Madrid, 14 de julio
Hoy vuelvo a repasar los hechos que nos han trastornado los últimos cuarenta días. Hace poco perdimos a Isabel, la hermana de María. No dejó viudo, pero sí le quedó su hija de cuatro años, Luz. María y yo decidimos hacernos cargo de la niña. En cuanto supo que su madre había fallecido, Luz se recluyó en sí misma y dejó de salir de la casa. Además, se negó rotundamente a mudarse, así que María y yo nos trasladamos al piso que habitaba con su madre en el barrio de Chamartín. Pensábamos que, tras el funeral, aceptarían vivir con nosotros, pero la convivencia se volvió insoportable. Por las noches el agua se encendía y apagaba sola, igual que la luz. Las puertas crujían y el suelo gemía como si alguien corriera de una habitación a otra. Intenté bendecir el hogar, pero el consuelo no llegó.
Una noche, mientras yo dormía profundamente, escuché un susurro proveniente del cuarto de Luz. Sentí un escalofrío, pero dejé a María en su sueño. Encendí la luz en silencio, me acerqué a la puerta y escuché la voz de mi hijastra.
No quiero dormir, quiero jugar con mi muñeca, Carmen. Después jugaré un rato y me acostaré decía ella.
Abrí la puerta y la encontré acurrucada en un rincón, abrazando a la muñeca, con la mirada aterrada. Salía de su escondite como si yo fuera un enemigo.
Luz, ¿con quién estabas hablando? le pregunté.
Con mamá…
Un escalofrío me recorrió la espalda. La acosté y, abrazado a María, me quedé dormido. Durante la semana siguiente Luz siguió manteniendo conversaciones con alguien invisible; yo lo atribuí al estrés, al trauma de perder a su madre. El piso seguía poniendo a prueba mi paciencia.
Una tarde, mientras preparaba el almuerzo, llamé a Luz varias veces para que comiera, pero ella gritaba que no quería. Nunca había sido una comilona y la madre era, en pocas palabras, impaciente; cuando Luz se negaba, la obligaba a sentarse a la mesa. En mi décima llamada escuché un fuerte golpe y un sollozo. Corrí al cuarto y vi una escena inexplicable: un armario empotrado se había volcado sobre la niña. Por suerte, solo rozó la cama y quedó un hueco entre el mueble y el suelo. Luz se quedó petrificada y pasó el resto del día en una histeria. Esa misma noche volvió a llorar pidiendo perdón. Entré, la tranquilicé; se subió a mis brazos y me abrazó con fuerza, mirando fijamente a una esquina como si allí estuviera alguien, con miedo en los ojos.
Luz, ¿quién está ahí? le pregunté.
Mamá… susurró.
Dile a mamá que la dejas ir y que se marche.
¡Mamá no quiere irse!
Al llegar el cuadragésimo día tras el fallecimiento, fuimos al cementerio, depositamos flores y repartimos dulces entre los niños que asistían a la misa de recuerdo. Todo quedó en calma. Vendimos el piso de Chamartín y llevamos a Luz a nuestra casa.
He aprendido que el duelo no desaparece con mudanzas ni con rezos; a veces el corazón necesita tiempo y espacio para soltar lo que lo atenaza. La lección que me llevo es que, aunque el dolor persiga cada rincón, la paciencia y el amor son las llaves que permiten abrir la puerta hacia la serenidad.







