Andrés García volvía a casa por una calle oscura, donde los charcos, medio ocultos bajo las hojas caídas, relucían bajo la escasa luz de los faroles. Un otoño tardío en CastillaLeón no invita a pasear: el viento húmedo calaba hasta los huesos y las casas parecían más lejanas e indiferentes que nunca. Aceleró el paso, como si intentara huir de una sombra invisible que lo había acompañado desde la mañana. Mañana sería su cumpleaños, una fecha que siempre trataba de pasar por alto.
Dentro, la tensión conocida se apretaba más: no era una expectativa alegre, sino algo denso y pesado, como un nudo en el pecho. Cada año era lo mismo: mensajes formales, llamadas breves de los compañeros, sonrisas de guardia. Todo le resultaba un espectáculo ajeno en el que debía interpretar al protagonista de la fiesta, aunque hacía tiempo que no se sentía tal.
Antes, la cosa era distinta. De niño, Andrés se despertaba temprano y esperó ese día con el corazón acelerado, creyendo en un pequeño milagro: el aroma del bizcocho casero con crema, el crujido del papel de envolver, la voz cálida de su madre y el bullicio de los invitados alrededor de la mesa. Entonces los saludos eran genuinos, acompañados de risas verdaderas y de prisas por servir. Hoy esos recuerdos aparecen escasos y siempre dejan tras de sí una ligera melancolía.
Abrió la puerta del edificio; el aire húmedo le golpeó la cara con mayor fuerza. En el vestíbulo le recibió el desorden habitual: un paraguas mojado apoyado contra la pared, chaquetas colgadas a la ligera en los ganchos. Andrés se quitó los botines y se detuvo frente al espejo; su reflejo mostraba el cansancio de las últimas semanas y, además, una tristeza difusa por la pérdida de la sensación festiva.
¿Has llegado? preguntó María, su esposa, al asomar la cabeza desde la cocina, sin esperar respuesta.
Sí murmuró él.
Habían acostumbrado a esos breves diálogos nocturnos: cada uno hacía lo suyo, sólo se cruzaban durante la cena o con una taza de té antes de acostarse. La familia vivía de la rutina, segura y un tanto aburrida.
Andrés se cambió a ropa de estar por casa y cruzó a la cocina. Allí olía a pan recién horneado; María picaba verduras para la ensalada.
¿Mañana habrá muchos invitados? inquirió él casi sin inflexión.
Como siempre: no te gustan las reuniones ruidosas ¿Qué tal si nos quedamos los tres? Invita a tu amigo Diego.
Andrés asintió en silencio y se sirvió un té. Los pensamientos se enredaban: comprendía la lógica de María ¿para qué montar una fiesta solo por cumplir? pero algo dentro de él protestaba contra esa economía adulta de los sentimientos.
La noche se alargaba; Andrés hojeaba noticias en el móvil, intentando distraerse de los persistentes recuerdos del día siguiente. Sin embargo, la pregunta volvía a él: ¿por qué la celebración se había convertido en una formalidad? ¿Dónde había quedado la alegría?
A la mañana, el móvil lo despertó con una larga serie de notificaciones de los chats de trabajo; los compañeros enviaban los habituales ¡Feliz cumpleaños! acompañados de stickers y gifs. Un puñado de ellos se esforzó un poco más, pero sus palabras se sentían idénticas, transparentes.
Respondía sin pensar ¡Gracias! o dejaba un emoticón. La sensación de vacío crecía: Andrés se descubría queriendo alejar el teléfono y olvidar su propia fecha hasta el próximo año.
María subió el hervidor con un poco más de fuerza para ahogar el silencio sobre la mesa.
Te felicito Mira, ¿te parece si pedimos una pizza o unos sushi esta noche? No quiero estar todo el día en la cocina.
Como quieras dijo él, con un tono de irritación que pronto se arrepintió, sin llegar a explicarse.
A media tarde sonó el móvil de Diego:
¡Eh, feliz cumple! ¿Nos vemos hoy?
Sí Pasa por la tarde después del trabajo.
Genial, llevaré algo para acompañar el té.
La conversación terminó tan rápidamente como empezó; Andrés sintió una extraña fatiga ante esos breves intercambios, como si toda la interacción existiera solo por obligación.
El día transcurrió en una especie de sueño; el olor a café se mezclaba con la humedad de la ropa mojada del recibidor, mientras la lluvia seguía cayendo lánguida. Andrés intentaba trabajar desde casa, pero la mente volvía una y otra vez a la infancia: antes cualquier fiesta era el acontecimiento del año; ahora se disolvía entre la rutina como un simple recordatorio en el calendario.
Al atardecer el ánimo se volvió pesado; Andrés comprendió, por fin, que ya no quería soportar ese vacío por la comodidad ajena. No quería fingir ante María ni ante Diego, aunque resultara incómodo o hasta ridículo expresar sus sentimientos en voz alta.
Cuando todos se sentaron bajo la tenue luz de la lámpara de mesa, la lluvia golpeaba el alféizar con fuerza, subrayando el encierro de su pequeño mundo bajo el clima de noviembre.
Andrés guardó silencio; el té se enfriaba en la taza frente a él, y las palabras le costaban salir. Miró primero a María, que le dirigió una sonrisa cansada a través de la mesa; luego a Diego, que estaba pegado al móvil y asintió tímidamente al ritmo de la música que salía de la habitación contigua.
Y de pronto, con la voz quebrada por la emoción, soltó:
Escuchad tengo que decir algo.
María dejó la cuchara; Diego alzó la vista del móvil.
Siempre pensé que era absurdo organizar fiestas solo por marcar la fecha Pero hoy he comprendido otra cosa.
El silencio que siguió fue tan denso que incluso el ruido de la lluvia pareció más alto.
Echo de menos una celebración de verdad esa sensación de la infancia, cuando esperas todo el año y todo parece posible.
Se quedó callado, con la garganta aprisionada por la emoción.
María le miró fijamente:
¿Quieres intentar recuperarla?
Andrés asintió apenas.
Diego sonrió con calidez:
Ya entiendo lo que has buscado todos estos años.
Una ligereza surgió en el pecho de Andrés.
Entonces, vamos a recordar cómo era. Tú me contabas una vez del bizcocho con crema
María, sin preguntar, se dirigió al frigorífico. No había ni bizcocho ni crema, pero sacó una caja de galletas simples y un tarro de mermelada. Andrés esbozó una sonrisa; el gesto era torpe pero genuinamente humano. Sobre la mesa apareció pronto un plato con galletas, una taza de mermelada y un cuenco pequeño de leche condensada. Diego, en tono de broma, juntó las manos bajo el mentón:
¡Pastel exprés! ¿Y las velas?
María rebuscó en un cajón de baratijas y sacó el último resto de una vela de parafina. La recortó a la mitad, quedó rechoncha pero auténtica. La clavaron en una montaña improvisada de galletas. Andrés observó aquel modesto altar y sintió una chispa de la alegría que había esperado.
¿Música? preguntó Diego.
No la radio, por favor; algo que escuchábamos nuestros padres pidió Andrés.
Diego buscó en el móvil; María puso una lista de reproducción antigua en el portátil: surgieron voces de otra década, canciones de la infancia que se entrelazaron con el golpeteo de la lluvia. Resultaba cómico ver a adultos montar una pequeña obra casera para uno de ellos, pero en ese teatro desapareció toda falsedad de los saludos habituales. Cada uno hacía lo que mejor sabía: María servía el té en tazas gruesas, Diego aplaudía torpemente al compás, y Andrés sonreía sin que fuera por cortesía.
El apartamento se volvió más cálido. Las ventanas empañadas reflejaban la luz de la lámpara y la calle con sus escasos coches; fuera seguía lloviendo. Pero ahora Andrés miraba la lluvia distinta: estaba lejos, mientras en su interior se formaba su propio clima.
¿Recordáis el juego del Cocodrilo? intervino María de pronto.
¡Claro! Siempre perdía
No porque fuera malo, sino porque nos reíamos demasiado.
Se lanzaron a jugar allí mismo, sobre la mesa. Al principio resultó incómodo: un adulto intentando imitar un canguro frente a dos adultos más. Pero en menos de un minuto la risa se volvió auténtica; Diego agitaba los brazos casi derribando la taza, María reía con una luz en los ojos, y Andrés, por primera vez, dejó de controlar la expresión.
Luego rememoraron anécdotas de fiestas infantiles: quién ocultaba pedacitos de pastel bajo la servilleta para un segundo bocado, cómo una vez se rompió la vajilla de la madre y nadie se enojó. Cada recuerdo disipaba la nube pesada de la formalidad y la convertía en un calor acogedor. El tiempo dejó de ser enemigo.
Andrés sintió, de pronto, esa sensación de la niñez: todo parecía posible al menos por una noche. Miró a María con gratitud por su sencilla dedicación, y a Diego, cuyo gesto denotaba comprensión sin sarcasmo.
La música cesó de golpe. Fuera, faros escasos cruzaban el asfalto mojado. El apartamento parecía una isla de luz en medio de un otoño gris.
María volvió a servir té:
Al final lo he hecho distinto Pero lo esencial no es el guion, ¿verdad?
Andrés asintió en silencio.
Recordó el temor que había sentido esa mañana, como si la celebración tuviera que decepcionarle o pasar por alto. Ahora parecía un malentendido lejano. Nadie le exigiaba reacciones perfectas ni agradecimientos vacíos; nadie lo empujaba a divertirse solo por marcar un día en el calendario familiar.
Diego sacó un viejo juego de mesa del armario:
¡Ahora sí que volvemos al pasado!
Jugaron hasta entrada la noche, discutiendo reglas y riendo de movimientos absurdos. Afuera, la lluvia golpeaba con un ritmo arrullador.
Más tarde, los tres permanecieron en silencio bajo la suave luz de la lámpara. Sobre la mesa quedaban migas de galleta y una taza vacía de mermelada, testigos de su festín improvisado.
Andrés comprendió entonces que no tenía que demostrar nada a nadie. La celebración había regresado no porque alguien hubiera ideado el guion perfecto o comprado el pastel ideal, sino porque a su alrededor había gente dispuesta a escucharlo de veras.
Miró a María:
Gracias
Ella le devolvió una sonrisa solo con la mirada.
En su interior reinó la calma, sin euforia ni alegría fingida. Sólo la sensación de una noche adecuada, en el lugar correcto, con la gente adecuada. Afuera, la ciudad húmeda seguía su vida; dentro, el calor y la luz se quedaban.
Andrés se levantó, se acercó a la ventana. Los charcos reflejaban los faroles; la lluvia caía despacio, como cansada de discutir con el noviembre. Pensó en el milagro de la infancia: siempre tan sencillo, nacido de los gestos de los seres queridos.
Esa noche cayó en un sueño profundo, sin prisa de olvidar su propio cumpleaños.







