ARCHI… TAMBIÉN CONOCIDO COMO EL ÁNGEL…

**Diario de un Hombre y su Ángel**

…Y yo te coroné… Y a nadie te entregué… Y como pude, te alegré… Y te besé… Besé… Besé… Besé…

Víctor volaba sobre las alas del amor en su querida «golondrina» de vuelta a casa, hacia su amada Marisol, después de tres meses de trabajo en la refinería. Los billetes calentaban con satisfacción el bolsillo interior de su chaqueta. Su alma cantaba y volaba hacia el encuentro del amor. A su alrededor, ya olía a primavera, y la brisa fresca acariciaba su rostro.

Al cruzar un pequeño puente, por el rabillo del ojo divisó a un perro atrapado bajo el hielo del río. Se debatía con sus últimas fuerzas, pero ya parecía agotado. La canción favorita de Víctor seguía sonando: *»Y te besé… Besé… Besé…»*, llamándolo hacia su esposa. «Pobrecillo», pensó, y siguió adelante.

El rostro de Marisol… La primavera… El amor… Y ese pobre animal en su prisión helada. ¡Maldita sea! Víctor maldijo entre dientes y dio la vuelta con el coche.

Se acercó al puente, se detuvo, se desvistió y entró en el agua. Avanzó a golpes, rompiendo el hielo con las manos, cortándose los dedos… Pero llegó hasta el perro, lo empujó hacia la orilla y lo ayudó a salir. El animal era enorme, y el hielo primaveral demasiado frágil. No habría sobrevivido sin ayuda.

La sangre brotaba de sus heridas en manos y piernas. El frío era insoportable. Se vistió rápidamente y solo entonces reparó en el rescatado: un perro grande, de color arena, flaco, que lo miraba fijamente sin intención de irse.

«¡Oye, chaval! ¡Tienes pinta de pura raza! ¿Cómo has acabado aquí, eh? ¿Dónde está tu dueño? ¡Eres un labrador!» El perro temblaba sin parar. Víctor abrió la puerta del coche. «Sube, amigo. Vamos a casa.» El perro saltó al asiento trasero y se acomodó. ¡Iba a casa!

El anochecer caía cuando, al acercarse a su ciudad, Víctor encontró un atasco en la carretera. Un accidente entre un camión y dos coches. Policías, ambulancias… Una sensación de inquietud lo invadió. Miró atrás: en el asiento trasero, el enorme perro roncaba plácidamente, ya seco y calentito. «Si no fuera por él…» pensó Víctor, y un escalofrío lo recorrió.

«¡Marisol, mi vida!» Víctor la levantó en brazos y la besó sin parar en la puerta de casa. El perro observaba todo con una sonrisa tonta. Un hogar, un nuevo hogar. ¡Una nueva vida! Ya amaba a aquella mujer menuda en su bata estampada, el olor del cocido y las croquetas. Y a Víctor lo había adoptado como suyo desde el momento en que lo salvó.

«Oye, ¿y este quién es?», preguntó Marisol, mirando al animal. «Es nuestro ángel… Se llama Archie. ¡Es de la familia ahora!» Marisol se agachó y le tendió la mano. El perro la olió, la lamió y, en un arrebato, le cubrió la cara de babas.

Así entró en sus vidas Archie. También conocido como Hipopótamo. O como «¡Malvado, otra vez me has destrozado las zapatillas!». O como «¡Asqueroso, has bañado al gato en baba!». Pero también como nuestro tesoro, nuestro amor, nuestro ángel.

Vivían en una casa heredada de los padres de Víctor, en el centro de la ciudad. Amplia, fuerte, acogedora. Para Archie construyeron un gran patio con una caseta. En invierno, dormía en su colchón en el recibidor.

La vida seguía su curso. Víctor trabajaba fuera, pues en el pueblo no había más que sueldos miserables. Marisol se quedaba en casa, pero ya no sola: con Archie… y con algo más. Su vientre redondo delataba que Víctor pronto sería padre, aunque él aún no lo sabía.

Era una tarde de verano, sofocante. Marisol salió con Archie a pasear antes de dormir. Caminaban lentamente por el bosquecillo cercano. Hacía treinta grados. No era momento para correr. Cerca, unos jóvenes bebían y escuchaban música, molestando a Archie.

«¡Oye, guapa! ¿Nos haces compañía?» Dos chavales borrachos se acercaron. «Nos falta cariño femenino», soltaron entre risas. Marisol sintió un miedo que nunca antes había conocido. Archie gruñía, tirando de la correa. Llevaba bozaluna tontería, pues jamás había mordido a nadie.

Cuando uno de ellos la agarró, Marisol soltó la correa. Los chicos tenían un cuchillo. Archie se lanzó sobre ellos, y ellos lo apuñalaron. Una y otra vez. La sangre manaba a borbotones. Marisol gritaba, suplicaba que parasen. Solo se fueron cuando Archie cayó sin vida.

Víctor llegó corriendo al veterinario. Archie parecía tan pequeño sobre la mesa, conectado a sueros. Los médicos susurraban, inyectándole algo. Víctor se acercó. «Archie, hijo… No nos dejes.» Le besó el hocico ardiente. Y entonces, milagrosamente, Archie abrió los ojos.

Quería vivir. Volver a casa. Y lo consiguió. Vivió cinco años más, jugando con el pequeño Juanito, dando amor hasta el último día.

Lo despidieron en familia. Marisol y Víctor lloraban. Juanito, serio, dijo: «Ahora necesitamos otro Archie. No puedo vivir sin él.»

El amor obra milagros. Ámense. Ayuden a los animales. Nunca se sabe quién seremos en la próxima vida. Quizás un Archie, muriendo bajo el hielo. O quizás ese animalito que salvaste… fue enviado para salvarte a ti.

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