Hermanas, Un Vínculo Inquebrantable

Recuerdo, como si fuera ayer, aquel viejo piso compartido de la calle Mayor, en el corazón de Madrid, donde vivían dos hermanas, Alba y Valeria. Eran hermanas de sangre y, si no fuera por la diferencia de años que las separaba, cualquiera pensaría que eran gemelas. Ambas eran delgadas, de rostro alargado y labios siempre apretados, con el típico peinado de bolita que hacía juego con sus sombreros de paja. Vestían siempre los mismos trajes grises, sin adorno, y eran objeto de odio, temor y desprecio por todo el vecindario.

Los jóvenes del edificio las detestaban porque nunca dejaban de lanzar críticas y estaban perpetuamente insatisfechas: se quejaban del ruido de la música alta, de las fiestas que se prolongaban hasta la madrugada y de los niños que llegaban tarde del cole. Las ancianas, por su parte, temían que sus hijas mayores denunciaran a los padres por cualquier descuido, como dejar la luz encendida en el baño o tirar una envoltura de chocolate en el pasillo.

Dolores, la chica dulce y afable del tercer piso, la odiaba por todo lo que no tenía: una educación universitaria que ella jamás consiguió, una familia y unos hijos que nunca llegó a ver, y esa manera desagradable de estar siempre señalando los errores ajenos. Sin embargo, ella jamás se entrometía. Cuando los niños Víctor y Sergio llegaban a deshoras, Dolores no levantaba la voz; simplemente les lanzaba una sonrisa cómplice y seguía con sus cosas. A ella no le importaba la desobediencia de los menores; después de todo, ella era sólo una vecina más.

Los niños, en cambio, adoraban a Dolores. Nunca les delataba a los padres, aunque hicieran travesuras; siempre les devolvía una guiñada y un susurro, y dejaba que el silencio hablase. En aquel piso siempre había ruido y charlatanería. Con frecuencia, Doña Carmen, la hermana mayor, salía del balcón, apretaba los labios y reprendía a los pequeños:

¡No podéis chillar así! Alguno debe estar descansando. El señor Pedro, que vuelve del turno, quizá necesita tranquilidad para leer su libro, como la señora Valentina, que está en la puerta con su cuaderno.

Todo el bloque se reía de ella, y Dolores siempre estaba por delante, como una sombra que observa sin intervenir.

Val, ¿cuándo acabarás ese libro? ¡Qué ganas tengo de leerlo! le preguntaba Doña Carmen, entre risas que resonaban en el pasillo. Valeria, con la boca apretada, no respondía, y al entrar en la habitación se fundía en llanto sobre el hombro de su hermana:

Alba, ¿por qué insistes con lo de la novela? Ya se burlan de nosotras.

Que se rían, le consolaba Alba. No nos hace daño. Son nuestros vecinos, casi como familia. No te lo tomes a pecho.

En 1939, la Guerra Civil había dejado su huella y el país se vio sumido en el racionamiento y la escasez. Al principio hizo frío, pero pronto el hambre se hizo sentir. El piso se fue acostumbrando a los nuevos horarios, a los talonarios de alimentos, a los cuartos medio vacíos, al sonido lejano de las sirenas y al silencio que se colaba entre las paredes. Los jóvenes dejaron de tocar la guitarra en los callejones y los niños dejaron de jugar al escondite; la calma era profunda y más desgarradora que el bullicio de antes.

Alba y Valeria siguieron perdiendo peso, pero siguieron llevando sus trajes grises, colgando como sombras sobre sus hombros, vigilando el orden, aunque ahora el orden era distinto. Dolores salía sólo cuando era estrictamente necesario y, un día, desapareció por completo. Las hermanas la buscaron durante varios días, pero fue en vano; la anciana se había ido como si nunca hubiese existido.

En la primavera de 1942, la primera muerte llegó al edificio: la madre de Tomás, el niño de la calle, falleció, dejándolo solo. Todos sintieron lástima por él, pero la guerra no cedía. Las hermanas, sin olvidar a su vecino huérfano, lo acogieron bajo su protección, alimentándolo y cuidándolo. Tenía apenas once años cuando su madre se fue. Más tarde, cuando el pequeño José quedó huérfano después de que su padre partiera al frente y nunca volviera, Valeria también tomó bajo su ala a ese niño, al igual que a los demás menores del piso, que eran muchos.

Cada día, una sola vez, las hermanas cocinaban una sopa. La preparaban con una paciencia interminable, removiendo el calderón, añadiendo cualquier cosa que encontraran en la despensa vacía. No se sabía de dónde sacaban los ingredientes, pues la comida escaseaba, pero la sopa resultaba deliciosa y la servían a todos los niños a la misma hora. La llamaron Desastre.

Abuela Alba, ¿por qué la llamas Desastre? preguntó Tomás, curioso por el nombre.

Al mencionar a Víctor, una lágrima rodó por la mejilla de Doña Carmen. ¡Anatolio! exclamó, la preparamos a la manera del Desastre, y por eso lleva ese nombre.

¿Qué significa a la manera del Desastre? inquirió el niño.

Pues mira respondió Alba, ¿qué hay en la sopa? Trigo, cebada, un poco de harina de pan. Y si hay suerte, hasta un par de cucharaditas de carne en conserva. Sacó un diminuto trozo de azúcar de su bolsillo y se lo metió al niño, asegurándose de que no perdiese ni una partícula.

Tomás, ve a ver si la abuela Val ha puesto pegamento en la sopa decía él con tono travieso. Que ya me toca Desastre para el almuerzo.

Con el tiempo, todas las huérfanas y huérfanos fueron reunidos en la pequeña habitación de las hermanas. Vivían todos juntos, más cálido y menos temible para los niños. Se acurrucaban unos contra otros mientras la abuela Val contaba cuentos de su libro inacabado, ahora destinado al fuego. Pero Valeria recordaba cada historia y, cuando los niños la pedían, inventaba nuevas.

Abuela Val, ¿nos cuentas hoy la leyenda de la Dama de los Cielos Nevados? solicitaron los niños.

Claro que sí respondía ella, iniciando la narración.

Las tareas se repartían: Tomás mantenía el fuego encendido, José reunía leña, las chicas sacaban agua, las ancianas gestionaban los talonarios y ayudaban a cocinar la sopa. Cada mañana cantaban una canción; aunque algunos desafinaban, todos acompañaban.

Un día, Alba trajo a una niña de la calle, enferma y a punto de morir. La cuidó hasta que mejoró. Después, Valeria trajo a otro niño, y luego a otro más, hasta que al final del racionamiento había doce niños bajo su techo. Todos sobrevivieron, como si fuera un milagro.

La sopa Desastre siguió sirviéndose después de la guerra. Los niños crecieron, se dispersaron por distintas provincias, pero nunca dejaron de recordar a las abuelas Alba y Valeria. Cada año, el 9 de mayo, se reunían bajo el mismo tejado, como una gran familia que se hacía más numerosa con cada generación, llegando incluso a los bisnietos. Y la mesa siempre llevaba, como plato principal, la sopa Desastre, la más sabrosa de toda la posguerra, condimentada con bondad y el coraje de quienes la habían preparado.

Así quedó la memoria de aquel piso de la calle Mayor, un refugio de amor y resistencia, donde la sopa y los cuentos de las ancianas fueron el pan y la sal de una infancia que, contra todo pronóstico, logró sobrevivir.

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