dolores alcanzó nivel internacional, abriéndole nuevos horizontes. Una noche, revisando el correo, encontró un mensaje de una vieja compañera de universidad:
«Imagínate, hace poco vi a Cristina Beltrán. Trabaja como recepcionista en un gimnasio de los suburbios. Dicen que la echaron del restaurante esa misma noche después del escándalo Incluso intentó pedirme dinero, quejándose de que todos le habían traicionado y que el mundo era injusto»
Dolores leyó el mensaje y cerró el portátil con calma. No sintió triunfo ni compasión. La historia de Cristina ya no era su historia.
Al día siguiente, pasando por una vitrina, vio su propio reflejo. Le devolvía la mirada una mujer segura, acostumbrada a avanzar y consciente de su valor.
Recordó las palabras de Cristina sobre «el brillo en los ojos y los tacones caros». Sus tacones eran, en efecto, costosos, pero el verdadero brillo había nacido de otra fuente.
Nació del reconocimiento de su propia fuerza, del entendimiento de que el valor real no reside en lo que se lleva, sino en lo que se crea con la mente y las manos.
Entró a su oficina, donde sobre el escritorio la esperaba un nuevo proyecto, complejo y tentador. Sentándose, una ligera sonrisa se dibujó en su rostro.
La ratona gris nunca se convirtió en una gata feroz. Se transformó en lo que siempre había sido en lo profundo de su alma, aunque temía admitirlo: una cazadora astuta, discreta, que valora la información y espera pacientemente su momento.
Y ese momento había llegado.







