Certificado Vital de ‘Dulce de Leche’

Recuerdo, como si fuera ayer, aquel episodio que marcó mi vida y la de mi marido, Julián.
¡Julián, ¿cómo pudiste? ¡Nos reíamos de aquella campesina sin lavar! exclamé, saliendo de la terraza, indignada por su atrevimiento.
Perdona, Inés, el diablo me jugó una mala pasada. Ni yo entiendo cómo acabé en la cama de Bizcocho respondió Julián, frunciendo el ceño, mascando un cigarrillo con nerviosismo.

En el mismo bloque del edificio de la Gran Vía se instaló una familia: Nicolás, Luz y su hija de cinco años, Violeta.
Nosotros teníamos alrededor de treinta años, nuestro hijo seis; los recién llegados rondaban los veinticinco. Compartíamos el mismo piso y, por eso, la relación se volvió estrecha.

Luz era una mujer rústica, muy aficionada a la cocina. Los pasteles, los bizcochos y los empanadillos ocupaban un lugar de honor en su hogar, y por eso siempre entraba a la cocina con la bandeja bajo el brazo.
Julián y yo, en tono de broma, la apodamos Bizcocho por sus curvas generosas. La cocina de Luz estaba repleta de tarros de conservas; en ese aspecto yo nunca la superaría.
Yo, por mi parte, me consideraba una mujer guapa y bien cuidada. Luz, en cambio, llevaba siempre una bata descolorida y un pequeño moño en la cabeza. Su marido, delgado como una caña, y su hija regordeta siempre estaban bien alimentados. Esa era, en esencia, la virtud de Luz. Aun así, cultivábamos una amistad.

Nicolás trabajaba como transportista de larga distancia, y se había encontrado a Luz en una aldea remota, al entrar en la tienda del pueblo en busca de cigarrillos. Luz, al instante, le echó el ojo al hombre enjuto. Nicolás no tuvo oportunidad de pasar desapercibido.

Nueve meses después, Luz dio a luz a una niña. Nicolás llevó a Luz y a su hija a Madrid.
Cuando presenté a mi familia recién ampliada a mi madre, ella rechazó rotundamente tanto a la campesina Luz como a la pequeña nieta. Fue necesario que Nicolás alquilara un piso.

Julián siempre se quejaba del aspecto de Luz.
¿Cómo puede no amarse a sí misma? La mujer se llama le repetía, mientras yo intentaba calmar la situación.

Al enfermarse mi madre, cuidamos de ella a turnos, mi marido y yo. Con el tiempo, decidimos buscar una cuidadora; se ofreció Luz.
Acepto el trabajo por amistad, y además tengo que comprarle a mi marido una barquita de goma para pescar. No se lo digas a Nicolás, que sea sorpresa exclamó, encantada con la oportunidad de ganar un poco más.
Luz, no le des a mi suegra tanta comida; con la enfermedad ha perdido el apetito le advertí.

Aquel mismo mes, por motivos laborales, me enviaron a una larga comisión fuera de la ciudad. Dejé instrucciones a mi marido, a nuestro hijo y a Luz, y partí a otro municipio.

Pasó un mes y regresé. Julián bajó la mirada, Luz evitaba cruzarse conmigo.
Mamá, prepara esas patatas tan ricas como las de la tía Luz. Y el filete también me gustó mucho me dijo mi hijo al entrar.
¿Te la tía Luz te ha invitado a comer? pregunté, desconcertada.
Sí, trajo a Violeta y se llevó a papá respondió.

Empecé a sospechar. Nicolás estaba de ruta, yo en comisión

Una tarde, después de haber alimentado generosamente a mi marido, lo invité a una conversación sincera.
Julián, lo sé todo, no te pongas a la defensiva. Mi hijo lo ha contado todo, aunque espero que sea puro invento.
No ha pasado nada, Luz solo me pidió que le arreglara el grifo respondió, sin ruborizarse.
Anda, relájate. No creo que te metas en líos con Luz exhalé aliviada.

Sin embargo, Julián empezó a visitar con más frecuencia a mi madre enferma y a pasar largas horas a su lado. Cuando llegué a la casa de mi suegra, la encontré tranquila, bien cuidada, aunque sola. Busqué a mi marido y a Bizcocho.

Llamé a la puerta del piso de Luz.
Abrió una Luz agotada, y al fondo vi a mi marido tendido en la cama, sin aliento.

Como mujer de bien, regresé a casa sin decir nada. ¡No podía creerlo! Julián, que había llamado a Luz desaliñada y haragan, estaba ahora en la intimidad de su alcoba.
La envidia no me dominó; cuando Julián llegó corriendo, le señalé con desdén el baño.
Dúchate bien, ¿has disfrutado? Le contaré todo a Nicolás. ¡Él te hará pagar! le amenacé, mientras me reía entre dientes.

Luz confesó su infidelidad a Nicolás. No sé cómo reaccionó él, pero una semana después la familia se mudó. Al despedirse, Nicolás, al verme, dijo con orgullo:
No me extraña que haya pasado. ¿Quién podrá resistirse a mi Luz?

Pasaron los años. Un día me encontré con Bizcocho.
¡Hola, amiga! ¿Sigues resentida? No tiene sentido. En nuestro barrio todo es un enredo. A mí me ha ido bien, y a tu marido también le ha salido la cara. No se puede dejar hambriento a un hombre por mucho tiempo me recordó Luz, enseñándome la gramática de la vida rural. Nunca volví a ver a Julián con los mismos ojos. Aprendí que el desprecio es un espejo: lo que uno proyecta, al final, termina por recibirse. Luz siguió horneando sus bizcochos, ahora en un horno nuevo, lejos de la Gran Vía. Yo seguí mi vida, más silenciosa, más sabia. Y cada vez que paso por una pastelería, me detengo un instante. Porque hay sabores que no se olvidan, aunque uno intente borrarlos con orgullo.

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Certificado Vital de ‘Dulce de Leche’
The Comfortable Woman