La Amante

La amante de Antonio era una mujer deslumbrante; si él fuera hombre, sin duda la escogería. Hay mujeres que saben cuánto valen, que caminan con dignidad, miran directo y hablan sin reservas, escuchan con atención. No hacen gestos nerviosos, no necesitan alzar la ropa para ser notadas; se mueven con serenidad real, nunca entran en pánico. Ella la habría elegido también, como la antítesis de sí misma.

Leocadia, por su parte, era una eternamente apresurada, gritona con los niños y con su marido, con todo y sus manos siempre vacías, sin lograr terminar nada. El trabajo la ahogaba, el jefe siempre insatisfecho. Vestía siempre con pantalones y chaquetas de punto, porque planchar una blusa o un vestido era una tarea titánica. Había dejado de planchar los volantes y los lazos, confiando en la última máquina de secadoplancha que hacía prácticamente innecesible el uso del hierro.

La amante, Begoña, irradiaba elegancia. Su figura, postura, piernas, cabellos, ojos y rostro resultaban imposibles de no admirar. Desde el momento en que la vio, quedó sin aliento. Fue una casualidad del trabajo: tuvo que desplazarse a un barrio lejano de Madrid y entró en el primer café que encontró para comer algo. El pedido estaba hecho, pero el hambre no perdonaba. En medio del bullicio halló una mesa libre, tomó el menú y al alzar la vista reconoció a Antonio de espaldas y, junto a él, a Leocadia.

Él sostenía sus manos entre las suyas y besaba sus dedos. «¡Qué vulgar!», pensó Leocadia al instante, imaginando que sus dedos olían a incienso. Pero la mujer era objetivamente hermosa. Begoña pidió una sopa y una ensalada, las devoró sin percibir sabor y esperó, temerosa de ser vista. En vano; Antonio, en ese momento, no le prestaba atención al mundo que lo rodeaba.

Leocadia sintió una extraña sensación, como el temblor posterior a una quemadura: veía la marca en la piel y sabía que en unos segundos la doloría lo envolvería, mientras esos segundos la mantenían en una espera tortuosa. Trató de soplar sobre la zona enrojecida para aliviar el futuro dolor, pero dentro sólo había vacío.

Antonio regresó puntual, siempre de buen humor y con la calma de un sanguíneo a buen paso, bromista y sensato. Leocadia necesitaba ahora esa gracia, pero la situación no le permitía reír. Le rondaba la idea de preguntar sin rodeos: «¿Qué tal tu amante? La vi hace un rato en el Café N., está muy bonita». Le apetecía observar cómo el sudor le brotaba en la frente, cómo se sonrojaba intentando mantener la compostura.

Y siguió: «¿Y ahora qué? Los niños deben acostumbrarse a una nueva madre, ¿y a mí dónde me ubicarán? ¿Con vivienda o me llevarán a su casa?». No pronunció nada de eso. Antonio la abrazó en la cama, la acercó a su pecho y se quedó dormido al instante.

Pensó que quizá todavía no habían tenido relaciones, y se deslizó a su mitad del colchón riendo en silencio. Era como una mujer que descubría una traición a la vista y, sin embargo, aseguraba que todo era una ilusión. Tal vez sólo era el preludio: la atracción, la respiración sincronizada, los pensamientos en armonía. Antonio, en su silencio, se mostraba como un amante oculto, sin palabras ni gestos.

Pasó la noche revolcándose, despertó con la cabeza pesada, se movió despacio por el piso, reunió a los niños para la escuela con la rutina de siempre. Se preguntó qué haría una mujer que descubre a su marido con otra. ¿Buscar en Google? La red no le dio respuestas. ¿Seguir viviendo? Así lo hacía, con la vida de siempre: el marido llegaba puntual, sin perfume ajeno, los niños corrían, los domingos al cine. El sexo seguía dos o tres veces por semana, sin más cambios.

¿Se había equivocado de café? No. Llamó a Antonio al mediodía; él no contestó. Tomó un taxi y regresó al mismo local, inventándose una excusa al taxista de que estaban esperando un paquete de trabajo. El coche de Antonio estaba estacionado enfrente. Él y Begoña salieron juntos, subieron al coche y se fueron.

Leocadia pálida pidió agua al taxista, fingió llamar a alguien y gritó al aire: «¡Que se jodan ustedes y su paquete! ¡Me largo al trabajo!». Le importaba poco la opinión del conductor. Descubrir la existencia de una amante siempre altera la vida; divorcio, ¿quizá? ¿Tolerar? ¿Para qué?

Recordó una historia similar de unos conocidos: el marido también tenía una amante, se ocultaba, pero la esposa descubrió pruebas de mensajes. Él negó hasta el final, alegando sabotaje de rivales. Finalmente, el hombre admitió y, con valentía, decidió ser honesto y elegir a su familia o marcharse con responsabilidad. Leocadia había admirado entonces la sinceridad de aquel hombre.

Sin embargo, cuando ella misma estaba inmersa en el drama, viendo a su marido y a la amante frente a frente, el coraje y la firmeza le abandonaron al instante.

Se acercó a la mesa del café, tomó el único asiento libre. Begoña alzó la vista, sorprendida; Antonio quedó paralizado; después, él se acomodó en su silla, y el silencio se hizo denso. A Leocadia le resultaba cómico observarlos. Begoña comprendió al instante quién era ella; tal vez ya lo sabía.

Antonio intentó decir algo; ella lo detuvo con la mano levantada: «No es lo que pensé, ¿verdad? No hay nada sorprendente en esto, pasan estas cosas. Pero ahora piensen cómo resolverlo: los niños, el piso compartido, los padres mayores. Son ingeniosos, lo lograrán». Sin prisa, se dirigió a la salida, su vestido recién planchado le quedaba como una segunda piel, aunque hacía tiempo que no lo lucía.

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