Querido diario,
A lo largo de mis veinte años trabajando en el pequeño hospital de maternidad de nuestro remoto pueblo asturiano, he asistido al nacimiento de aproximadamente doce mil niños. Sin embargo, hay casos que se quedan grabados como una luz en la memoria, y entre ellos está mi única triplete, la cual quiero relatar con detalle.
Todo comenzó con una joven pareja que esperaban su primer hijo. El padre, Óscar Martínez, había sido asignado a nuestro centro por la Dirección de Salud después de trabajar como técnico de aviación en el aeródromo de la zona. Vivían en una diminuta habitación dentro del edificio de residentes del hospital. La madre, Lucía García, era una madrileña de carácter vibrante, de cabellos rojizos y una belleza que hacía que la palabra «mujer» quedara corta.
Óscar, originario de Andalucía, era corpulento, sereno y algo despistado, rasgo que no resultaba extraño en aquellos tiempos de la España de posguerra, cuando la tranquilidad era la norma. En la segunda mitad del embarazo, la pareja supo que esperaban mellizos.
Ante la noticia, Lucía decidió viajar a Madrid para estar con su madre en el parto, pero el trabajo de partos comenzó antes de lo previsto, a las 32 semanas. Fue entonces cuando Violeta, la enfermera de guardia, trajo a la joven a nuestro hospital. En ese momento, el edificio principal estaba cerrado por obras de mantenimiento, y atendíamos en las salas provisionales del servicio de obstetricia.
La obstetra de guardia, la doctora Dina Fernández, una profesional experimentada y de gran corazón, al examinar a Lucía sospechó que los bebés estaban en posición anómala. Esto significaba que un parto natural sería extremadamente peligroso, y se decidió realizar una cesárea. Se tomó una radiografía para confirmar la posición exacta de los niños.
Como indicaba la imagen, había dos niños: uno con la cabeza hacia abajo y el otro con los pies primero. Con esta información, nos preparamos para la cirugía.
First, sacamos al primer niño, un varón de 1.700 gramos. Mientras yo y la enfermera le brindábamos los primeros cuidados, mis colegas extrajeron al segundo varón, de 1.600 gramos. Cuando estábamos a punto de terminar, escuché la voz de la doctora:
¡Prepárense para el tercero!
No había tiempo para bromas; los dos niños ya nacían débiles. Sólo entonces, un grito fuerte me hizo volver la vista al quirófano y, ¡vaya sorpresa! Una niña de 1.400 gramos estaba siendo entregada. Me quedé boquiabierto, ya que en la exploración ni en la radiografía no se había visto.
Resulta que los dos varones estaban alineados a lo largo del útero, y la pequeña, colocada transversalmente bajo ellos, había quedado oculta. Así, los diminutos caballeros la protegían de la mirada curiosa del mundo. Si la doctora Fernández no hubiera insistido en la cesárea, probablemente ninguno habría sobrevivido.
Colocamos a la recién nacida en la única cuna de neonatos prematuros que teníamos, y, milagrosamente, los tres cabieron sin problemas. Pasé la noche al lado de los bebés, vigilando cada respiración. Al amanecer, su estado se estabilizó.
A la mañana siguiente, el timbre del pabellón sonó y, al abrir la puerta, apareció un apuesto hombre en uniforme de vuelo: el padre, Carlos Sánchez, recién llegado de su puesto en el aeropuerto. Preguntó, algo aturdido:
¿Qué ha nacido?
¡Enhorabuena! Dos hijos dudé un instante y una hija.
La información le llegó con lentitud; repetía para sí mismo, como quien no cree:
Dos hijos y una hija ¿Dos hijos? ¿Una hija? ¿Tres?
Le guié a una silla, le ofrecí agua y, mientras se acomodaba, comprendí que, a diferencia de otros, él había sido destinado a trabajar en el aeropuerto, ganando apenas los primeros euros, con una vivienda diminuta y ahora, una triplete.
Los niños permanecieron en la unidad hasta ganar peso y salud suficiente. Yo solía visitar su habitación a menudo, admirando ese milagro de la naturaleza. Lucía, siempre cuidadosa y con una sonrisa perpetua, se convirtió en la protagonista indiscutible. Gracias a su fuerza, los tres bebés crecieron sanos y felices.
La administración, al enterarse, les asignó un piso de tres habitaciones en una nueva urbanización y les suministró todo lo necesario. Incluso les enviaron a una enfermera especializada durante los primeros meses. Pero el verdadero motor fue la madre, una joven de una belleza deslumbrante que levantó a sus hijos con valentía y los crió con amor.
Han pasado diez años. Un día, caminando por el pasillo del servicio de urgencias, me encontré con Violeta y sus hijos, venidos a visitar al padre. Los dos niños varones, con cabellos oscuros, parecían el espejo de su papá. Detrás, apareció una niña de rizos rojos, una réplica exacta de Lucía, risueña y vivaz.
No puedo describir la felicidad que sentí al observar a esa familia reunida, sintiendo aún el calor de sus pequeños cuerpos y el latido de sus tiernos corazones.
Esta experiencia me ha enseñado que la vida puede sorprendernos cuando menos lo esperamos y que la unión familiar es lo más valioso que uno puede tener.







