Querido diario,
Hoy vuelvo a la casa de la sierra, en la pequeña aldea de Pedraza, para relatar lo que ha sucedido en los últimos días. Todo comenzó una tarde helada, cuando la abuela Rosa, de ochenta y tres años, intentó cargar dos cubos de agua del grifo para el té. Con los dedos entumecidos por el frío y la boca roja por el viento, se encaminó por la senda de tierra hacia su portal.
Al llegar a la puerta, dejó un cubo sobre el escalón y, al agacharse por el segundo, el hielo bajo sus botas cedió. «¡Socorro, Señor!», murmuró con la voz quebrada antes de estrellarse contra el suelo. El impacto le golpeó la nuca y la espalda; quedó inmóvil unos segundos, sin poder moverse ni siquiera inhalar con normalidad.
Quiso ponerse de pie, pero sus piernas no obedecían; la parte inferior del cuerpo había desaparecido del alcance. Entre el terror y el dolor, empezó a arrastrarse, agarrándose a todo lo que encontraba: una silla vieja, una escoba rota, el borde de su propio delantal. Cada paso le provocaba un temblor, la frente se cubría de sudor y la visión se volvía confusa.
«¡Ánimo, Rosa! Un poquito más», se repetía mientras intentaba alcanzar el sofá del pasillo. Con los dedos temblorosos marcó el número de su hijo Pablo en el móvil que reposaba en la repisa. «Pablito, hijo mío algo grave ven», susurró antes de perder el sentido.
Pablo llegó al atardecer, la puerta crujió y el viento se coló en la estancia. Sin abrigo y desaliñado, se detuvo frente a la abuela, que yacía medio tirada en el sofá. «Mamá ¿qué te pasa?», preguntó, tomando su mano. «¡Dios, parece que está hecha hielo!», exclamó con horror. Inmediatamente llamó a su esposa, Alba, diciendo: «Alba, ven cuanto antes. Está muy mal, no se mueve».
Rosa escuchó la conversación, aunque no podía sonreír ni moverse. En su pecho surgió una chispa de esperanza: si Pablo se preocupaba, al menos alguien la quería. Pero sus piernas no respondían; solo sus dedos temblaban ligeramente. Lloró, no por el dolor, sino porque todavía quedaba una pequeña luz de vida.
Alba llegó dos días después, con el rostro cansado y una niña de seis años, Luz, bajo el brazo. «Bueno, abuelita, ahora sí te vamos a cuidar», susurró mientras miraba a Rosa con una mezcla de compasión y fastidio. Luz se aferró a su madre, mirando preocupada a la anciana.
Alba condujo a Rosa a la cocina, donde Pablo intentó calmarla. La conversación era tenue, pero el aire estaba cargado de tensión. Después, el hijo regresó y, sin decir palabra, la levantó en sus brazos. Rosa, entre sollozos, preguntó: «¿A dónde me llevas?». Pablo se quedó mudo, solo apretó los puños.
En vez de llevarla al hospital, la condujo a un granero viejo, usado antes para guardar papas y herramientas. El lugar estaba frío, el suelo de tablas rotas y la humedad colaba por las ventanas. Allí la depositó sobre un colchón gastado, cubierto con una manta descolorida, y le dijo sin mirarla: «Ya es demasiado tarde para cambiar nada. Tienes ochenta y tres años, Rosa». Tras eso, salió sin darle ni una palabra más.
El shock se instaló lento pero irreversible. Rosa quedó tumbada, mirando al techo, el frío penetraba hasta los huesos. En su mente surgían recuerdos: cómo había criado a Pablo, limpiado su escuela, comprado la chaqueta de invierno de él a crédito (cientos de euros), pagar la boda cuando la familia de la nuera se negó. «Yo siempre estuve a su lado», murmuró, sin creer lo que vivía.
Pensó en la cara de Alba, siempre distante y fría, nunca agradecida, salvo una visita al cumpleaños de Luz. Se sentía una pieza olvidada en el granero, sin saber si vería la luz del día. Cada día, Pablo aparecía menos: dejaba un cuenco de sopa y se marchaba rápidamente. Alba y Luz ya no aparecían.
Rosa sentía cómo la vida se le escapaba. Sólo bebía agua para no morir de sed, el dolor de la espalda le impedía dormir. Lo peor era la soledad, un peso insoportable. «¿Por qué yo?», se preguntaba. No había respuesta, solo el silencio y el frío.
Una mañana, cuando el sol apenas se filtraba por la ventana sucia, escuchó un golpeteo tenue. «¿Quién es?», preguntó con la voz quebrada. La puerta crujió y entró un hombre mayor, con barba canosa y un viejo abrigo de lana. Su rostro le resultó familiar, aunque tardó en reconocerlo. Se sentó a su lado, tomó su mano y susurró: «Soy Miguel, tu vecino de la aldea».
Rosa se estremeció. Miguel, aquel que había sido su compañero de juventud, al que había expulsado cuando la vida les llevó por caminos diferentes. «Miguel», exhaló entre lágrimas. Él quedó en silencio, apretó su mano y preguntó suavemente: «¿Qué te ha ocurrido, Rosa? ¿Por qué estás aquí? Pablo dice que estás en una residencia». Rosa intentó explicar, pero las lágrimas le ahogaban la voz. Miguel, sin necesidad de palabras, comprendió el sufrimiento y la abrazó como hacía años.
«No temas, te llevaré de aquí», aseguró. La levantó con delicadeza, como si fuera una pluma, y la llevó al sol. Pablo había partido a la ciudad, Alba también. Sólo Luz miraba por la ventana, pero pronto se ocultó. Miguel la llevó a su casa, la acomodó en una cama tibia, la cubrió con una manta y le preparó té con miel.
«Descansa, llamo al médico», le dijo. El doctor llegó rápido, la examinó y, tras mover la cabeza, declaró: «Fractura vertebral antigua. Con tratamiento adecuado y una operación, podría volver a ponerse en pie». Miguel asintió: «Haremos lo necesario. Venderé lo que haga falta para salvarla».
Rosa, entre sollozos, preguntó: «Miguel ¿por qué ahora, después de todo?». Él respondió con una triste sonrisa: «Porque te quiero. Siempre te he querido y siempre lo haré». Ella rompió a llorar, no solo por el dolor, sino por la esperanza de que la vida aún podía ofrecerle algo más.
Miguel cuidó de ella como a una madre: la alimentó, la lavó, le leyó libros y le contó historias del pasado, recordándole los días en que esperó pacientemente su regreso. «Sabía que algún día lo entenderías», le decía.
Una semana después, Pablo volvió. Al ver a su madre en la cama, ya no en el granero, preguntó tembloroso: «Mamá ¿cómo te has puesto en pie?». Rosa lo miró con frialdad: «No lo he hecho. Miguel la ha trasladado». Pablo bajó la mirada y murmuró: «No sabía que acabaría así». Miguel, sin decir nada, le indicó que se marchara y no volviera. Pablo se fue sin mirar atrás, y Alba y Luz tampoco reaparecieron.
Rosa quedó con Miguel, quien se convirtió en su apoyo tanto físico como emocional. Le prestó andadores, luego bastón, y la acompañó en sus primeros pasos. «Mira, Rosa, ya estoy caminando», exclamó ella con una risa temblorosa. Miguel, con los ojos brillantes, lloró de felicidad.
Una mañana, con el sol dorando las ventanas, Rosa se despertó y dijo: «Miguel, gracias por todo». Él tomó su mano y respondió: «Soy yo quien agradece, por devolverte la vida». Vivimos en silencio, con la paz que tanto tardamos en conseguir.
Ahora, sentado en el porche, viendo a Luz correr y jugar, le pregunté: «¿Crees que Pablo perdonará?». Miguel sacudió la cabeza: «No pienses en él. Piensa en ti misma. Estás viva, y eso es lo esencial». Rosa asintió, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que realmente estaba viva.
En la mesa, una foto antigua mostraba a Rosa y a Miguel jóvenes, con el título: «Al fin juntos». Ese recuerdo me recuerda que, a veces, la vida nos rompe para volver a repararnos.
Al cerrar este día, reflexiono: la verdadera fuerza no está en los años que acumulamos, sino en la capacidad de levantarnos después de cada caída, apoyándonos en quien nos ama sin condiciones. Esa es la lección que llevo en el corazón.
Hasta mañana.







