¿Entonces el padre quiere volver? no entendí bien lo que me decía Ana, mi hermana. Llevamos casi quince años sin saber nada el uno del otro desde el divorcio.
Así es, dijo Alejandro, sin saber cómo expresarse. Lo entiendo, en la juventud la gente comete errores, pero ya no hay nada que compartir.
No hay ningún vínculo, salvo ustedes replicó Ana, desconcertada. Vos y Rosa ya son adultos, tenéis vuestras familias y decidís con quién habláis y con quién no. ¿Y a mí qué?
Es que el padre supo que no querrías escucharlo, así que nos pidió a Rosa y a mí que le transmitiéramos el mensaje se excusó Alejandro. Nos tranquilizaría saber que vivís juntos y os apoyáis mutuamente.
Mientras Ana intentaba recomponerse, su hija Carmen llamó y volvió a tocar el tema doloroso.
Mamá, entiéndelo, es nuestro padre y ahora tiene problemas de salud exclamó.
Cuando él era joven ni siquiera recordaba mi existencia, y ahora todo ha cambiado de golpe intentó no alterarse Ana. Quizá se te haya olvidado que hace años nos abandonó a nosotras por otra mujer.
Ellos ya están separados, y a vosotros os vendría bien vivir juntos, ya sabéis que la vejez se acerca insistió Darío, intentando mantener su postura.
Ana quedó con el corazón oprimido tras la charla con sus hijos. Tras el divorcio no había intentado rehacer su vida, temiendo herirles, pues ambos habían sufrido la ruptura de sus padres justo en la adolescencia. Ahora parecía que hablaban idiomas distintos y apenas se escuchaban. En su memoria volvió el día en que Antonio se marchó, y el dolor aumentó.
Mira, ya no te quiero dijo él, evitando la mirada. Conocí a otra mujer y quiero pasar el resto de mis días con ella.
¿Y los niños? preguntó ella, la voz temblorosa.
Seguid viviendo como siempre, pero sin mí prosiguió. El piso queda para ti; ayudaré con los niños y con lo que pueda, pero ya no te quiero.
¿Has pensado cómo recibirán ellos tu abandono a tu edad? insistía Ana, incrédula.
Lo aceptarán; que conozcan la realidad de los adultos. No se puede vivir sin amor, lo siento respondió, cerrando el asunto.
Antonio mantuvo su palabra: no reclamó la vivienda en el divorcio y se instaló con su nueva pareja. Sólo se veía con los niños en lugares neutros, pues le faltaba valor para entrar al piso y ella no los invitaba a su casa. Ana trató de explicarles a su hijo y a su hija los motivos del divorcio, pero no quisieron entrar en detalles.
Nuestro padre dijo que era su decisión y nos pidió que lo respetáramos dijo Alejandro, ya adulto. Con Rosa es complicado, pero con el tiempo se calmará.
Para Ana nada se resolvía sola; extrañaba a su marido, lloraba en la almohada por las noches y rechazaba los intentos de sus amigas de presentarle a otro hombre. Sólo recordaba al padre cuando él llamaba.
Vamos a ir de vacaciones, y al marcharme dejé los aparejos de pesca en el altillo comentó por teléfono. ¿Puedo recogerlos el sábado? Quería que los niños los trajeran, pero no supieron dónde estaban.
Vale, ven cuando quieras respondió Ana, intentando sonar serena.
Esperó ese sábado, repasando cada detalle. Quiso demostrarle al ex que podía vivir bien sin él y planear su llegada con gran fanfarri. Después cambió de idea, temiendo parecer ridícula.
Has adelgazado dijo, viendo a Antonio empaquetar sus cajas. ¿Acaso tu nueva esposa no te alimenta?
Sí, pero trabajo mucho evitó responder.
Si quieres, puedo cocinarte o pasarle tus recetas favoritas dijo Ana, aunque sabía que eran tonterías.
No te corresponde la ironía, Ana replicó Antonio, cansado. Ahora somos extraños. Siempre tendremos hijos en común, quizá nietos, pero eso es todo.
¿Estás seguro? preguntó ella, con una chispa de esperanza.
Sí afirmó con firmeza.
Antonio volvió con su nueva esposa y Ana se quedó sola en la cocina, llorando por su propio desconsuelo. Un año después del divorcio había perdido mucho peso y trató de recomponerse. Simulaba alegría, pero en su interior albergaba la esperanza de que él volviera, dispuesta a perdonarlo y a olvidar el pasado.
El padre y su mujer se separaron le contaron tres años después sus hijos. Ahora vive en una habitación de una residencia.
Esa noticia le devolvió una pequeña ilusión de que Antonio pudiera regresar. Empezó a vestirse con más estilo, cuidarse y esperar su primer paso. Sus amigas notaron el cambio, pero no profundizaron en el tema, y ella respondió con bromas. Antonio no volvió; se casó con otra y asistió solo al bautizo de su hijo, mientras Rosa llegó sola.
¿Por qué solo? preguntó Ana.
Irina está de viaje, no ha podido venir, pero envía sus saludos contestó él tranquilamente.
Con el tiempo Ana cambió su perspectiva, dejó de esperar y encontró refugio en el trabajo, compró una casa de campo y dedicó su tiempo libre a sí misma. Sus hijos tenían ya su propia vida, y ella la llenó de amigos, familiares, flores y, un día, de un gato callejero que adoptó. Todo parecía estabilizado, hasta que una tarde volvió a conversar con sus hijos y se sintió perdida.
Al salir del trabajo, vio a Antonio frente al portal del edificio.
Mira, creo que lo malo debe quedar atrás dijo, tomando una taza de té en la cocina. Gran parte de la vida ya pasó, lo negativo está cubierto y no merece ser revivido. Vivamos juntos el resto y criemos a los nietos.
Dime sinceramente, ¿por qué volviste a nuestro piso y no a una de tus nuevas parejas? preguntó Ana, sin fingir alegría.
La salud ya no es la misma, el próximo año me pensiono respondió él. Pensé que nuestros hijos son buenos y no nos abandonarán, aunque sea solo para traer un vaso de agua en la vejez.
¿Recuerdas que dijiste que éramos extraños? inquirió ella, mirando al hombre que una vez amó. Lo entendí mucho después, pero ahora lo acepto del todo.
¿Entonces no me aceptarás de nuevo? indagó él.
No te preocupes, siempre dijiste que los hijos son buenos y no te dejarán replicó Ana. Me borraste de tu vida hace años; que así siga.
Antonio se marchó y Ana se quedó en su sillón favorito. Apagó el móvil, sabiendo que pronto llamaría a los niños y los interrogatorios comenzarían. Ya no deseaba nada más que silencio y tranquilidad. Esperó tanto su regreso que, al final, todo se desvaneció. Si él hubiera expresado el deseo de envejecer a su lado, quizá habría aceptado, pero ahora sólo pensaba en su propio confort. Ana tenía hijos, amigas, la casa de campo y su gato, y eso le parecía suficiente.







