«Hay que dar a luz cuanto antes», refunfuñó la abuela María, bajando los pies de la cama. La abuela ya lleva 87 años y ella misma se ha olvidado cómo se siente, pero el nieto y el bisnieto la incitan y, de vez en cuando, la golpean con el bastón: «Si te quedas con el calcetín azul, vas a recordar a la anciana, y será demasiado tarde».
Ahora María está triste, no se levanta de la cama, se queja a todo el mundo («¿Qué he hecho yo, viperinos, para que se duerman hasta la comida?») y a las siete y media de la mañana suena el retumbar de ollas en la cocina. La familia se pone en guardia.
«Abuela», preguntó la pequeñita de cinco años, su bisnieta Lorenza, «¿por qué ya no nos regañás como antes?»
«Que me voy a morir, niña, que me viene el momento», suspiró María, hablando del final con una mezcla de tristeza y esperanza, como si ese caldo que nunca aprendieron a cocinar fuera la señal.
Lorenza corrió a la cocina donde la familia se había reunido. «¡Se ha muerto la marmota de la abuela!», anunció, soltando los resultados de su investigación improvisada.
«¿Qué marmota?» preguntó el jefe de la familia, también hijo mayor de María, JuanCarlos.
Él levantó las cejas tupidas como si fuera el propio Caperucita de los cuentos y comentó que en esas criaturas el viento parece bailar. «Será que era una ancianita», se encogió de hombros Lorenza, sin saber realmente de qué hablaba.
Al día siguiente, apareció el médico, serio y mesurado. «La abuela está decaída», diagnosticó.
«Claro, eso es», replicó JuanCarlos, golpeándose los muslos, «¡Como si no lo supiéramos!» El doctor, pensativo, miró primero a JuanCarlos y después a su esposa.
«Es una cuestión de la edad», afirmó sin titubeos. «Pero no veo alteraciones graves. ¿Cuáles son los síntomas?»
«Ya no me dice cuándo hay que cocinar el almuerzo o la cena. Siempre me ha dicho que mis manos no son de este mundo, y ahora ni entra a la cocina», dijo con voz caída la esposa de JuanCarlos, que también ya se hacía pasar por abuela.
En la reunión familiar con el médico, todos coincidieron en que era una señal alarmante. Agotados, se fueron a la cama y, como si cayeran en un sueño profundo, se dejaron llevar.
Durante la noche, JuanCarlos se despertó por el crujido familiar de las pantuflas. Pero esta vez no era el urgente llamado a levantarse a desayunar y trabajar.
«¿Mamá?» susurró al corredor.
«Pues nada», resonó una voz sin ceremonia desde la oscuridad.
«¿Qué haces?»
«Pues, pensé que, ya que estáis durmiendo, me escaparía a una cita con el nieto Mikel», pareció decir la abuela, recuperando algo de su ánimo. «¿A dónde voy, al baño o a otro lado?»
JuanCarlos encendió la luz de la cocina, puso a hervir la tetera y se sentó, llevándose las manos a la cabeza. «¿Te mueres de hambre?» preguntó la abuela, parada en el pasillo, mirándolo.
«Sí, te estoy esperando. ¿Qué fue eso, mamá?»
María se acercó a la mesa. «Llevo cinco días encerrada en la habitación y, de pronto, un palomo se estrelló contra la ventana ¡zas!» Pensó que era un presagio de muerte. «Me acosté, esperé el día, el segundo, el tercero, y hoy me he despertado a medianoche y me pregunto: ¿por qué no llevo ese presagio al bosque del diablo, para quemar mi vida bajo las sábanas?» Sirve el té, más caliente y más fuerte. «Tres días contigo, hijo, sin hablar bien, vamos a ponernos al día.»
JuanCarlos se durmió sobre las cinco y media de la mañana, y María quedó en la cocina preparando el desayuno tenía que hacerlo ella misma, porque esas manos de cristal no podían alimentar a los niños como corresponde.







