Demasiadas coincidencias

¡Cayetana, espera! No te he sido infiel, ¿me oyes? ¿Quieres que lo jure sobre mi vida? ¿O sobre mi madre?

Carlos bajaba los escalones con la prisa de un ladrón que huye, gritando a su mujer. Le importaba poco que unas cuantas cabezas curiosas se asomaran por las puertas, observando con una curiosidad enfermiza el drama familiar. Tampoco le molestaba que la mayoría de los vecinos escuchara los gritos a través de sus bisagras, husmeando por el mirilla.

Cayetana salió del portal, se lanzó a un taxi y desapareció. Fue tan veloz que Carlos apenas logró seguirla con la mirada.

Todo empezó tres lunas atrás, cuando la vida de Carlos comenzó a torcerse. Una colega con la que había mantenido una estricta relación profesional sufrió una tragedia: un embarazo imposible y un divorcio inminente. Tras meses de recuperación volvió a la oficina, pero ya no era la misma mujer.

No puedo aguantar más exclamó Carlos, con la voz cargada de irritación, mientras se lanzaba al despacho del director. Ella me persigue desde hace un mes, llama de noche, escribe mensajes, incluso se aparece en mi puerta.

El director, Ramón, soltó una carcajada.

Ya ves, pasa. Está enamorada, ¿qué le vamos a hacer? No veo nada delictivo respondió, encogiéndose de hombros.

¡Yo no he hecho nada! Solo hablábamos de trabajo. Ahora mi matrimonio se desmorona por culpa de Lidia gritó Carlos, casi al borde del llanto.

¿Y qué esperas de mí? Lidia me sirve bien como empleada, lo que pasa fuera de la oficina no es asunto mío replicó Ramón.

Carlos se encontraba al filo de la desesperación. Si al principio había intentado ignorar, ahora fingir normalidad se le hacía imposible. Entre él y Cayetana surgieron tensiones, y ella empezó a dudar de su fidelidad: no creía que una mujer pudiera manipular tantos mensajes, insinuaciones y fotos.

Cayetana, por favor, no empieces. Nunca te he engañado. No se me ha pasado por la mente imploró Carlos.

¿Entiendes que tus palabras suenan a excusa frente a todos esos mensajes? ¿Crees que soy tonta, como una concha que no sabe sumar dos más dos? replicó ella, distante.

Todo es intencional. Bloqueo su número y ella escribe desde otro. No sé qué hacer, Lidia me está destrozando. ¿Cómo puedo probarte que soy inocente?

No lo sé, Carlos. La verdad, ya estoy cansada. Han pasado casi tres meses y ya no creo en ti. Demasiadas coincidencias, demasiado Lidia en nuestra vida…

¡Basta! No es mía, no la necesito.

No lo sé… murmuró Cayetana, perdida en sus pensamientos.

¿Por qué no puedo confiar en él? se preguntaba Cayetana. Antes lo hacía sin reservas. Pero estos mensajes, esas llamadas demasiadas coincidencias. Lidia está en todas partes donde está Carlos. Las coincidencias no son casuales. ¿Cuántas veces un hombre engaña y convierten a su esposa en una celosa paranoica, convencida de que todo es una invención suya? No quiero ser esa mujer

Recordó la noche en que descubrió a Carlos borrando mensajes. No supo qué contenían, pero al pasar la vista le vio eliminar fotos. Después, empezó a retrasarse en el trabajo, a mostrarse irritado y retraído.

¿Será que soy una paranoica? se preguntó.

Lidia, en cambio, actuaba como una estratega consumada. Hace años había sido una mujer dulce, tranquila. Se casó, quedó embarazada, sufrió una ruptura de embarazo por razones médicas y su marido la abandonó. Al volver al trabajo, empezó a lanzar miradas sutiles a Carlos, gestos que rozaban el coqueteo sin cruzar la línea. Él los aceptaba con indiferencia: Nos cruzamos en el pasillo, le haces un cumplido y ya está.

Pero Lidia se transformó en un huracán que arrancó las raíces de la confianza construida durante años. Cayetana y Carlos empezaron a encontrarse por casualidad en el supermercado del barrio, aunque ella vivía en otro distrito. Lidia comenzó a frecuentar el mismo gimnasio que Carlos, interrumpiendo sus llamadas con frases como «Eres más tierno que un gatito» o «Te he preparado un café, ¿por qué no vienes?».

Un día Lidia organizó un encuentro casual en la puerta de casa de Carlos y Cayetana.

Carlos, ayúdame, la amiga que vive en el piso contiguo no contesta y mi móvil está al 2% de batería. ¿Podrías bajar, por favor? Necesito tu ayuda dijo con voz angelical desde un número nuevo.

Cayetana, sin pensarlo mucho, aceptó ayudarle, aunque vigilaba a Carlos desde la ventana. La imagen que surgió ante sus ojos la dejó aún más insegura.

Lidia, al ver a Carlos salir del portal, se lanzó a su cuello y se aferró a él. Eso fue suficiente para Cayetana.

Esa misma noche, el móvil de Carlos vibró con un mensaje. Cayetana, sin poder conciliar el sueño, lo abrió y sintió un escalofrío recorrer su espalda:

«Gracias por venir, seguro que alguien te sigue. Mañana, como quedamos, llegaré media hora tarde».

Carlos ¿Mañana ibas a ir a casa de un amigo? susurró Cayetana, desconcertada.

Y, por primera vez, escribió una respuesta.

«Hablamos por la mañana. Yo duermo. Yo mismo te llamaré».

Al instante, llegó la contestación: «Entendido, espero tu llamada. Sabes que siempre estoy aquí».

Cayetana quedó paralizada, sin saber qué hacer. Al alba tomó la decisión de ir a vivir temporalmente con su hermana para aclarar todo, lejos de Carlos y de Lidia, y empezó a empacar en silencio.

Carlos despertó al sonar de las llaves. Su móvil estaba sobre la almohada. Con el presentimiento de que algo andaba mal, se lanzó de la cama y corrió a la puerta de entrada. Tras una lucha desesperada por detener a su esposa que se marchaba, volvió al apartamento y se agitó como una bestia atrapada; la situación había alcanzado el absurdo total.

Cayetana no contestaba. La hermana le pidió a Carlos que no molestara más a su esposa.

Los días se alargaron interminables. Carlos no encontraba tregua. Sabía que debía actuar, probar su inocencia, recuperar la confianza de la mujer que amaba.

Una semana después, reunió el valor y llamó a la hermana de Cayetana, pidiéndole una reunión con su esposa.

Cayetana, por favor, dame una oportunidad. Sé que no me crees, pero tengo algo que puede cambiarlo todo. Después de este encuentro decidirás si seguimos juntos o terminamos para siempre.

Tras largas súplicas, Cayetana aceptó.

Condujeron en un silencio sepulcral. Carlos miraba la carretera, echando miradas de reojo a su mujer. Cayetana intentaba descifrar el crepúsculo que se mostraba por la ventanilla.

Cayetana, te voy a pedir algo dijo, deteniendo el coche frente a un edificio anodino. Quiero vendarte los ojos. Necesitaremos caminar un trecho. Pero confía en mí.

Cayetana, desconfiada, aceptó. Carlos la guio con cuidado, sujetándola del codo. Al entrar en un edificio, un fuerte olor a pintura golpeó sus fosas nasales.

¿Estamos en una obra? preguntó, tensa.

No del todo

Quitó la venda. La tenue luz iluminaba un antiguo gimnasio escolar, el mismo donde su historia había empezado.

En el centro del salón, sobre una banca, reposaba un ramo de lirios blancos. Cayetana se quedó inmóvil.

Cayetana, ¿sabes cuándo comprendí que estaba enamorado de ti?

Ella guardó silencio, mirando los techos altos del gimnasio. Carlos continuó:

No fue en el baile de fin de curso. Fue cuando entré en el instituto en décimo, sin conocer a nadie, y me encontré en la clase de educación física. Allí, en la esquina, te vi: sentada ruborizada tras el voleibol, con una coleta despeinada de rizos húmedos. Reías de forma contagiosa En ese instante supe que mi corazón era tuyo para siempre.

Cayetana apenas contenía las lágrimas, sin recordar aquel momento. No sabía que Carlos, tras tantos años, recordara cada detalle. Algo en su interior se derritía suavemente.

Carlos contó cómo había temido acercarse, cómo se armó de valor durante varios meses antes de invitarla a salir, y cómo cada día agradecía al destino por haberle llevado a ese instituto, a ese gimnasio.

Nunca te he traicionado susurró, tomando sus manos. Todo este tiempo he sido solo tu

Una lágrima rodó por la mejilla de Cayetana. Al alzar la vista, vio en los ojos de Carlos la misma sinceridad y amor de los primeros años.

Haré lo que sea: renunciar al trabajo, lograr que Lidia se marche, mudarme a otra ciudad, a otro país, lo que haga falta. Solo pido que me creas, que sepas que nunca te he engañado.

Estaban en aquel viejo gimnasio, donde todo había comenzado, y comprendieron que nada ni nadie podía destruir un amor verdadero, por mucho que surgiera quien quisiera envidiar su felicidad.

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